Wer mit Ungeheuern kämpft, mag zusehn, dass er nicht dabei zum Ungeheuer wird. Und wenn du lange in einen Abgrund blickst, blickt der Abgrund auch in dich hinein.

Freitag, 13. Mai 2016

Mittwoch (N.7)

Escúchame bien mocoso, porque no voy a volver a repetir esto. No vas a irte a tu casa y simular que nada de esto pasó, porque lo hizo y vamos a asumir como adultos que somos.

Es difícil explicar la situación, sobre todo si soy yo quien narra. Nunca fui muy bueno expresándome en términos simplistas: Desde un comienzo, en mi adolescencia, todo lo que alguna vez narré fue siempre desde un flujo de consciencia, rara vez en un estilo completamente directo y cuadrado. Por eso, cada vez que repaso estos acontecimientos en mi cabeza y los narro para mí mismo, mi cabeza se inunda como si el agua derribara mi puerta y comenzara a filtrar por mis ventanas, viene todo de un golpe y lo siguiente es bloquearse. Alguna vez un psicólogo me mencionó que mis respuestas emocionales son tan intensas que me bloqueo más que el común de las personas. 
Entonces, cuando sentí sus labios en mi boca y sus manos en mi cintura, dejé de percibir mi entorno y todo lo que no fuera la sensación avasalladora en mi pecho, el calor en mi cara, el temblor en mi cuerpo y la presión en mi vientre. Cuando él habló, aún me encontraba tratando de recuperar el aliento.

No vas a irte a tu casa y simular que nada de esto pasó, me dijo. 

Mi corazón retumbaba en mis oídos y no podía pensar. Trataba de no perder el control de las cosas cuando escuchaba su voz -más amable que de costumbre- tratarme como a un niño pequeño: Te vas a quedar aquí, te vas a duchar, vamos a comer, vamos a conversar y te iré a dejar, no te irás solo... "Vas a ser un buen niño y me contestarás unas preguntas"... Entre medio, me miraba a los ojos, me acariciaba mechones de pelo (y un gesto tan, tan pequeño, podía darme escalofríos de alguna manera placenteros).
Sabía que no era correcto que me estuviera tratando de esa manera, tal vez porque en el fondo siempre me sentí mayor que mi edad real. Pero para él yo era realmente un niño - tal vez él sentía que nuestra diferencia de edad era mucha. Ese es el problema de estar en diferentes etapas de la vida, las distancias se agrandan terriblemente, pensaba mientras lo veía tostar pan para hacerme comer, comenzando a entrar más que un poco en pánico. Él tiene su vida armada y yo... No tengo idea de qué haré con la mía. Fue cuando dejó el plato delante de mí que caí en cuenta: En realidad tenía mucho más que perder que la pequeña parte que mi sorpresa me había dejado ver. 
Él tenía una imagen errada de mí - como prácticamente todos. Supongo que el resto podía considerarme como un niño, alguien inocente, alegre, resiliente y una larga lista de etcéteras: El niño genio, la memoria eidética, el Capitán América, el que siempre contesta. Un millón de cosas que me gustaba mostrar, pero que yo mismo nunca concibí como lo que yo era. Yo me veo como alguien perdido, mi mente murmuraba mientras trataba de convencerme de comer, me veo como una carga. Todo lo que vi siempre como Siegfried eran mis cicatrices incontables, mis días sin comer, mi abuso y desuso de mis antidepresivos, las contadas veces en que fui egoísta o inmaduro: Toda la suma de mis pecados era yo, aquellas cosas que no quería que nadie más viera, nunca. Y esa sensación tan pregnante en el estómago al mirarle, esas ganas terribles de que me abrazara, de estar en sus brazos, de que volviera a besarme, de que me quebrara, era la señal de alerta para retroceder antes de quedar completamente al descubierto o, peor aún: Ser internado como mi último psiquiatra me advirtió. 

"Come, anoche prácticamente te desmayaste en mi oficina," me dice con soltura haciéndome sentir un frío en la espalda, un miedo genuino a estar tan expuesto frente a él. 
-Hallo?
-Siegfried, hola. Soy Alfredo, tu psiquiatra. Te llamo para saber cómo estás, porque no has asistido a las últimas sesiones. ¿Está todo bien?
-Oh, hola, ¡sí!, lo siento... He estado muy ocupado con la universidad. (Miento...)
-Me imagino, eres muy responsable, pero tienes que cuidar de ti mismo. Es importante que sigas yendo a terapia, Siegfried. ¿Estás comiendo bien?
(Silencio)
-Sí... Sí. (¿Algo así?)
-Eso está bien. ¿Te veré esta semana?
-Uh, eh... Creo que sí, de verdad trataré de ir. (Qué risa tan falsa...)
-Recuerda que debes llamarme si pasa algo. No podemos no contactarnos por tanto tiempo, pues estoy en el deber legal de informar a alguna institución si no estás cuidando de ti. Cuídate.
-Sí, gracias, uh, debo irme... ¡Nos vemos!

"Muy bien, mocoso" escucho mientras muerdo la tostada, a la vez que las voces terribles en mi cabeza comienzan a hablar también; Aquellos monstruos oscuros hechos de sombra suben por mis tobillos, piernas, caderas, se sienten en mis hombros, abrazándome. Sin embargo, se sentía como si una pequeña descarga eléctrica me recorriera el cuerpo - Algo en su voz cuando me llamaba mocoso o enano se sentía tan extrañamente bien que sólo quería escucharlo de nuevo... Praise me more, me escuchaba decir a mí mismo en mi cabeza, como si él fuera a ser capaz de entenderme en su propio idioma... No me cuestioné hasta pasados unos minutos el por qué me felicitaría. Pensé inmediatamente en mis brazos y piernas. Mierda. 
Logré comer una rebanada antes de sentir la urgencia terrible de vomitarla. Evidentemente esto no era posible y podía prever la crisis de pánico que podía surgir en cualquier momento. [Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío.] Quería gritar, llorar por haberme metido en esto- Y es que cuando estás dominado por la voz en tu cabeza, comer realmente parece lo peor que podría pasarte. [He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte,] Me tapé los ojos con una mano aguantando el llanto de la manera más disimulada (y digna) posible, tratando de convencerme de que cuando esto terminara no tendría que volver más e incluso podía no volver a su clase, tampoco; Y mi concentración estaba totalmente vertida en este pensamiento cuando sentí su mano sobre mi mano libre. [que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras,] Mi corazón dio un vuelco, tal vez porque por mucho tiempo todo lo que había fantaseado era tan sólo ese pequeño gesto de parte de alguien. 
Traté, realmente traté de ignorarlo. Sin embargo, me fue imposible no ceder al impulso, a la sed que tenía de contacto, de contacto con él. [elementos de un látigo que me azota indirectamente] Y tomé su mano mirando hacia abajo, no queriendo mirarlo y encontrar una mirada de sorpresa o hasta de desdén o reproche. [de la manera más sutil y más horrible.]
Nathaniel se levantó de su lugar y se acercó a mí, envolviéndome en un abrazo. Quería llorar a lagrimones gruesos mientras me aferré a él, no podía creer lo poderoso y terrible que eran sus abrazos para mí, incluso si aún ahora no éramos más que extraños. [Pero hice las maletas,] "¿Quieres seguir durmiendo? Te ves cansado mocoso, y quiero que llegues más repuesto mañana", preguntó acariciando mi cabello. Me sentía expuesto, débil, frágil, como un niño de diez años. Asentí. [avisé a la mucama que vendría a instalarme] Cuando dijo que me llevaba a la habitación, por cierto, supuse que iba a guiarme, pero en su lugar me tomó y me echó a su hombro como un saco de cemento, logrando que soltara un sonido de sorpresa y me sonrojara a más no poder, pataleando y balbuceando que me iba a caer. [y subí en el ascensor.] ¿Cómo demonios se le ocurría llevar a alguien tan pesado al hombro, a riesgo de que me cayera o se lastimara? 

El inglés cerró las cortinas de la habitación y me extendió un polerón suyo, ordenándome que le entregara mi ropa para lavarla. Avergonzado y con timidez, acaté. Él besó mi coronilla y se despidió de mí. Aún aturdido, me recosté en la cama, vestido con la prenda que se sentía demasiado grande para mí (a pesar de saber que, probablemente, me veía enorme y apretado en ella) y, cuando toqué la almohada, me llevé el cuello del polerón a la nariz e inhalé el ligero aroma de su perfume que había quedado en él. Y de alguna manera, se sentía como...

Vuelve... Duerme conmigo...

Sin poder evitarlo, comencé a caer en el sueño como si este cayera sobre mí como escarcha. Y por debajo, un pensamiento solapado: Er weiß... Er wird auf mich enttäuscht sein...


+


Desperté entre sus brazos, aunque estos estaban rodeándome más que sujetándome. Aún con los ojos cerrados, me apegué más a él buscando su calor, aunque, para mi mala suerte, su postura un poco rígida resultaba algo incómoda ahora y no me permitía sentir la calidez de su abdomen. Pensé en volver a dormir cuando, llevado por aquél diablillo, por ese fantasma que descansa siempre en el fondo de mí, me volteé entre sus brazos y llevé uno de mis dedos a su mentón. Guiado por la obsesión de poder tocar aquello que dibujé tantas veces, comencé a delinear sus facciones apenas tocándole, siempre con un miedo terrible a que despertara, pero sintiendo como si todo mi interior, en aquél espacio dentro de mi pecho, de mi caja torácica, se llenara de pintura, de rojo, de él. Qué cosa más extraña, pensé mientras le tocaba la mandíbula con tres miedosos dedos, lo que me haces sentir... Y había una satisfacción tan grande, un sentimiento tan sublime en poder tocarle y memorizar cada línea y la textura de su rostro, su cuello y clavículas tan prominentes... 
Bastó con que se moviera tan sólo un poco para que yo volviera a mi lugar, de espaldas a él, con el corazón latiéndome a toda velocidad. Qué pésima idea, Siegfried. Pasaron un par de minutos hasta que sentí un ruido de palmadas en la cama ¿y un peso? que se subía a la cama.
De repente, ¡gato! no me habías dicho que tenías un gato, ¿en qué momento me preguntaste si tenía uno?, y el gato que me pedía que acariciara sus orejas mientras un escritor al otro lado de la cama me explicaba que el gato llegó así, sin cola, y que vivía afuera pero entraba a veces. "No sabía que te gustaban los gatos" y mi "los amo, me encantan los gatos" al que me contestó un simple "esperable, de alguien tan tierno como tú..." en una voz grave que me hizo enrojecer hasta las orejas, cerrar fuerte los ojos y apretar las piernas...
Me duché primero. Luego fue el turno de Nathaniel (¿Nate? maldición, me cuesta tutearlo) mientras yo me quedaba con el gato. Trataré de obviar el hecho de que tuve que ir a buscar la comida que el dueño de casa encargó por teléfono, ya que él estaba aún desnudo y mojado y no podía ir a abrir la puerta. Verle en la puerta del baño, con la forma de su torso y la curva que formaba sus caderas, sus músculos oblicuos y la línea que se transformaba en su ingle se estaba volviendo demasiado para mí...


++


[Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito.] Una vez más, comenzaba el tan odiado ritual de desviar la atención de los demás para hacerles creer que estaba comiendo. Sin embargo, y yo lo sabía, las probabilidades de que él no fuera a caer en el engaño eran muchísimo más altas. Aún así, me imaginé que él no querría pelear conmigo al respecto, y me dediqué a jugar con la comida lo más que pude, tratando de llevar una conversación más por la incomodidad terrible que sentía que por las ganas de engañarle, pero... Podía notar que a él no le parecía auténtico. [Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito.] Realmente habría sido preferible salir corriendo... No estaba acostumbrado a que alguien pudiera ver más allá de mis mentiras y mis métodos. [Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total.] Sin embargo, antes que el silencio preferí soltar un montón de información, como siempre con la máscara puesta de una gran sonrisa, de humor conmigo mismo, de torpeza... [No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche.] ¿Acaso sentía asco? ¿Acaso ya se había imaginado cómo eran las cosas conmigo? ¿Sabía ya de mis costumbres, de los vómitos?

De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.
Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejillo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.

"Siegfried" me interrumpió, seco, sacándome de la charla. "Creo que tenemos algo más importante de lo que hablar..."

Me quedé helado. Mis mecanismos de defensa se activaron inmediatamente y traté de volver a hilar la oración que había dicho esa mañana, sin lograr decir nada más que "es mejor dejarlo pasar, no hablar más al respecto..." entre tartamudeos y arrepentimientos. 

"No lo voy a dejar pasar, Siegfried. Tú me gustas... Y no quiero que creas que fue una especie de 'desliz' desafortunado o algo por el estilo. Tú me gustas en serio y eso no va dejar de ser así, así que si fuese tú, me iría resignando al respecto. Ahora, ¿yo te gusto? ¿Que sea un poco?"

Me sonrojé hasta la línea del cabello, sabía que estaba respirando más rápido y mi corazón apenas me dejaba escuchar a mi interlocutor. ¿Desliz? Por supuesto que fue un desliz, de otra manera... ¿Por qué?
Y los miedos estaban ahí, latentes, palpables. Como el corazón delator, ahí, bajo del piso, en los cimientos de su casa. Te va a dejar, Siegfried. Te va a dejar cuando sepa cómo eres. Te va a dejar cuando vea que tu vida es un desorden, cuando vea que no tienes arreglo, cuando no logres dejar de cortarte ni de vomitar. Te va a dejar cuando sienta el olor a vómito pegado en tu ropa, cuando te vea con los ojos llorosos y los nudillos rotos. Justo cuando dependas de él, te va a dejar. Todos se van. Todos se van.


Mama? ¿Cuándo vuelve Papa a casa?
En un rato, Siegfried.
¿Puedo esperarlo, Mama?
No, son las una de la mañana. Lo verás mañana.
¿Por qué Papa no está?
Tiene que estar portándose mal, Siegfried. Tu padre bebe, eso es lo que hace.
Pero Mama, ¿puedo esperarlo?
¡Ya deja de molestar! ¡Vete!


No estoy en esta casa por tu culpa. Es tu culpa y la de ese niño de mierda, es una puta pesadilla. ¡No estoy en casa porque no los soporto!
Estás borracho. ¡Suéltame!
Cállate, ¡es tu culpa! ¡No bebería si no fuera por ustedes! ¡Ese niño es lo peor que pudo habernos pasado, destruyó nuestras malditas vidas! ¡Los mataría a ambos! ¡Los odio a ambos!


"Es que... uh... no sería correcto", murmuré sintiendo mi garganta apretarse. Traté de sacudir los recuerdos tan vívidos de mi cabeza. 

No querrías estar conmigo si supieras lo que es para mí recordar exactamente cada palabra. Si supieras lo que es recordar la hora exacta y el día de la semana en que mi madre murió, cómo lucía cada detalle de cada objeto en esa habitación, cómo la hebilla del cinturón de mi padre brillaba en la luz blanca, recordándome que me había quedado solo con mi verdugo, con aquél que quería dejarme y huir de mí. O matarme. Por mi culpa. Siempre por mi culpa. Tú también huirías de mí.


"Esa no fue la pregunta."

¡Eres una mierda!
¡Te vas a morir solo!
¡Eres una carga, igual que la estúpida de tu madre!
¡Monstruo!

"Es que... De verdad no estaría bien y..."

"Siegfried, contesta."

Tengo miedo, eso es lo que pasa. Tengo miedo de tenerte porque no quiero que te vayas... No quiero ser una molestia ni arruinar tu vida, como arruiné la de ellos...

¿Pero de qué sirve mentirte?



[Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte.]

"Sí..." Si sólo hubiese podido tirarme al piso y morir ahí, lo habría hecho. Cerré con fuerza los ojos tratando de parar los recuerdos. Tratar de dejar de pensar en seis de junio, mil novecientos ochenta y dos. Domingo seis de junio. 7:22 de la mañana, el día en que murió mi madre. El día en que mi padre me culpó de haber arruinado sus vidas, de haber tenido la culpa de la muerte de mamá. Es increíble cómo todo vuelve de golpe cuando sientes miedo...

"Supongo que eso ya es un problema menos... Siegfried, mírame." Volví a la realidad y le miré con timidez, con las manos empuñadas entre mis piernas. "Yo sé que la situación es por lo menos... complicada. Eres mi alumno, soy diez años mayor que tú, eres menor de edad... Pero no te puedo dejar ir así como así, me atrajiste desde el primer momento en que te vi y te mentiría si te dijera que voy a dejar de buscarte..."

Aléjate de mí, huye de mí.

"¿Tienes algo que decir? Siegfried..." 

"Es que no está bien..." 

"¿Sólo eso?" 

"Es que... n-no es correcto, eres mi profesor y..." En realidad lo de ser profesor es lo de menos. Tu edad es lo de menos. El lugar es lo de menos. Sólo no quiero arruinar tu vida...

"Siegfried, contéstame con la verdad. Ahora." 

"¿Qué c-cosa?" 

"¿Quieres intentarlo?" 

"N-no s-sé..." 

Apreté la boca y los ojos con fuerza, abriéndolos sólo para mirar mis manos, mis nudillos ya blancos. Estaba tan ensimismado que no noté cuando se levantó y se acercó a mí. Sentí sus manos en mi rostro, y una vez más, su calidez me hizo querer llorar. Se sentía tan a gusto en sus manos, se sentía como redimirse, su calor era como sentirse querido, notado, sus manos en mi cara significaban dejar de ser invisible. Y me sentía como un niño, sentía que sus manos cuidaban de mí y de repente "Supongo que esta es una buena manera de saberlo", de repente él, besándome de nuevo, llenándome de aquello que no había sentido nunca, haciéndome temblar hasta lo más profundo. Que él me besara era olvidar todo por un momento, quedar en blanco y sólo sentir cosas inigualables creciendo dentro de mí, sentir el sabor amargo de sus besos como lo más adictivo del mundo...


Y me entregué a él una vez más. Me entregué a sus manos grandes y fuertes, a sus besos bruscos, a las mordidas en mi cuello y clavículas, a su toque violento que dejaba moretones en mi cuerpo. Porque quería que me rompiera, quería no tener que pensar en qué vendría después, en si iba a dejarme después. Porque si vas a dejarme después de esto, mejor destrózame y no dejes nada de mí... Y se sentía todo tan profano, tan sucio, tan... Extraño en mí. Algo en mí me decía que Siegfried no se dejaría hacer aquellas cosas y otra... Otra parte moría por ser despedazado en los brazos de alguien mayor, más grande, más fuerte, alguien con poder que podía dominarme completamente... 
Te voy a llenar de marcas, Siegfried, para que todos sepan que eres mío... Y no podía evitar gemir y sentir un placer inigualable al ser llamado suyo, al imaginarme de su propiedad, como un objeto que él podía usar a destajo... No podía pensar mientras el dolor de sus mordidas y de sus manos se transformaban en placer, no podía pensar cuando él sujetaba mis muñecas como si yo no fuese nada más que un juguete... 
Todas estas cosas nuevas que nunca había imaginado de mí mismo, producían un sentimiento de miedo y éxtasis en partes iguales, logrando que me perdiera completamente cuando sus manos levantaron mis caderas y él entraba en mí, profanándome, poseyéndome y usándome; Tirando de mi cabello, diciéndome que me follaría hasta que no pudiera sentarme bien en una semana... 

Dios. Y de repente todo lo que podía hacer era tirar de su cabello, enterrar mis dedos en su espalda porque todo era demasiado, de repente no podía hacer nada más que gemir su nombre y desear que me llenara de él...

Fuiste un buen chico, Siegfried...

Please praise me more... Tell me I'm a good boy...


+++

No me di cuenta de lo realmente cómodo que me sentía en su presencia hasta que su auto paró en la residencia y tuve que sacarme el cinturón. Fue sólo entonces cuando me di cuenta de que quería quedarme ahí, en su auto, con él, y me dolía el sólo pensamiento de abrir la puerta y alejarme de él. Por un momento pensé en arrepentirme, inventar una excusa de que se me había quedado algo en su casa, pero... Pero me reproché el pensamiento diciéndome que no tenía edad para hacer esas cosas (aunque al mismo tiempo quería creer que tener sólo 16 me daba derecho...). Respiré hondo antes de abrir la puerta... Quiero quedarme, llévame de vuelta... Pero era hora de volver a la realidad y darme cuenta de que ese pequeño lapsus de mi vida no era más que eso, en realidad pasara lo que pasara ambos teníamos que volver a nuestras obligaciones y vidas diarias... Y claramente yo debía volver a la pintura. Suspiré con pesadez y me bajé del auto recordando los últimos momentos en sus brazos y la manera en que besó mi frente... 
Quería lanzarme a sus brazos y quedarme ahí, abrazarlo pro el cuello y resguardarme en el calor de su pecho... Sin embargo, todo lo que pude hacer fue soltar un "Gracias... ¿supongo?" cuando él me entregó la mochila que acababa de rescatar de su oficina. "¿Gracias por qué?" "Por... Uh, por venir a dejarme de verdad n-no era necesario" tartamudeé. "Está bien, mocoso, no te preocupes..." me dijo con una sonrisa calma, mientras me revolvía el pelo. "Entonces... Nos vemos el martes", afirmé, esperando que me contradijera diciéndome que iría a buscarme antes, o algo así... Aunque un poco decepcionado de eso desde antes. "Puede que antes, si no estás tan ocupado, niñato" "Haré como que no vi el alto de ensayos sobre tu escritorio..." contesté pensando en su bien antes que mi egoísmo, o al menos eso intenté. "Mejor...." me dijo con otra sonrisa, rodeándome con un brazo por la cintura y besándome rápidamente, aunque habría jurado que el tiempo se detuvo por varios segundos... Ni siquiera mencioné lo inapropiado de hacer eso en la calle frente a la residencia - se sentía demasiado bien ser tratado así por él... "Nos vemos el martes, mocoso". Me sonrojé con violencia otra vez al escuchar ese apodo que por alguna razón, me gustaba demasiado... O al menos lo suficiente para hacerme latir el corazón tanto que sentía que podía desmayarme...

Entré a la residencia sintiendo la vibración de mi pulso en mis dedos y oídos, procurando tapar mi cuello con la bufanda que -gracias a Dios- estaba en mi mochila. Al abrir mi puerta se sintió terrible: No extrañaba en absoluto ese lugar oscuro y desordenado. Suspiré dejando mi mochila sobre el escritorio, tratando de convencerme de que el daño ya estaba hecho y no servía de nada preocuparme de las clases a las que no había ido. Pero... Abrí la cortina y la ventana y por primera vez en muchos días, me dispuse a ordenar. Ordenar todo... Quizás sintiendo que en el fondo no sería malo volver a ser yo por un rato, o al menos una mejor versión de mí suficientemente buena para... Uh. Nate...

De repente todo había dado un giro y todos mis métodos, todas mis mentiras meticulosamente estudiadas, todos mis hábitos estaban siendo amenazados y... Y al mismo tiempo todo lo que quería era volver a su cama, a sus brazos...

[Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota.]

++++

No es como si estuviera aquí con la esperanza de verlo, me decía a mí mismo. No es como si me sentara cerca del kiosko para ver si pasa por aquí... Me sonrojé solo, cubriéndome la cara con las manos, sintiéndome un cabro chico o una especie de colegiala enamorada, sí, súper cutre. Suspiré. ¿Cómo demonios caí en eso? 
"¿Siegfried? Siegfried" Me llamó desde arriba sacándome de mi interesante contemplación del patio central de la universidad. Me saqué los audífonos sonriéndole con nerviosismo, entrando en pánico desde antes. Me tendió la mano, con el estuche del violín en la otra, para ayudarme a levantarme -y tuve que reprimir la cara de dolor cuando lo hice-. Le saludé y lo abracé por el cuello, un poco lento y quizás con demasiado cuidado -me dolía todo-, quizás por eso lo abracé más segundos de lo habitual. Él me miró con extrañeza al separarnos.
"¿Estás bien?" Me dijo levantando una ceja, "Te ves... Destrozado, a lo menos."
"Uh, eh, sí, es que... Es que estoy haciendo un cuadro demasiado grande y anoche me quedé pintando, aparte dormí mal así que desperté contracturado entero" Hice un puchero al decir esto, tratando de sonar lo más normal y expresivo posible. Max simplemente sonrió de medio lado y me revolvió el cabello. 
Nos fuimos en dirección al casino, y volteé por alguna extraña razón justo para ver a mi profesor pasar por el otro lado del patio. Me sonrojé por reflejo cuando caí en cuenta de que tal vez podía haber algo en mi locker. 
Y apenas me despedí de Max me dirigí directamente a mi locker. Cabe resaltar la incomodidad en mí al estar junto a él, pues, básicamente... ¿Cómo demonios le cuentas a tu mejor amigo algo así? Y peor aún, el mejor amigo con el que tenías una relación algo extraña a veces... Otro suspiro. 



"Y mira que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente. Como no sabías disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos, y entonces primero cosas como estrellas amarillas (moviéndose en una jalea de terciopelo), luego saltos rojos del humor y de las horas, ingreso paulatino en un mundo – Siegfried que era la torpeza y la confusión pero también helechos con la firma de la arena Klee, el circo Miró, los espejos de ceniza Vieira da Silva, un mundo donde te movías como un caballo de ajedrez que se moviera como una torre que se moviera como un alfil."

Y en el reverso, un solitario "Lo siento..."

Supe de inmediato que esa nota llevaba dos días ahí y me sentí terriblemente culpable por cómo había actuado. Me pregunté un momento si era correcta aquella idea que pasó por mi cabeza. Miré mi reloj: 14.03. Me mordí el labio, dudoso. ¿Y qué tal si él estaba ahí? ¿O si alguien me veía y le parecía raro? Aunque siendo su alumno no era tan rara la situación tampoco... Cerré los ojos con fuerza y abrí mi mochila (recordando, al mismo tiempo, las veces en que él la había tocado), sacando la misma libreta de antes, pero esta vez, luego de escribir fui a otro lado. Me dirigí al edificio de la facultad y bajé las escaleras hacia el piso -1. Me recibió una secretaria, le pregunté si sabía si el profesor Rothschild estaba dando clases a esa hora y, ante la afirmativa, pregunté por su oficina para "pasar a verle más tarde" (Me maldije por haber estado lo suficientemente ido como para no recordar dónde estaba el lugar en cuestión). Subí al primer mirando a todos lados, probablemente con cara de gatito asustado (o algo por el estilo, qué se yo) y, respirando hondo, me precipité hasta la puerta de su oficina y deslicé un papel bajo la puerta. Me fui rápidamente, bajando las escaleras pensando que no era tan terrible llegar quince minutos tarde a clases, esperando no pillármelo y al mismo tiempo... Deseando toparme con él más que cualquier otra cosa...



"-Quién sabe –dijo la Maga-. A mí me parece que los peces ya no quieren salir de la pecera, casi nunca tocan el vidrio con la nariz. 

Gregorovius pensó que en alguna parte Chestov había hablado de peceras con un tabique móvil que en un momento dado podía sacarse sin que el pez habituado al compartimiento se decidiera jamás a pasar al otro lado. Llegar hasta un punto del agua, girar, volverse, sin saber que ya no hay obstáculo, que bastaría seguir avanzando... 

-Pero el amor también podría ser eso –dijo Gregorovius -. Qué maravilla estar admirando a los peces en su pecera y de golpe verlos pasar al aire libre, irse como palomas. Una esperanza idiota, claro. Todos retrocedemos por miedo de frotarnos la nariz con algo desagradable.



Yo también lo siento..."

Dienstag, 10. Mai 2016

Mittwoch (N.6)

Es extraño, pensar que uno despierta varias veces en la noche pero tan sólo bastan unas décimas de segundo para reconocer el lugar donde se está durmiendo y, al cerciorarse de que se está en el lugar correcto, se cae de vuelta en un sueño profundo - tu siguiente fase REM. Una vez leí que un mecanismo de los mamíferos es dormir sólo la mitad el cerebro cuando dormimos en un lugar nuevo como mecanismo de supervivencia frente a ciertas amenazas. Pero creo que mi cerebro no recordó eso.
Por eso cuando desperté sin abrir los ojos y quise acomodarme para volver a un sueño tranquilo, sentí una calidez desconocida en mi espalda (y por un momento pensé que estaba durmiendo contra algo apoyado en la pared de mi habitación) y abrí los ojos de golpe; Salté de la cama en un espasmo al darme cuenta de que, efectivamente, nada había quedado sobre mi cama y, más aún, ni siquiera recordaba haber llegado a ella. Y decir que salté no es exagerar.

Samstag, 7. Mai 2016

Freitag (N.5)

¿Siegfried?

Me sobresalté al escuchar mi nombre en una voz grave y seria. Miré hacia arriba, aún con mi cara roja de la vergüenza, y logré tartamudear en un hilo de voz un "Hola profe".

Freitag, 6. Mai 2016

Donnerstag (N.4)

La verdad, mentiría si dijera que me di cuenta de que mi casillero había cambiado en absoluto. Al haber llegado corriendo ahí de mi clase de grabado, solamente enfocado en buscar un poco de papel rosa espina para hacer una de las últimas impresiones y estando justo a tiempo para volver a la residencia, me sorprendí cuando, al aventurar mi mano dentro de la caja de metal, toqué una caja y un papel que no estaban ahí antes. Consternado y tratando de fijarme más (dada la poca iluminación del pasillo) mi corazón dio un brinco en mi pecho. 

Montag, 2. Mai 2016

Mittwoch (N. 3)

Después de un tiempo 
uno aprende la sutil diferencia 
entre sostener una mano 
y encadenar un alma. 
Y uno aprende 
que el amor no significa recostarse 
y una compañía no significa seguridad. 
Y uno empieza a aprender... 
que los besos no son contratos 
y los regalos no son promesas. 

Me quedé unos segundos de pie, mirando a ambos lados, plantado delante de mi casillero.  El corazón latiéndome en los oídos y la mano derecha temblando, sosteniendo entre dos dedos un trozo de papel con rayas horizontales.