-Montag-
Mirar el ensayo a medio escribir encima de la mesa. Suspirar. Mirar el ensayo con odio. Suspirar. Repetir.
Concentrarse en escribir es tremendamente difícil por estos días. El último mes de clases nunca me trata bien. Incluso cuando ahora tengo más tiempo libre que otros semestres, taller me roba el alma.
O tal vez no era tanto taller como el estar pensando tantas cosas y ni siquiera saber por dónde partir, por dónde ordenarlas. El resultado era el mismo, de todas maneras. Pero ahí estaba yo, en la última mesa de la biblioteca, protegido por la espalda por un estante repleto de libros de filosofía e enciclopedias, con los pies sobre la silla y comiendo lentamente galletas de animalitos, con suficiente frío para andar con polerón pero no el necesario para ponerme parka. Típico de mí, supongo. Y veía a los profesores pasar por el otro lado de las ventanas con persianas, tratando de que mi corazón no saltara al pensar en que uno en particular pudiera pasar por ahí. Señor.
Escaparse de una clase para poder terminar un paper para otra clase, terminar escribiendo sobre tu vida en la biblioteca. Quiero convencerme de que es típico de día lunes. ¿Quién quiere escribir papers un lunes a las cinco de la tarde, con apenas 16ºC? Y por supuesto obviemos que mientras esa temperatura es normal para el común de la gente, mi cuerpo no es capaz de metabolizar lo suficiente como para no morir de frío a esta temperatura. Razón para las galletas.
Suspirar de nuevo y sentir que las cosas se fueron de las manos. Se fueron de las manos, Siegfried, terriblemente. Y aún así sentir un calor en el estómago y en las mejillas, terrible y dulce. En la mesa exactamente opuesta a la mía del otro lado de la sala, un cabro rubio me mira alternadamente mientras, también, escribe. Las cosas se fueron de las manos. Y la culpa me carcome, porque ese cabello rubio me recuerda a Max y las cosas que no sé cómo decir ni arreglar ahora.
Me agarré el cabello con las manos por un segundo y tapé mis ojos con las palmas. Dios me libre.