Wer mit Ungeheuern kämpft, mag zusehn, dass er nicht dabei zum Ungeheuer wird. Und wenn du lange in einen Abgrund blickst, blickt der Abgrund auch in dich hinein.

Sonntag, 12. April 2020

1995 — la petaquita

Así, en el frío de las diez de la noche, con Andrés masajeándole las manos a pito de nada, se podía estar bastante a gusto. Más allá de los pies congelados, de estar un poco drogado con una benzodiacepina, de estar ansioso y con un nudo en el estómago; por un breve momento, se podía estar tranquilo. Un montón de cosas lo tenían agitado, un montón de pensamientos catastróficos lo invadían y de pronto se sentía abandonado de nuevo y fracasando en todo. 

Pero Andrés cantaba canciones de Violeta Parra y le acariciaba la palma de la mano. Eso era todo por el día. 

"Tengo una petaquita,
para ir guardando
las penas y pesares
que estoy pasando.

Pero algún día,
pero algún día,
abro la petaquita
y la hallo vacía."

1995 — past life

[x]

No se lo diría nunca, que su nombre me llegaba como los perfumes que atraen y repelen a la vez, como la tentación de acariciar el lomo de una ranita dorada sabiendo que el dedo va a tocar la esencia misma de la viscosidad. Cómo decirlo a nadie si tú mismo no podrías saber que la mención de tu nombre, el paso de tu imagen en cualquier recuerdo ajeno me desnuda y me vulnera, me tira en mí mismo con ese impudor total que ningún espejo, ningún acto amoroso, ninguna reflexión despiadada pueden dar con tanto encono; que a mi manera te quiero y que ese cariño te condena porque te vuelve mi denunciador, el que por quererme y ser querido me despoja y me desnuda y me hace verme como soy.



Lo que pasaba por su cabeza no se lo diría nunca. No era capaz de decírselo a nadie. 

Se acomodó un mechón de cabello de forma inútil, pues el viento volvería a desordenar las hebras rubias casi al mismo tiempo en que él intentaba ponerlas en su lugar. Oscurecía, las nubes comenzaban a ocultarlos en las sombras mientras el aire soplaba con fuerza y le helaba el rostro. Siegfried se abrazó un poco más a sus piernas, con el mentón apoyado en los brazos y las rodillas contra el pecho. 

Tenía los zapatos con arena y los oídos llenos de mar. Cerró los ojos por varios segundos y apretó los labios. Al abrirlos, el paisaje grisáceo estaba teñido de azul y violeta, ahora que el sol se había escondido y quedaban unos pocos minutos para la caída de la noche. 

Giró su cara sin despegarla de sus brazos, mirándolo con la nariz enrojecida y las mejillas encendidas. —¿Sigues juzgándome? —preguntó. 

—Mira, yo no soy quién para juzgarte —contestó Andrés, sonriéndole lúdicamente—. Dios sabe que no soy quién para juzgarte por hablar con tu ex.