Wer mit Ungeheuern kämpft, mag zusehn, dass er nicht dabei zum Ungeheuer wird. Und wenn du lange in einen Abgrund blickst, blickt der Abgrund auch in dich hinein.

Sonntag, 22. März 2020

¿A qué edad me daré cuenta de si prefiero a alguien que me llene de luz, o a alguien que conozca el camino en la oscuridad?

Mittwoch, 18. März 2020

1995

[x]

Estar en un café pituco después de tanto tiempo se sentía, a lo menos, surreal. No estaba en un lugar particularmente caro hacía años, con las contadas excepciones en que había aceptado que Max lo invitara a comer —como el día de la licenciatura de él, y después, la propia—. Y esto era radicalmente distinto... o, bueno, no tanto.

Vamos por partes: efectivamente todo se sentía extraño. Pero no era tan extraño estar donde estaba, considerando que... 

Pensaba confusamente. Apretó la taza entre sus manos y aquello se sentía tan, tan familiar, que llegaba a molestarle un poco. Sin querer frunció la nariz. Le había pasado lo mismo la última vez, cuando —surrealmente, porque todavía le parecía parte de un sueño— él y el hombre que tenía en frente, habían compartido una taza de té en la cocina del rubio.

— ¿Qué es lo que quieres decir? —escuchó, y quiso cachetearse la frente con la mano. Se lo preguntaba por su gesto. No es que quisiera decir algo: todas las palabras estaban atrapadas en su cerebro, que no entendía qué estaba sucediendo. Más bien, había un montón de cosas que no quería decir, como por ejemplo, que sabía que había una razón por la que no quería esto, pero ahora mismo no podía recordarla.

Negó con la cabeza. 

— No, nada, no sé —contestó. Y cuando le miró a los ojos no pudo reprimir una sonrisa, que ni siquiera sabía de dónde venía—. No sé nada.

Afuera hacía frío y Siegfried aún no lograba aclimatarse. Tal vez la bufanda que llevaba era parte de una especie de coraza o escudo; esconderse un poco en ella lo hacía sentir menos desnudo. El mayor lo escrutaba con la mirada, como siempre, y él sólo podía pensar en una palabra: avasallador. Como siempre. 

"Él era muy avasallador", solía decir al describirlo. "Demasiado". Y ahora parecía serlo más que nunca, porque los años no pasaban en vano. Cruzó las botas por debajo de la mesa escuchando cómo, cada cierto rato, afuera se escuchaba una tímida lluvia. La luz naranja de los pequeños focos contrastaba contra el azul grisáceo del paisaje tras la ventana. 

— Siegfried —le llamó, y el aludido decidió pasar olímpicamente de ello. El tono en el que hablaba lo llevaba de vuelta hasta sus —no tan tiernos— 16 años, cuando aún el tono imperante de voz del inglés le erizaba los cabellos de la nuca. Nathaniel demandaba saber, como siempre. Pero el menor no tenía nada que decirle, puesto que no planeaba contarle todo lo que estaba ocurriendo en su cabeza. 

Se preguntaba tantas cosas. En primer lugar: ¿qué hacía ahí? Segundo, ¿por qué había aceptado, si nadie le había puesto una pistola en la cabeza? Tercero, ¿por qué tenía tantas ganas de...?

— Devolverse habría sido muy aburrido para ti, imagino —soltó, tratando de acallar sus pensamientos—. Pero de todos los lugares, ¿seguir en América? ¿Para qué?

— No necesariamente será Estados Unidos. 

— Ah... Bueno, yo todavía me pregunto por qué fue Chile en primer lugar...

El caso es que se hallaban en el sector alto de la capital, una vez más, después de lo que parecía ser un tiempo infinito. El otro lo había citado ahí y Siegfried, incapaz de decir que no, aceptó. Y es que después de su escueta despedida en su apartamento, nunca pensó que un día sonaría el teléfono y lo asaltaría una voz tan conocida al otro lado de la línea. Para el rubio esa había sido la última vez antes de separar sus caminos para siempre. Es necesario hacer hincapié en que, en la historia de su vida, los "para siempre" eran rotundos... claro, a excepción del "quiero estar contigo para siempre" que alguna vez le había profesado el británico.

Un día, una hora y una dirección, en ese orden. Y nada más. Andrés —quien se había convertido en su mejor amigo— era dramático, pero nunca tanto como Nate. Sus labios volvieron a curvarse en una sonrisa apenas imperceptible. Idiota.

Y así acabaron hablando del pasado. Fuiste cruel, fuiste malo, ¿por qué hiciste eso? Por alguna razón, no se le ocurrió llamarlo estúpido, incluso cuando lo había pensado antes: más de una vez había fantaseado en qué ocurriría si se topaban en la calle. Opción uno, correr en dirección contraria. Opción dos, enfrentarlo, llamarlo idiota, y hacer una dramática salida de escena —como diría Nathaniel, hacer mutis—. Opción tres, seguirlo hasta su auto para rayárselo con las llaves de la casa. Dios, qué cerca había estado de rayarle el auto hacía un tiempo.

Y rayar su auto había sido la intención más suave. Camilo le repetía: hueona, vamos a quemarle la casa. Hueona, pínchale las llantas del convertible. Hueona, acúsalo con Vicerrectoría Académica. Hueona, pon una denuncia con los pacos. Y aunque sonaba especialmente divertido hacer que la policía detuviera a su entonces novio por estupro y sodomía, después de haber encontrado una carta con fotografías de un hombre semidesnudo encima del escritorio del mayor, nunca fue lo suficientemente macabro para hacerlo. 

"Imbécil", pensó al recordarlo. Podían pasar los años, pero aún nacía un sentimiento horrible en su estómago cada vez que lo recordaba, algo que le hervía en las vísceras. Pero nuevamente, no le dijo nada. 

Y después de tanto tiempo, por fin una respuesta, un porqué. Suspiró. 

Pasaron las horas, un café tras otro, hasta que el lugar estuvo próximo a cerrar. — Vamos a mi casa, si quieres... Tengo alcohol —soltó después de un rato de discutir consigo mismo.

— ¿Qué tienes?

— Vodka —palabra mágica con el mayor, lo sabía antes de decirlo.



En un rato estaban en su apartamento con la televisión encendida y, muy a su pesar, Siegfried no podía parar de mirarle. El pequeño calefactor les calentaba los pies, mientras el rubio se acomodaba en el mullido sillón negro del reducido living. 

La luz azul de la TV bañaba las facciones de Nathaniel. Era tan extraño verlo cambiado. Con el cabello un poco más largo, después de despertar incontables veces a su lado y acariciar los cabellos cortos de su nuca con cariño; un día domingo a las doce del día, con las cortinas cerradas y el amarillo del sol tiñéndolo todo. Acercarlo a sí para besarlo, hundiendo los dedos en su pelo. A veces, jalarle un poco el cabello cuando hacían el amor, desesperado por tocarlo, por besarse intensamente.  

Pero aún a pesar de todo, de tantos cambios —incluso en su ropa—, había algo mágico en toda su persona que no podía ignorar. Algo en él lo llevaba a lo más profundo, donde todo lo demás sobraba. Algo en él lo tiraba tanto que no sabía cómo luchar contra ello. Incluso cuando estaba convencido que a ratos el otro no sabía que él lo estaba observando al levantarse para ir a la cocina, para ir al baño, su mirada no podía despegarse del mayor.

Pensó en Alemania. En Max, en Andrés, en Lucian. En todo, y luego, en nada. Ahí, bebiendo, sintiendo su cuerpo aturdiéndose, todo estaba congelado, nada existía. Y temió de lo que ocurría, de la situación, de él mismo.

De nuevo, ¿por qué tenía tantas ganas de...?

Suspiró.

— Idiota —dijo.

Dienstag, 17. März 2020

1991

Veo sus pestañas claras batirse mientras concentra toda su atención en sus manos. —Yo creo que diste cara— me dice mientras deposita con cuidado el tabaco junto al filtro dentro del papelillo—, de todas maneras no te ves tan mal, para nada.

—¿En serio? Me siento destruído.

Le sonrío y desvío la mirada hacia el centro del patio, completamente vacío a causa de la ligera llovizna que nos humedecía la cara y las manos descubiertas. Se levanta de repente a pedirle su encendedor a la mujer que está sentada a escasos metros de nosotros, me quedo mirándole embobado mientras me imagino la manera siempre tan encantadora en que tiene que estar presentándose para pedir fuego. Vuelve, finalmente, y se queda de pie junto a mí. 

—Me recuerda a mi casa... Es agradable volver a ver un panorama así. Santiago es demasiado seco —le digo y él apenas esboza una sonrisa, con su mirada siempre un poco seria, siempre dotada de una complejidad imposible de encontrar en otra persona.

—Es agradable.

—¿Verdad? Aire limpio. Qué panorama tan agradable para... ¡llenar mis pulmones de humo! —me burlo a la vez que él extiende sus brazos y deja salir una gran mancha gris de su boca.

—Exactamente, ¡viva el humo! —Y no puedo evitar pensar es que es a veces es histriónico, pero siempre en su justa medida, lo suficiente para transmitirme una seguridad en sí mismo que hace que me flaqueen las piernas. Baboso, me digo a mí mismo cuando me sorprendo mirando con especial atención la sombra que se hacía en sus ojos debido al perfil tan marcado de su rostro.

Las ojeras me pesan terriblemente y me siento lento por la falta de sueño. Nos quedamos en silencio por unos segundos mientras intento aguantar mis ganas de colarme entre sus brazos, recordándome a mí mismo que no correspondía hacer tal cosa frente a tantos alumnos —sobre todo los extremistas de derecha que albergaba la facultad de leyes, de esos rubios endogámicos que eran capaces de molerse a golpes por probar que todo lo que cayera fuera de la biblia merecía ser castigado por la sociedad, incluyendo las conductas homosexuales, por supuesto— y, sobre todo, sin una incitación previa a hacerlo. Llamémoslo simplemente timidez.

—En todo caso, en el sur esto ni es ni siquiera llovizna.

—No, allá en tu pueblo cuando llueve parece que tiraran agua con manguera.

—Y si usas cualquier cosa para cubrirte de la lluvia eres mariquita.

—Siéntete libre de sacar tu impermeable entonces.

—¿El tuyo se te quedó en la casa? —le contesto, nos reímos con ganas en el silencio sepulcral tan típico de los días lluviosos. 

Sólo después, volviendo en ello y añorando la compañía de Max luego de que éste entrara a su sala de clases, me sorprendió (y asustó un poco) mi capacidad de haber ignorado por completo, cuando hablaba con él, el hecho de que hacía apenas unas horas yo estaba sobre mi estómago, enredado entre sábanas mientras la boca de mi profesor bajaba besando mi cuello hasta mis hombros, a la vez que sus manos afirmaban con fuerza mis caderas y me atraían hacia su cuerpo que se movía en un vaivén mientras yo arqueaba mi espalda al sentir el roce de su entrepierna contra mí, suspirando y quejándome de impaciencia. Durante al menos veinte minutos había deseado abrazar a Max y escuchar su voz calmada arrullándome, incluso después de haber viajado directamente a la universidad desde la casa de Nate, de haberle comentado en el auto lo mucho que quería devolverme y dormir, de haberme tocado nerviosamente el cuello -como si de esa manera pudiera sentir los moretones que tenía en él- gracias a una sonrisa maliciosa que vi en la cara del inglés. La sonrisa que me producía tanto placer como las risas de Max y que, sin embargo, no se parecía en nada en términos de sensaciones ni intenciones. 

Intentar definir (o peor, descifrar) qué era lo que diferenciaba a los dos era inútil. A menudo terminaba frustrándome por no poder encontrar las palabras que me hicieran sentido en torno a cada uno de ellos, en torno a lo que yo quería o deseaba de ellos. A veces Max se me presentaba como todo el mundo de normalidad deseable a mi edad, esa perfección en la cotidianeidad y una especie de inocencia del mundo (corazón de baraja francesa y sin ninguna herida) que yo no podía alcanzar. Max era, en definitiva, todo lo que un adolescente quería ser a su edad, rodeado de personas y cosas que funcionaban como un reloj suizo, a diferencia de la vida siempre caótica y más bien aislada que había llevado yo toda la vida. Lo que me gustaba de Max era lo inalcanzable que parecía para mí, ese aire de estatua o de isla que al notarte te hace sentir especial o como tocado por un ángel o un fantasma. Max era como el conjunto de cosas perfectas que yo me rehusaba a tocar por miedo de ensuciarlas, por miedo a no ser suficiente.

Y Nate era... Con Nate todo se complicaba mucho, mucho más. Partiendo por el conocimiento innegable de que lo que hacíamos estaba mal y que, aún así, nos atraíamos como imanes. 

22.2.2017

Samstag, 14. März 2020

maybe it means nothing

Y para qué me preocupo tanto, si quizás ocurrirá lo mismo que antes...

Mittwoch, 11. März 2020

11.03.2020

Hace un tiempo, mi padre me contó que una de las razones por las que la relación de mi madre y él había fracasado —al menos la primera vez— fue porque un día él llegó a casa y encontró en el basurero una carta rota. Al juntar los trozos —como si se tratara de una película—, conoció una verdad que hubiera preferido no ver: mamá le escribía a alguien —nunca sabremos quién—, describiéndole cuánto sufría su ausencia y cómo deseaba volver a tenerlo cerca; cómo su vida era miserable sin él.

Eso lo destrozó.

Y me parece curiosa la forma que tiene la vida de conectar nuestras historias con las de otros, sobre todo cuando se trata de nuestros padres; como si estuviéramos genéticamente predispuestos a cometer los mismos errores o, al menos, a caer en las mismas cosas.

Yo mismo escribo aquí porque no soporto la idea de que L. pudiera verlo en mi otra página.

Yo mismo escribo aquí porque, después de mucho tiempo, siento unas ganas tremendas de llorar.

A L. no le molestaría. Él es así. Entendería. Validaría mis sentimientos. Siempre desde su infancia segura y sana, desde su sensibilidad con cabeza fría, desde sus vivencias llenas de amor y comprensión: entendería. Pero quien no entiende soy yo, quien no quiere aceptarlo soy yo, quien sufre todo esto soy yo. Solo, guardándome todo esto incluso de quien vive conmigo, como un secreto oscuro y sucio.

Han pasado años. Se siente increíble decirlo, pero ya han pasado dos años. No puedo decir que en su momento fue fácil o rápido, pero de pronto, me golpea la realidad de que ya se fueron. Nada cambió realmente en ellos, nada se recuperó, todo siguió tan muerto como antes y quizás hasta empeoró. Pero se han ido y aquí estoy yo, tan marcado como entonces.

Aquí estoy yo, soñando con tu cara día por medio. Todavía. Y por alguna razón, este último mes más que otros.

He despertado con rabia. Sobre todo ese día en el que soñé que me casaba contigo.

Pienso: basta. Y también pienso en Bukowski y el pajarito que canta dentro de mi corazón, del que nadie sabe; el que acaso quiere desmoronarme y arruinarlo todo. Le digo que pare, que se calle. Pero como el mismo escritor, no consigo matar al pajarito. Se queda aquí, conmigo, con nuestro pacto secreto...

Hay otros días en los que simplemente estás conmigo. Solamente estás ahí, mientras ocurre cualquier otra cosa.

Y un día estabas conmigo allá, en Escocia.

Me levanté de la cama con un sentimiento de vacío terrible, y profusamente frustrado.

Por algún motivo me duele el corazón cuando pienso en que, tarde o temprano, quizás mucho más temprano de lo que espero, me subiré a un avión y no volveré en menos de nueve años. Y quizás nunca. Algo en mí, supongo, conserva el dolor de que las cosas jamás se arreglaron y que me iré de aquí con un gran fracaso a cuestas.

Debería pensar en que N. irá a visitarme. En que pasaré la Navidad con L. En que expondría trabajos en Glasgow, en Londres. En los crumpets y el té y los museos y la pintura y John y los full english breakfast.

Pero pienso en ti y en que fracasó y que nunca volverás a mí porque te lo dije.

Pienso en que hoy mismo, venía por la calle pensando en un poema que me recuerda que no estás.

(Ahora mismo, se me llenan los ojos de lágrimas. Soy así de débil.)

Pienso en que sigo viéndote en cada esquina, y que se me para el corazón con cada cabeza colorida que veo en el metro.

Y pienso en cómo me cacheteo mentalmente con eso todas las veces, recordándome a mí mismo que la vida no es una película y que no nos volveremos a ver nunca.

Nunca suena como un montón de tiempo.

Suena como un montón de tiempo para seguir revisando los mismos sitios web todos los estúpidos días —el orgullo me sangra con esta tremenda vergüenza— a ver si hallo algún atisbo de que aún existes.

No sé cuándo me voy a curar de esto. No creo que te importe. Acaso soy quizás un recuerdo vago y pequeño que te asalta de vez en cuando, uno que no podría influir menos en tu día a día.

Pero a mí sigue pateándome todo el tiempo. A veces es medio maletero y siento que me patea en el piso.

Quiero tener esperanza de que algo sucederá. De que me curaré, o que alguna otra cosa va a pasar. Aún cuando sé que no debería esperar nada, porque la vida dejó de ser mágica hace mucho tiempo, y ni siquiera sé si tenga la suerte de poder financiar la universidad que ya me aceptó.

(R. está increíblemente orgullosa, hoy me presentó como "alumno aceptado por..." en clases, y la mamá de N. no paraba de presumir al hijo adoptivo que quedó en una universidad top 10 mundial...)

Esto porque sé que no suelen sucederme cosas buenas, y llevo demasiado tiempo —más de un año— con una cosa buena tras otra en mi vida. Así que lógicamente desconfío, pienso que para equilibrar la balanza se me tiene que quitar algo tremendo, como la beca de posgrado.

Entonces sé que nada bueno puede pasar. Sé que nuestra última reunión fue eso, la última, y que no volveré a encontrarme contigo; menos con mi situación actual.

Y por eso todo esto es tan frustrante. Fue una derrota rotunda y final. Creo que nada en la vida se ha sentido como perder una guerra, excepto esto. No una guerra contigo, por supuesto, sino una guerra contra la vida misma, porque francamente siento que perdí por lo menos un dedo.

Sé que moriré ignorado y que esta especie de carta será devuelta al remitente. Sé que nada florecerá de esto. Y sólo me queda echarme a tocar un rato tratando de no torturarme demasiado, tratando de no llorar; hacerle cariño al gato con el pie mientras deseo que mi vida fuera solamente dormir, comer y cagar, igual que la suya.

Siempre...


Montag, 2. März 2020

22:22

En ti. 

Cuando tengo miedo, por alguna razón vuelvo a pensar en ti. 

Pensar, porque no hay un 'tú' al cual volver. 

Porque en este torbellino, en esta vertiginosa rayuela, esta carrera de embolsados, todo puede pasar. En dos meses, mi vida tendrá el potencial de cambiar radicalmente, para bien o para mal. Estoy trabajando todo lo que puedo, pero en este momento nada es seguro.

Trato de repetirme que todo estará bien. Que mis personas estarán ahí para mí. L. me hace sonreír como estúpido, me dice que veremos qué hacer una vez tengamos los resultados en mano. 

Pero aún así, no dejo de tener miedo.

¿Qué espero? ¿Por qué confío en ti después de tantos años, después de tanta agua que ha pasado bajo el puente? Algo en mí quiere correr a ti, sólo para que me digas que estaré bien. Que estaré bien sin ti, o que las cosas funcionarán, lo que sea; pero viniendo de ti. 

No espero que acaricies mi cabello ni que beses mi coronilla. No esperaría contacto alguno. Sólo... algo en mí me pide que me digas que confías en mí, que estaré bien. Eso es todo...

–Sigh— como si fueras a leer esto.