No se lo diría nunca, que su nombre me llegaba como los perfumes que atraen y repelen a la vez, como la tentación de acariciar el lomo de una ranita dorada sabiendo que el dedo va a tocar la esencia misma de la viscosidad. Cómo decirlo a nadie si tú mismo no podrías saber que la mención de tu nombre, el paso de tu imagen en cualquier recuerdo ajeno me desnuda y me vulnera, me tira en mí mismo con ese impudor total que ningún espejo, ningún acto amoroso, ninguna reflexión despiadada pueden dar con tanto encono; que a mi manera te quiero y que ese cariño te condena porque te vuelve mi denunciador, el que por quererme y ser querido me despoja y me desnuda y me hace verme como soy.
Lo que pasaba por su cabeza no se lo diría nunca. No era capaz de decírselo a nadie.
Se acomodó un mechón de cabello de forma inútil, pues el viento volvería a desordenar las hebras rubias casi al mismo tiempo en que él intentaba ponerlas en su lugar. Oscurecía, las nubes comenzaban a ocultarlos en las sombras mientras el aire soplaba con fuerza y le helaba el rostro. Siegfried se abrazó un poco más a sus piernas, con el mentón apoyado en los brazos y las rodillas contra el pecho.
Tenía los zapatos con arena y los oídos llenos de mar. Cerró los ojos por varios segundos y apretó los labios. Al abrirlos, el paisaje grisáceo estaba teñido de azul y violeta, ahora que el sol se había escondido y quedaban unos pocos minutos para la caída de la noche.
Giró su cara sin despegarla de sus brazos, mirándolo con la nariz enrojecida y las mejillas encendidas. —¿Sigues juzgándome? —preguntó.
—Mira, yo no soy quién para juzgarte —contestó Andrés, sonriéndole lúdicamente—. Dios sabe que no soy quién para juzgarte por hablar con tu ex.