Pensaba mientras daba una calada a un cigarrillo recién encendido, apoyado en uno de los balcones de ladrillo. Se llevó la base de la palma de la mano a uno de los ojos y lo restregó, suspirando. Los cabellos rubios se desordenaban con el viento tímido de otoño, mientras el alemán se subía un poco el cierre de la sudadera. A sus espaldas, el bullicio de una sala llena de alumnos se escapaba por las puertas altas y entreabiertas.
A lo lejos, el atardecer robaba un par de grados centígrados del ambiente. A lo lejos, pájaros cantando. A lo lejos, muy lejos, él, en algún sitio, ajeno a todo pensamiento del chico.
Cada vez pensaba menos en ello. La imagen en su cabeza se deslavaba y deshilachaba con el paso de los meses. Los días se diferenciaban por la cantidad de horas trabajando y los años se contaron en el número de cuadros pintados. A veces, aquellos años también parecían pasar en pos de las zapatillas gastadas y los cuadernos nuevos.
No cabían ya en él los sueños y esperanzas pasados, que alguna vez se habían dejado caer sobre su escritorio con tanta facilidad cuando escribía al respecto. No, hay un punto donde realmente caes en cuenta de que nada será, que todo fue. Y está bien, pensó, soltando el humo de los pulmones. Las cosas terminan. Las cosas caen: es gravedad.
Allí, donde estuviera, le deseaba lo mejor. Le deseaba reencontrarse con su amor perdido, el que estuvo ahí antes de que el inglés siquiera supiera que él existía. Le deseaba una vida bella y distendida, allá, por siempre lejos de él. Le deseó un montón de libros de tapa dura, firmas de autores y que escribiera hasta hartarse.
Él seguiría mirando distraídamente en los estantes de las librerías buscando su seudónimo. Ya no leía sus libros; sabía que lo que era su vida ahora mismo no le incumbía, haber leído sus escritos se habría sentido como una invasión.
Y eso estaba bien.
Lo poco que quedaba del mayor en él, se iría conforme pasaran los días, quizás los meses. Lo cierto era que, después de tanto tiempo creyendo que él se había quedado para siempre con una parte del alemán, la verdad era que a nadie podía importarle menos eso, ni siquiera al inglés mismo; y la razón última era que nadie podía tener una parte de él, si la otra persona no la quería tener para comenzar.
Se sentía rozar la libertad con los dedos, y pensar en él no lo hacía menos libre; quizás solamente reafirmaba su ausencia, su distancia, y por ende, su inexistencia palpable y por fin asumida en su vida.
Apagó el cigarrillo y respiró profundo. Se preguntó inevitablemente si acaso el otro pensaría alguna vez en él. Pero no había sentido en pensar en cosas que no llevaban a ningún lado.
Y volvió a la sala con sus alumnos.


