Miré mi reloj sintiendo el corazón en la garganta y en los oídos. Intentaba controlar mi respiración agitada después de la carrera, pasándome una mano por el pelo y poniendo la otra en mi pecho en un vago intento de calmarme.
14:12.
Aún tenía la opción de no ir a clases, pero me dije a mí mismo que ya estaba ahí y que aún cabía la posibilidad de que mi profesor ignorara la puerta como siempre hacía cuando alguien llegaba tarde. Decidí apostar por lo último y toqué la puerta mientras intentaba pararme en mi lugar con fuerza, pero hasta la cerámica se sentía como arena cuando las piernas te tiemblan todavía. Hacía a mi cerebro pensar lo más rápido posible una excusa cuando vi a una sombra acercarse detrás de las cortinas del auditorio y una mano que tomaba la manija de la puerta de vidrio.
"Grünewald," mi corazón se detuvo al verlo tan serio como siempre en el dintel de la puerta, llamándome por mi apellido como si fuera cualquier otro alumno. Mi estómago se apretó. "¿Por qué tan tarde?"
Intenté poner mi mejor cara, aunque estaba seguro de que tenía escrito nervios y pánico en todo lo que se llama frente. Intenté hablar en voz baja para que el resto de mis compañeros no escuchara desde sus asientos. "Yo, uh-- Eh, disculpe profesor, se me pasó la hora..."
Me cacheteé mentalmente cuando Nate levantó una ceja inquisidora mostrándome que no me creía en absoluto.
"¿Se te pasó la hora? Tú nunca llegas tarde."
"Uh.. Es que-- No me di cuenta, estaba trabajando en--"
"Entra, hablaremos más tarde." Y sin decir más se dio vuelta, dejando la puerta abierta para que yo pasara. Nunca había dejado entrar a un atrasado y yo sabía que todos iban a estar mirándome cuando entrara. Lo seguí rápidamente y me senté en los últimos puestos del auditorio sin levantar la vista del suelo.
Odio mi vida.
Durante la clase solamente saqué mi cuaderno y un lápiz, preparándome para meter todo en mi mochila y emprender una huida rápida minutos antes de que terminara la clase para poder esconderme tanto de Nate como de Max durante, no sé, los próximos veinte mil años quizá. Tal vez tenía demasiada cara de conejo asustado, yo mismo podía sentir que mi cuerpo no dejaba de moverse y lamenté demasiado no tomar mis medicamentos regularmente o no haber traído al menos una benzodiazepina de emergencia.
Traté de convencerme durante el resto de la clase que Nate no iba a llamarme si me iba antes, pues sería demasiado extraño que me dejara entrar y más encima me llamara para hablar. Pero aún así y gracias a mi gran paranoia, aproveché la explicación de un diagrama en la pizarra para estirarme a la fila de atrás y hacerle un gesto a uno de los pocos compañeros de esa sección con el que hablaba -y mejor aún, con el que me llevaba bastante bien gracias a los talleres en pareja- quien, para mi suerte, era lo suficientemente vago como para sentarse en la última fila la gran mayoría de las clases para hablar con su amigo (¿mencioné que eran los dos gay? más razón). Le hice una seña con la mano para que se acercara y le hablé en la voz más baja posible.
"Necesito que me hagas un favor, es de vida o muerte."
Sabía que irme antes de la clase levantaría una alerta mucho más obvia en mi profesor, sin embargo, no quería arriesgarme a vomitar todo lo que había sucedido o, peor aún, que mi impulsivo maestro decidiera sacarme la información de una manera poco sutil. Supuse que al menos si escapaba tendría un momento para pensar en qué demonios hacer y cómo resolver los problemas con Max primero. No quería imaginarme teniendo que explicarle al hombre con quien me había acostado -más de una vez, y que para colmo quería algo serio conmigo, por Dios santo- que tenía problemas amorosos no resueltos con alguien más... Ugh.
Así fue como miré a mi compañero con cara de perrito atropellado cuando Nate comenzaba a cerrar la clase y apenas él y su amigo se levantaron a hacerle una pregunta al inglés, tomé mi mochila y me fui prácticamente corriendo de la sala sin mirar en su dirección, menos cuando llamó mi nombre entre mis compañeros.
No podía decidir si irme a la residencia corriendo -que no ayudaría en nada pero me daría tiempo- o irme a trabajar para pensar en otra cosa, pero la segunda opción me asustaba más por aquél miedo irracional a que mi profesor me encontrara en las salas de pintura -o cualquier otro taller-. Así que hice lo que cualquiera haría -no, en realidad no- y recorrí el kiosko y el patio de la virgen buscando a los más instruidos en el tema: Mis amigos de teatro. Y cuando por fin pillé a uno -posiblemente el más diva de todos- que me saludó estrepitosamente con un café en mano y un cigarrillo en la otra, con una polera suelta que apenas le tapaba el torso, nuestra conversación fue algo así:
"¿Cómo estás, lindo?" "Bien, o sea... En realidad no. Necesito tu ayuda, en serio" "¿Qué pasó? ¿Qué cagá te mandaste?" "Hueón. Muchas. Pero porfa llévame a alguna sala de tu facultad, que necesito eh, esconderme un rato para contarte." "Esto se viene demasiado bueno."
Y así acabé al fondo de una sala oscura donde unos compañeros de mi amigo estaban ensayando una de esas obras extrañas donde de repente los miras y están todos los actores tirados en el piso ladrando. Como sea. Hablábamos casi en susurros.
"Ya, mira, te voy a contar pero no puedes decirle a nadie o mi vida entera se va a la mierda."
"Te juro que no se lo digo a nadie. Pero viniendo de ti no creo que sea tan grave" soltó una risa.
"¿Te acuerdas que tengo un amigo con el que me molestan siempre? Uno de música"
"¿El rubio? Te lo comiste..."
"Es peor que eso, o sea no, no con él"
"Conchatumadre. ¿A quién te tiraste?"
Me sonrojé hasta el pelo y volteé a todos lados para asegurarme de que nadie estaba cerca ni podía escucharnos.
"Max me dio un beso hace ene tiempo y eh, como que llevo dos meses escapando de él y sin enfrentarlo y... Y más encima tiré con alguien con quien no debía haber tirado... Más de una vez"
Camilo abrió tanto la boca que parecía que se le iba a dislocar la mandíbula. "¿Tú? ¿Quién eres tú y qué hiciste con Siegfried? Mi bebé puro y casto ya no está hueón, nadie me cuenta nada." A veces todavía me sorprendía el dramatismo de los actores. "Ya po, ¿quién?"
"No te puedo decir quién, en serio... Pero es alguien de la u y... Puta ya, filo..." Tomé aire y lo solté casi inaudiblemente mientras los actores gritaban a lo lejos. "A un profe..."
Después de que mi amigo pudo contener su emoción por semejante chisme, no encontró nada mejor que decirme que me estaba preocupando demás, tú disfruta, si total mal no la vay a pasar. Y luego de asegurarle que no estaba particularmente interesado en el poliamor ni en romper el corazón de nadie -y de varias risas que sirvieron para calmar mi terrible estado de ansiedad-, decidió aconsejarme con que lisa y llanamente le aclara el cuento a ambos. Cosa bastante difícil de hacer, pero al fin y al cabo no tenía muchas otras opciones, supongo...
Eran casi las siete de la tarde cuando salimos de la facultad hacia el patio de la virgen, mientras yo apretaba con fuerza uno de los tirantes de mi mochila, habiendo decidido buscar a Max para aclarar las cosas un poco -en compañía de mi amigo por si sucedía algo inesperado o qué se yo-, confiando en que mi profesor se habría ido a esa hora pues, recordando un poco la semana pasada, Nate había tenido tiempo para deambular por el campus a esa hora cuando me escondí de él... La primera vez. Eso significaba que nuestra clase era la última del día y siendo tan tarde ya debía haberse ido a casa.
Me asomé por las ventanas de las salas de ensayo, una por una hasta que escuché unas tímidas notas de violín desde una de las más lejanas, cuya ventana estaba entreabierta. Agradecí que se pudiera escuchar el sonido hacia afuera, pues gracias a eso reconocí una pieza que Max estaba ensayando desde hacía un tiempo. Di las gracias a mi memoria supuestamente prodigiosa y me despedí de mi amigo mientras éste me deseaba suerte, dándome la vuelta por la facultad -tratando de evitar el pensamiento paranoico de que podía encontrarme a Nate en cualquier momento- para ir a tocar la puerta de la sala.
No podía decidir si irme a la residencia corriendo -que no ayudaría en nada pero me daría tiempo- o irme a trabajar para pensar en otra cosa, pero la segunda opción me asustaba más por aquél miedo irracional a que mi profesor me encontrara en las salas de pintura -o cualquier otro taller-. Así que hice lo que cualquiera haría -no, en realidad no- y recorrí el kiosko y el patio de la virgen buscando a los más instruidos en el tema: Mis amigos de teatro. Y cuando por fin pillé a uno -posiblemente el más diva de todos- que me saludó estrepitosamente con un café en mano y un cigarrillo en la otra, con una polera suelta que apenas le tapaba el torso, nuestra conversación fue algo así:
"¿Cómo estás, lindo?" "Bien, o sea... En realidad no. Necesito tu ayuda, en serio" "¿Qué pasó? ¿Qué cagá te mandaste?" "Hueón. Muchas. Pero porfa llévame a alguna sala de tu facultad, que necesito eh, esconderme un rato para contarte." "Esto se viene demasiado bueno."
Y así acabé al fondo de una sala oscura donde unos compañeros de mi amigo estaban ensayando una de esas obras extrañas donde de repente los miras y están todos los actores tirados en el piso ladrando. Como sea. Hablábamos casi en susurros.
"Ya, mira, te voy a contar pero no puedes decirle a nadie o mi vida entera se va a la mierda."
"Te juro que no se lo digo a nadie. Pero viniendo de ti no creo que sea tan grave" soltó una risa.
"¿Te acuerdas que tengo un amigo con el que me molestan siempre? Uno de música"
"¿El rubio? Te lo comiste..."
"Es peor que eso, o sea no, no con él"
"Conchatumadre. ¿A quién te tiraste?"
Me sonrojé hasta el pelo y volteé a todos lados para asegurarme de que nadie estaba cerca ni podía escucharnos.
"Max me dio un beso hace ene tiempo y eh, como que llevo dos meses escapando de él y sin enfrentarlo y... Y más encima tiré con alguien con quien no debía haber tirado... Más de una vez"
Camilo abrió tanto la boca que parecía que se le iba a dislocar la mandíbula. "¿Tú? ¿Quién eres tú y qué hiciste con Siegfried? Mi bebé puro y casto ya no está hueón, nadie me cuenta nada." A veces todavía me sorprendía el dramatismo de los actores. "Ya po, ¿quién?"
"No te puedo decir quién, en serio... Pero es alguien de la u y... Puta ya, filo..." Tomé aire y lo solté casi inaudiblemente mientras los actores gritaban a lo lejos. "A un profe..."
Después de que mi amigo pudo contener su emoción por semejante chisme, no encontró nada mejor que decirme que me estaba preocupando demás, tú disfruta, si total mal no la vay a pasar. Y luego de asegurarle que no estaba particularmente interesado en el poliamor ni en romper el corazón de nadie -y de varias risas que sirvieron para calmar mi terrible estado de ansiedad-, decidió aconsejarme con que lisa y llanamente le aclara el cuento a ambos. Cosa bastante difícil de hacer, pero al fin y al cabo no tenía muchas otras opciones, supongo...
Eran casi las siete de la tarde cuando salimos de la facultad hacia el patio de la virgen, mientras yo apretaba con fuerza uno de los tirantes de mi mochila, habiendo decidido buscar a Max para aclarar las cosas un poco -en compañía de mi amigo por si sucedía algo inesperado o qué se yo-, confiando en que mi profesor se habría ido a esa hora pues, recordando un poco la semana pasada, Nate había tenido tiempo para deambular por el campus a esa hora cuando me escondí de él... La primera vez. Eso significaba que nuestra clase era la última del día y siendo tan tarde ya debía haberse ido a casa.
Me asomé por las ventanas de las salas de ensayo, una por una hasta que escuché unas tímidas notas de violín desde una de las más lejanas, cuya ventana estaba entreabierta. Agradecí que se pudiera escuchar el sonido hacia afuera, pues gracias a eso reconocí una pieza que Max estaba ensayando desde hacía un tiempo. Di las gracias a mi memoria supuestamente prodigiosa y me despedí de mi amigo mientras éste me deseaba suerte, dándome la vuelta por la facultad -tratando de evitar el pensamiento paranoico de que podía encontrarme a Nate en cualquier momento- para ir a tocar la puerta de la sala.
Me abrió la sala un Max de ceño fruncido con un violín en la mano izquierda. Suavizó un poco su expresión al reconocerme, pero aún así me sentía demasiado pequeño mirándolo hacia arriba con cara de arrepentimiento.
"¿Podemos hablar...?" Solté algo cohibido.
"¿Aquí o en otro lado?"
"Uh... No importa realmente..."
"Pasa." Cerró la puerta tras de mí y comenzó a destrabar la almohadilla del violín delante de mí para guardarlo, sin decir nada. No sabía qué decir.
"Oye... ¿Estás enojado conmigo?" Me apoyé en una pequeña mesa de la sala con mis manos detrás de mi cuerpo, como escondiéndome un poco.
"No," en realidad no parecía mentir. Solamente se veía más serio que de costumbre... "Para nada. ¿Qué pasó?"
"Venía a disculparme..."
"¿Por lo de hoy? No tienes por qué disculparte, en realidad yo me pasé Sieg."
"Sí pero... Es por eso y... Porque deberíamos haber hablado hace tiempo pero soy tonto..." Me miró con calma.
"Bueno, pero ya estás aquí." No entendía cómo su voz siempre me calmaba, incluso en situaciones así. Sonaba adulto, pero no como Nate. Era más cercano que eso, como una mezcla bastante exacta entre un adulto y un adolescente... Odiaba lo maduro que podía ser a veces. Me hacía sentir como un niño, incluso cuando él sólo tenía cinco años más que yo.
Max se cruzó de brazos. Su polerón dejaba ver parte de sus brazos llenos de pecas. "¿Yo te gusto?"
Escuchaba a la gente caminar por fuera de la sala, rogando que nadie estuviera poniendo suficiente atención a nuestra conversación mientras yo intentaba hablar lo más bajo posible para que Max aún me escuchara. De todas maneras lo más probable es que nos escucháramos y maldecía haber comenzado a hablar en primer lugar.
"Es que... Es complicado..."
"Te escucho."
Mi corazón latía rápido y las manos me temblaban. Callé por varios segundos cuando escuché unos pasos cerca de la ventana, pero decidí hablar cuando no pude escucharlos más. Estás siendo demasiado paranoico Siegfried, basta. Definitivamente no es él.
"Yo... Al principio no sabía muy bien cómo me sentía y... La verdad todavía no sé, pero es que en el camino han pasado muchas cosas y no sé cómo explicarte... No quiero mentirte ni que creas cosas que no son..."
"Siegfried, no me voy a complicar si no te gusto..."
"Es que... Ese es el problema..." Me tapé la cara y suspiré. "Ya no sé... Me siento súper confundido..."
Bajé mi mirada al piso. Max estaba recargado contra la pared del otro lado de la pequeña habitación, siempre sereno. Lo oía respirar.
"Ven," escuché. Le miré al momento en que abría sus brazos. "Ven," repitió. Me acerqué y me estrechó entre sus brazos. Suspiré contra su pecho, rodeándolo con mis brazos por la cintura.
"Perdón..."
"Mira... La razón no me importa mucho. No me dijiste que no te gustaba y el resto me da lo mismo... Ahora, si alguien más también te gusta, bueno... Ya se me ocurrirá algo, pero de mí no te vas a escapar, cabro chico." Me alejé y lo miré hacia arriba, sonrojado hasta las orejas.
"Pero Max, es que--"
"Nada" Me sonrió, "Me da lo mismo. No te voy a obligar a nada, pero no te puedo prometer que voy a dejar de estar detrás tuyo, porque sería mentira. Y total seguramente yo soy más lindo"
"¡Max! No seas merme" le dije soltando una risa sin querer. Comenzaba a alejarme cuando volvió a tomarme del mentón y me acercó a su cara, dejando su boca a escasos centímetros de la mía. Me soltó con una sonrisa cálida pero segura. Miré hacia otro lado.
"Uh... ¿Te vas a tu casa ya?"
"Sí, supongo. Ando en auto, así que te voy a dejar... ¿Tienes todo?"
"Eh, tengo que pasar a buscar mi portaplanos al casillero nomás... ¿Voy mientras guardas tus cosas?" Asintió.
Me temblaban aún las manos cuando giré el pomo de la puerta y un escalofrío me recorrió cuando el frío de afuera me pegó en la cara. Comencé a caminar en la escasa luz del pasillo, doblando a la derecha para tomar el pasillo que conectaba las escuelas de música y arte, sin prestar mucha atención y buscando mis llaves en el bolsillo más pequeño de mi mochila cuando vi una figura que se erguía en la penumbra, en la esquina del pasillo de las ventanas. Creo que efectivamente solté un corto sonido de espanto al creer reconocerla.
"¿Podemos hablar...?" Solté algo cohibido.
"¿Aquí o en otro lado?"
"Uh... No importa realmente..."
"Pasa." Cerró la puerta tras de mí y comenzó a destrabar la almohadilla del violín delante de mí para guardarlo, sin decir nada. No sabía qué decir.
"Oye... ¿Estás enojado conmigo?" Me apoyé en una pequeña mesa de la sala con mis manos detrás de mi cuerpo, como escondiéndome un poco.
"No," en realidad no parecía mentir. Solamente se veía más serio que de costumbre... "Para nada. ¿Qué pasó?"
"Venía a disculparme..."
"¿Por lo de hoy? No tienes por qué disculparte, en realidad yo me pasé Sieg."
"Sí pero... Es por eso y... Porque deberíamos haber hablado hace tiempo pero soy tonto..." Me miró con calma.
"Bueno, pero ya estás aquí." No entendía cómo su voz siempre me calmaba, incluso en situaciones así. Sonaba adulto, pero no como Nate. Era más cercano que eso, como una mezcla bastante exacta entre un adulto y un adolescente... Odiaba lo maduro que podía ser a veces. Me hacía sentir como un niño, incluso cuando él sólo tenía cinco años más que yo.
Max se cruzó de brazos. Su polerón dejaba ver parte de sus brazos llenos de pecas. "¿Yo te gusto?"
Escuchaba a la gente caminar por fuera de la sala, rogando que nadie estuviera poniendo suficiente atención a nuestra conversación mientras yo intentaba hablar lo más bajo posible para que Max aún me escuchara. De todas maneras lo más probable es que nos escucháramos y maldecía haber comenzado a hablar en primer lugar.
"Es que... Es complicado..."
"Te escucho."
Mi corazón latía rápido y las manos me temblaban. Callé por varios segundos cuando escuché unos pasos cerca de la ventana, pero decidí hablar cuando no pude escucharlos más. Estás siendo demasiado paranoico Siegfried, basta. Definitivamente no es él.
"Yo... Al principio no sabía muy bien cómo me sentía y... La verdad todavía no sé, pero es que en el camino han pasado muchas cosas y no sé cómo explicarte... No quiero mentirte ni que creas cosas que no son..."
"Siegfried, no me voy a complicar si no te gusto..."
"Es que... Ese es el problema..." Me tapé la cara y suspiré. "Ya no sé... Me siento súper confundido..."
Bajé mi mirada al piso. Max estaba recargado contra la pared del otro lado de la pequeña habitación, siempre sereno. Lo oía respirar.
"Ven," escuché. Le miré al momento en que abría sus brazos. "Ven," repitió. Me acerqué y me estrechó entre sus brazos. Suspiré contra su pecho, rodeándolo con mis brazos por la cintura.
"Perdón..."
"Mira... La razón no me importa mucho. No me dijiste que no te gustaba y el resto me da lo mismo... Ahora, si alguien más también te gusta, bueno... Ya se me ocurrirá algo, pero de mí no te vas a escapar, cabro chico." Me alejé y lo miré hacia arriba, sonrojado hasta las orejas.
"Pero Max, es que--"
"Nada" Me sonrió, "Me da lo mismo. No te voy a obligar a nada, pero no te puedo prometer que voy a dejar de estar detrás tuyo, porque sería mentira. Y total seguramente yo soy más lindo"
"¡Max! No seas merme" le dije soltando una risa sin querer. Comenzaba a alejarme cuando volvió a tomarme del mentón y me acercó a su cara, dejando su boca a escasos centímetros de la mía. Me soltó con una sonrisa cálida pero segura. Miré hacia otro lado.
"Uh... ¿Te vas a tu casa ya?"
"Sí, supongo. Ando en auto, así que te voy a dejar... ¿Tienes todo?"
"Eh, tengo que pasar a buscar mi portaplanos al casillero nomás... ¿Voy mientras guardas tus cosas?" Asintió.
Me temblaban aún las manos cuando giré el pomo de la puerta y un escalofrío me recorrió cuando el frío de afuera me pegó en la cara. Comencé a caminar en la escasa luz del pasillo, doblando a la derecha para tomar el pasillo que conectaba las escuelas de música y arte, sin prestar mucha atención y buscando mis llaves en el bolsillo más pequeño de mi mochila cuando vi una figura que se erguía en la penumbra, en la esquina del pasillo de las ventanas. Creo que efectivamente solté un corto sonido de espanto al creer reconocerla.
Mi vida es una mierda.