Wer mit Ungeheuern kämpft, mag zusehn, dass er nicht dabei zum Ungeheuer wird. Und wenn du lange in einen Abgrund blickst, blickt der Abgrund auch in dich hinein.

Montag, 22. Juni 2020

22.06.2020

Leía lo que escribí hace un par de meses, cuando no imaginaba cómo iban a desenvolverse las cosas, pero tenía razón con un par.

Uno, que Edimburgo iba a caerse, que me habían sucedido demasiadas cosas buenas en el 2019 y que el 2020 tenía que ser un porrazo.

Dos, que no sacaría nada bueno de tu ausencia.

Hace unos días me enteré de que a R. le cancelaron dos cursos el próximo semestre y que, por ende, yo no tendré más que una sola ayudantía (si es que me la da) el 2020-2. Lo cual es, a lo menos, preocupante; porque significa que no tendría cómo autosustentarme el segundo semestre.

Por otro lado, no quiero volver a Publicidad, pero la psiquiatra nueva —hasta me tuvieron que cambiar a mi estimado psiquiatra, porque así ha sido este año mierdero— "no me ve tan mal" como para hacerme un certificado y eximirme así del segundo semestre, mientras arreglo las cosas.

Así que todo se ve cuesta arriba.

Súmale que oscilé y estoy en el episodio depresivo más largo que puedo recordar desde que tuve mi famosa sobredosis en 2018.

No es que vaya a intentarlo de nuevo, Dios sabe que prefiero caer en desgracia que despertar de nuevo en un hospital helado conectado a máquinas congeladas. Pero no poder salir de la cama, arrastrarse por la casa; sentir que estar de pie en la cocina es un esfuerzo tremendo... es una real mierda.

Así que sí, las cosas se ven cuesta arriba. 

Rápidamente —porque N. dice que lo mío es resolver—, dictaminé que debo dedicarme a trabajar en acuarelas y en conseguir ayudantías para el próximo semestre, con el fin de ahorrar algo más de dinero y subsistir. Debo conseguir que la psiquiatra me dé un certificado y salvar por al menos un semestre más.

[Me puse a revisar mi cuenta del banco y perdí el hilo.]

Así que tengo un plan, pero no deja de doler viendo cómo todo se desmoronó una cosa tras otra, como un castillo de naipes. Tengo pena y ese ardor no me deja dormir. Me pesa el pecho pensando en que todo esto está fuera de mi control, pero aún así me siento culpable.

¿Habría sido todo menos doloroso si no hubiera aceptado verte? Probablemente. 

No sé porqué sigo escribiendo las cosas dirigidas a un "tú" que ya no me lee. Al menos perdí la costumbre de navegar la internet buscando atisbos de tu presencia —lo hice hoy como una gran cosa—, pero sigo mirando tu número en mi teléfono sin decidirme a decirte nada. Porque lo hiciste otra vez y me siento realmente, profundamente estúpido por haber caído por Dios-sabe-cuál vez. Dejaste de hablarme de un día para otro, me diste un abrazo para no volver a contactarme más.

Pero, ¿sabes? Nunca había estado tan seguro de que, lo que sea que había ahí, está inevitablemente, irremediablemente perdido. 

Diré las palabras que se dicen, y comeré las cosas que se comen, y soñaré las cosas que se sueñan, y sé muy bien que no estarás. 

Y debería borrar tu número, porque este no me lo sé. Pero no sé porqué no consigo hacerlo. Me digo que es por los cuadernos que necesito recuperar de tu casa, por si llegara a salir lo de Edimburgo, pero no sé si es suficiente como para sufrir escribiendo mensajes que no te mando, viendo tu foto de perfil como estúpido. Ahora pienso que, de necesitar los cuadernos, podría escribirte una carta o algo así. Eso me da sólo más razones para borrar el número. Pero no sé si esto último realmente solucionaría algo. 

A estas alturas creo que la razón que tuviste para juntarte conmigo no fue pedirme disculpas, sino llevarme la contraria porque dije que no te vería nunca más.

Con todo esto de la pandemia —es loquísimo estar viviendo esto, cada día más loco—, pienso que definitivamente no nos volveremos a ver, sobre todo ahora que conseguiste probar que estaba equivocado una vez.

Así como van las cosas, es probable que uno de los dos se enferme. No creo morir de esto, es más probable que me muera de un Hyundai Accent por no mirar a ambos lados antes de cruzar la calle, como hago a veces sin querer. El punto es que es más probable que nos enfermemos antes de que volvamos a toparnos.

Me dijiste que no aparecerías un día en mi puerta diciendo que escapáramos, que ya no tenías esa mentalidad que solías tener de más joven. Y te creo. Y en una parte lógica de mí, te lo agradezco. Otra parte se muere por dentro y quiere patalear de rabia.

Pero supongo que, después de todo lo dicho y hecho, obtuve lo que quería. Hablé contigo algunas noches, incluso si estaban llenas de silencios. Estuve sentado a tu lado, incluso si no había motivos de por medio. Despedí a la mascota que alguna vez fue nuestra hija, aún cuando actuaste hasta cierto punto como si no me lo mereciera ese día. Y te di un abrazo, medio sabiendo que no iba a hacerlo nunca más.

Siempre me quedó ese gusto de que uno nunca sabe cuándo el último beso, el último abrazo, será justamente el último. Yo sabía, aunque no quería aceptarlo, que ese era el último. 

Te abracé fuerte y supe que todo estaba perdido.

Todo está perdido, realmente. Y no me queda nada más que botar todo a la basura y nunca más tratar de reconstruir nada. Sólo queda construir de cero, con material nuevo y las manos desnudas, por mucho que cueste. Porque sigo peleándole a la vida, y seguiré haciéndolo... una vez que logre salir de la cama.

Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo.