-Montag-
Concentrarse en escribir es tremendamente difícil por estos días. El último mes de clases nunca me trata bien. Incluso cuando ahora tengo más tiempo libre que otros semestres, taller me roba el alma.
O tal vez no era tanto taller como el estar pensando tantas cosas y ni siquiera saber por dónde partir, por dónde ordenarlas. El resultado era el mismo, de todas maneras. Pero ahí estaba yo, en la última mesa de la biblioteca, protegido por la espalda por un estante repleto de libros de filosofía e enciclopedias, con los pies sobre la silla y comiendo lentamente galletas de animalitos, con suficiente frío para andar con polerón pero no el necesario para ponerme parka. Típico de mí, supongo. Y veía a los profesores pasar por el otro lado de las ventanas con persianas, tratando de que mi corazón no saltara al pensar en que uno en particular pudiera pasar por ahí. Señor.
Escaparse de una clase para poder terminar un paper para otra clase, terminar escribiendo sobre tu vida en la biblioteca. Quiero convencerme de que es típico de día lunes. ¿Quién quiere escribir papers un lunes a las cinco de la tarde, con apenas 16ºC? Y por supuesto obviemos que mientras esa temperatura es normal para el común de la gente, mi cuerpo no es capaz de metabolizar lo suficiente como para no morir de frío a esta temperatura. Razón para las galletas.
Suspirar de nuevo y sentir que las cosas se fueron de las manos. Se fueron de las manos, Siegfried, terriblemente. Y aún así sentir un calor en el estómago y en las mejillas, terrible y dulce. En la mesa exactamente opuesta a la mía del otro lado de la sala, un cabro rubio me mira alternadamente mientras, también, escribe. Las cosas se fueron de las manos. Y la culpa me carcome, porque ese cabello rubio me recuerda a Max y las cosas que no sé cómo decir ni arreglar ahora.
Me agarré el cabello con las manos por un segundo y tapé mis ojos con las palmas. Dios me libre.
Una de las decisiones que debe tomar el autor real es elegir qué estilo de narrador ocupará y dónde comenzará su historia. Ésta puede ser anterior, ulterior, presente o simultánea, así como puede surgir ab ovo, in extrema res o in media res.
Ahora es cuando yo pregunto, pero profesor, ¿cómo demonios decido de dónde partir si todo lo que ha pasado para mí es como una ensalada?
Casi puedo escucharlo reprochándome por esa manera tan Cortázar, posmoderna, como quieras llamarle de saltar entre tiempos y narradores, tan indirecto libre; Tan contrario a él y a sus libros tan directos y lineales. Nunca le diré que había leído todos sus libros sin saberlo, antes de conocerlo.
Y de repente, en mi cabeza resuena una frase y mi corazón se congela.
Entonces, ¿te gustaría ser mi pareja?
+
Es difícil narrar a estas alturas, porque requiere un esfuerzo de memoria al que dejé de exponerme hace tiempo, cuando mi cerebro comenzó a tratar de guardar energía - por la época en que dejé de comer definitivamente. Y claramente es difícil cuando te estás quedando dormido y no son ni las seis de la tarde. Tal vez eso es un buen comienzo...
Las cosas han sido muy extrañas y supongo que todo iba a manifestarse tarde o temprano en mis hábitos.
Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.
Una vez que llegué a casa ese miércoles no supe realmente lo que quería. Una parte muy pequeña de mí sentía cierto alivio por la reacción que él había tenido frente a mi cuerpo -sólo pensar en ello me daba náuseas- pero la gran mayoría no vio más que un gatillante adicional a todo. Mi psiquiatra me habría dicho que eso es lo que mi enfermedad hace, salvo que nunca me consideré enfermo. Una vez que él ya me había tocado, que esos momentos de terror que sufrí cuando él me vio por primera vez habían pasado, todo lo que tenía era una motivación para alejarme más aún de esa imagen que tanto odiaba. Pero, al mismo tiempo... Es difícil no querer evitar que el otro te descubra y te vea como un loco.
Levanté las cosas del piso, limpié y puse todo en su lugar. Un sentimiento de alivio me recorría levemente y, sin embargo, incapaz de no mezclar las cosas, asocié este sentimiento a una razón más para seguir mis hábitos. Y como una sombra, el pensamiento agazapado de que yo estaba mal, de querer que él volviera a buscarme y me llevara a su cama, el lugar en que todas esas cosas no existían para mí...
Durante varios días no comí. 75 horas, para ser exactos, en que no me alimenté de nada más que té y agua.
-Donnerstag-
Llevaba 24 horas cuando tuve la genial idea de ir a dejar el papel a su oficina. Y no contaba con que mi suerte en general es suficientemente mala como para que, no contento con encontrarme con el inglés, tropezáramos en la escalera. Me llevó a su oficina a pesar de mi intento de escapatoria y notó inmediatamente el papel que yo mismo había dejado en el piso.
Me senté en el sillón de dos cuerpos. El corazón me latía rápido y no lograba entender por qué todo en él parecía gustarme (¿gustarme?) tanto - desde el color, la textura o el corte de su cabello hasta las formas que componían su figura, las líneas tan recortadas que a veces parecían dibujadas con lápiz que se perdían en su camisa, en sus mangas arremangadas; Las líneas de tinta negra que brillaban en sus brazos y teñían las venas que sobresalían verticalmente en su piel. Sus trajes a medida, sus zapatos. Los ojos que te miran fijamente sin dudar en absoluto y los pómulos tan marcados que cortarían papel.
Me senté en el sillón de dos cuerpos. El corazón me latía rápido y no lograba entender por qué todo en él parecía gustarme (¿gustarme?) tanto - desde el color, la textura o el corte de su cabello hasta las formas que componían su figura, las líneas tan recortadas que a veces parecían dibujadas con lápiz que se perdían en su camisa, en sus mangas arremangadas; Las líneas de tinta negra que brillaban en sus brazos y teñían las venas que sobresalían verticalmente en su piel. Sus trajes a medida, sus zapatos. Los ojos que te miran fijamente sin dudar en absoluto y los pómulos tan marcados que cortarían papel.
Miré al piso con las manos entrelazadas sintiendo cómo mis latidos me movían en mi asiento. Un "¿Venías sólo a dejarme esto o también a verme?" me sobresaltó, pero no dije nada, no sabía la respuesta realmente. "Siegfried, no tengo ningún problema con que vengas a verme, no entiendo por qué te avergüenzas tanto...". Sentí sus dedos tocar mi cara con delicadeza y cómo ésta se calentaba más todavía, si eso era posible, mientras mi deber de ir a la sala de pintura me martillaba tras la cabeza. "Ahora tengo que volver a clases, Siegfried. ¿Te quieres quedar aquí? Hay un montón de libros que te pueden interesar... ¿O prefieres acompañarme a clases?" ¿Acompañarlo a clases? ¿En serio? ¿Por qué todo para él era tan natural y parecía no tomarle el peso a lo escandaloso que podía llegar a ser todo si no éramos cuidadosos? No podíamos ser como una pareja de novios que andan todo el día juntos. Las maravillas de venir de un país desarrollado, supongo. Sacudí ese pensamiento para contestar por fin que debía ir a mi ayudantía. Diez años, por Dios. Eso es mucho. Diez años. Comprendió en seguida y cuando nos disponíamos a irnos me llamó. Al voltear, tomó mi cuerpo y, recargándome contra la puerta, me besó.
Una vez más, se sentía como si el tiempo se detuviera. Por impulso puse mis manos en su pecho, apenas tocándolo, y se sentía como si tan sólo él y su cuerpo pudieran cubrirme por completo. Me sentía pequeño y extrañamente protegido, y todos esos sentimientos se traducían en una especie de efervescencia cálida en mi vientre.
Salí un poco confuso de la oficina, seguido por él. Emprendimos el corto camino por el pasillo.
"¿Tienes muchas entregas la próxima semana?" Inevitablemente temblé un poco bajo sus ojos, oscuros e intimidantes de alguna manera.
"Eh... ¿No?"
"Espero el fin de semana entonces..."
Sentí el impulso de quedarme congelado de pie ahí mismo. Temía que alguien pudiera escucharnos desde las oficinas contiguas y, al mismo tiempo, una sensación agradable me recorría de pies a cabeza. Otra vez esa terrible sensación de sentirme indefenso, a sus pies, y un deseo tan, tan profundo de él...
Para variar, era como derretirse, como desarmarse. Y antes de darme cuenta, él ya iba al fondo del pasillo y yo debía correr a mi ayudantía con 20 minutos de atraso.
+++
Él parecía, siempre en algún grado, tremendamente descarado y provocativo. Y tal vez era eso lo que me hacía sentirme tan tremendamente atraído a él, como jalado por una cuerda o un hilo. Caí en cuenta cuando lo vi desde el otro lado de la sala, sonriendo con maldad (siempre tenía cara de maldadoso) disfrazada de carisma a mi profesor mientras yo intentaba corregir a mis ayudantados durante la clase. Siempre atrevido, con una actitud de total calma y sabiendo que había ido en ese momento probablemente porque yo estaba ahí.
Evité lo más posible mirarlo, intentando convencerme de que él se iría sin hacer contacto visual conmigo cuando, una vez más y gracias a mi tremenda suerte, una de las alumnas me pidió ayuda del profesor. Y en vista de que éste llevaba varios minutos conversando y que ella no podía continuar la pintura sin el comentario de Iván, no pude hacer otra cosa que acercarme.
Evité lo más posible mirarlo, intentando convencerme de que él se iría sin hacer contacto visual conmigo cuando, una vez más y gracias a mi tremenda suerte, una de las alumnas me pidió ayuda del profesor. Y en vista de que éste llevaba varios minutos conversando y que ella no podía continuar la pintura sin el comentario de Iván, no pude hacer otra cosa que acercarme.
Efectivamente, al ver su cara y la expresión seria que sugería que se mordía la lengua para no reír, supe que la idea era, lisa y llanamente, divertirse con eso. Pero su excusa era explicarle mi profesor (pues éste era, además, mi profesor de Taller) la razón por la que yo no había presentado mi obra el martes (por error se lo había comentado cuando comíamos en su casa - rara vez controlo realmente lo que digo, ¿no?), algo de que me encontró deambulando por el campus y me desmayé en sus brazos. La conversación pasó rápida, balbuceé algunas cosas apoyando la mentira de Nate intentando no quedarme mudo cuando Iván me miraba expectante y el inglés, por su parte, me atravesaba con su mirada tan malditamente directa e imperturbable. Al despedirse, me entregó un papel.
La oda a Salvador Dalí. Y un pequeño garabato al final: "Te veo este fin de semana".
++++
Jueves y viernes pasaron rápidamente entre entregas y dormir en la colchoneta de la sala de pintura.
A ratos no podía evitar sentirme tan extrañamente bien con todo lo que estaba ocurriendo -endorfinas y adrenalina por doquier- que sentía ganas de detener todo. Porque si bien tenía un motivo para mis hábitos ahora, el sufrimiento era igual, con la diferencia de que, adicionalmente, no podía castigarme con cortes ni golpes o podría obtener una reprimenda (o peor, una acusación a mi psiquiatra o a salud estudiantil) de parte de mi profesor. Y me encontraba arrodillado en el piso del baño un viernes por la noche, con las rodillas moradas y ardiendo, los nudillos raspados y los ojos llorando cuando de repente surgía la idea de parar. De repente sentía que no valía la pena, que no merecía eso. Todos pasamos por esas cosas, supongo.
Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)
Cuando volví y miré su última nota echado sobre la cama, me dije a mí mismo que tal vez no era tan terrible comer un poco. Que tal vez podía comer un poco si él venía a buscarme. Que tal vez podía molestarse por mis ya dichos hábitos y eso no sería bueno...
Tal vez pensaría en eso más tarde, me dije yéndome a dormir. De todas maneras, quizás ni siquiera vendría.
Tal vez pensaría en eso más tarde, me dije yéndome a dormir. De todas maneras, quizás ni siquiera vendría.
Pero llegó, y de la manera menos disimulada posible (como él mismo, en todo). Grande fue mi sorpresa cuando, a eso de las siete de la tarde del sábado, sonó el teléfono de la residencia y un Hermano me llamó. Yo, acostumbrado ya a que mi padre fuera el único que me llamara, contesté sin interés en alemán -idioma por default de mi padre-, más ocupado en las reacciones de mis compañeros, que venían riéndose y murmuraban sobre algo que uno de ellos había visto afuera. Mi curiosidad tuvo respuesta en cosa de segundos.
"Hello, is this Siegfried Grünewald?"
"¿Nate? ¿Cómo conseguiste este número?"
Un auto último modelo estaba estacionado junto afuera de la residencia, mientras un hombre sin aspecto local fumaba tranquilamente a su lado.
"Hello, is this Siegfried Grünewald?"
"¿Nate? ¿Cómo conseguiste este número?"
Un auto último modelo estaba estacionado junto afuera de la residencia, mientras un hombre sin aspecto local fumaba tranquilamente a su lado.
-Samstag-
Y de repente ahí estaba yo, saliendo de la residencia mirando hacia los lados, tratando de no generar mucha atención en mí mientras empuñaba mi mochila y abría la reja. Y ahí estaba él, ahora recargado contra su auto, nada más y nada menos que un Mercedes Benz descapotable.
Le saludé con la mano tratando de disimular el pequeño temblor que la sacudía y el sonrojo que comenzaba a aparecer en mis mejillas. Sonreí con timidez.
"Demoraste un poco," escuché mientras nos subíamos al auto y yo dejaba la mochila a mis pies. "Tenía algunas cosas que hacer antes de salir," contesté tímidamente poniéndome el cinturón, "Y no quería que nadie me viera tampoco, a pesar de que misteriosamente pasé a ser tu ayudante en... algún momento de la semana..."
Quería reír ante lo último, era terrible cómo podía actuar tan serio y al mismo tiempo ser tan payaso como para pensar que mentir sobre ser su ayudante era buena idea. Se me escapó una sonrisa. Después de todo, era yo quien era muy joven, él ni siquiera tenía 30.
"Tenía que decir algo, supongo... A menos que quisieras que dijera que veía a buscarte para ir a una cita, ¿no? Sería más extraño de parte de un profesor..." Mis mejillas se tiñieron de rojo inmediatamente y miré hacia otro lado, evitando su mirada. Sólo ahora me fijaba en que traía puesto un traje gris de tres piezas, muy sobrio pero precioso, que lo único que hacía era hacerlo ver aún más adulto para mí.
Le saludé con la mano tratando de disimular el pequeño temblor que la sacudía y el sonrojo que comenzaba a aparecer en mis mejillas. Sonreí con timidez.
"Demoraste un poco," escuché mientras nos subíamos al auto y yo dejaba la mochila a mis pies. "Tenía algunas cosas que hacer antes de salir," contesté tímidamente poniéndome el cinturón, "Y no quería que nadie me viera tampoco, a pesar de que misteriosamente pasé a ser tu ayudante en... algún momento de la semana..."
Quería reír ante lo último, era terrible cómo podía actuar tan serio y al mismo tiempo ser tan payaso como para pensar que mentir sobre ser su ayudante era buena idea. Se me escapó una sonrisa. Después de todo, era yo quien era muy joven, él ni siquiera tenía 30.
"Tenía que decir algo, supongo... A menos que quisieras que dijera que veía a buscarte para ir a una cita, ¿no? Sería más extraño de parte de un profesor..." Mis mejillas se tiñieron de rojo inmediatamente y miré hacia otro lado, evitando su mirada. Sólo ahora me fijaba en que traía puesto un traje gris de tres piezas, muy sobrio pero precioso, que lo único que hacía era hacerlo ver aún más adulto para mí.
No supe si temblé por este último pensamiento o porque su mano libre encontró el camino hasta uno de mis muslos. Le miré fugazmente para ver su expresión en ese momento, pero nada: Su rostro -a excepción de su ceño eternamente fruncido- estaba totalmente en calma, como si aquello le pareciera lo más normal y cómodo del mundo. Intenté no tiritar ni escuchar mis pensamientos sobre la inseguridad que me provocaba que él tuviera su mano en una de mis piernas -demasiado grandes y gordas para mí, como siempre- y tragué con dificultad.
La cara me ardía...
Conversamos durante el camino cómodamente, riéndonos a ratos, aunque no podía evitar sentir el cuerpo tenso de vergüenza por el miedo de decir algo estúpido o fuera de lugar. Sólo retiró su mano por un momento en medio de nuestra charla para sacar un CD de una caja entre los asientos -sólo entonces noté lo nuevo del auto: la cantidad de ellos que tenía lector de CD en Chile no alcanzaba los tres dígitos-: La caja del disco era negra, con una rosa roja en el centro y unas pequeñas letras blancas que rezaban "Violator". Por dentro quise saltar de emoción al verlo, pero no, no diré nada, me dije, o voy a parecer un idiota. Pero como sí soy un idiota, solté sin querer un "woah" que lo hizo mirarme con algo de extrañeza.
"Uh... No conozco a nadie que tenga esa edición del disco" Lo miré en busca de alguna señal o expresión, pero dada su expresión seria -como siempre-, solamente seguí vomitando mientras comenzaba la primera canción: "Uh, me gusta mucho Depeche, me encanta ese disco..." Bajé la mirada a mis piernas con la cara roja de vergüenza, justo a tiempo para llegar a un semáforo -¿mencioné antes que mi suerte es terrible?-. Escuché una pequeña y corta risa ahogada, un 'hm' que quedó atrapado y que alcancé a captar como una pequeña sonrisa de medio lado.
"Tienes buen gusto, niñito", escuché al mismo tiempo en que me revolvía el cabello con su mano derecha. Guardó silencio un momento mientras tomábamos una curva, "¿Cómo va el taller?"
"¿Uh? ¿Taller?"
"Yeah, ¿Taller? I mean workshop"
"Sí, me refería-- Which workshop? You mean 'Work Production' Workshop?"
Me tapé la boca con el dorso de la mano luego de darme cuenta de que acababa de darle una respuesta en inglés a un maldito angloparlante y que debí sonar como un hombre de las cavernas al lado de su sofisticado acento británico.
"Yeah. And your english's quite good, where did you learn it? I suspected it but didn't know for sure"
"I uh... I'm doing ok. And uh, thanks-- Can't say the same of your spanish though" Se me escapó una risa.
"Brat" Contestó sonriendo, algo dentro de mí se sintió cálido y al mismo tiempo me recorrió un escalofrío al escucharlo llamarme así.
"I mean, yeah, I learnt by my own... I mean, I took a test and everything. I'm supposedly an advanced english speaker but uh... Yeah"
"Which test?"
"Cambridge one. You know, IELTS?"
Volvió a sonreír de medio lado mientras estiraba su mano lo suficientemente cerca de mí para que pudiera ver el anillo que movió en su dedo anular. "The only one that counts," me dijo con un tono de broma. Por primera vez pude ver la joya de plata con claridad: Justo arriba, junto a un escudo, pude leer las palabras "University of Cambridge".
Qué increíbles son aquellos pequeños detalles que te hacen cambiar tu percepción sobre alguien... No pude encontrar la expresión en español para lo que pensé.
My heart's fluttering in my chest.
Conversamos durante el camino cómodamente, riéndonos a ratos, aunque no podía evitar sentir el cuerpo tenso de vergüenza por el miedo de decir algo estúpido o fuera de lugar. Sólo retiró su mano por un momento en medio de nuestra charla para sacar un CD de una caja entre los asientos -sólo entonces noté lo nuevo del auto: la cantidad de ellos que tenía lector de CD en Chile no alcanzaba los tres dígitos-: La caja del disco era negra, con una rosa roja en el centro y unas pequeñas letras blancas que rezaban "Violator". Por dentro quise saltar de emoción al verlo, pero no, no diré nada, me dije, o voy a parecer un idiota. Pero como sí soy un idiota, solté sin querer un "woah" que lo hizo mirarme con algo de extrañeza.
"Uh... No conozco a nadie que tenga esa edición del disco" Lo miré en busca de alguna señal o expresión, pero dada su expresión seria -como siempre-, solamente seguí vomitando mientras comenzaba la primera canción: "Uh, me gusta mucho Depeche, me encanta ese disco..." Bajé la mirada a mis piernas con la cara roja de vergüenza, justo a tiempo para llegar a un semáforo -¿mencioné antes que mi suerte es terrible?-. Escuché una pequeña y corta risa ahogada, un 'hm' que quedó atrapado y que alcancé a captar como una pequeña sonrisa de medio lado.
"Tienes buen gusto, niñito", escuché al mismo tiempo en que me revolvía el cabello con su mano derecha. Guardó silencio un momento mientras tomábamos una curva, "¿Cómo va el taller?"
"¿Uh? ¿Taller?"
"Yeah, ¿Taller? I mean workshop"
"Sí, me refería-- Which workshop? You mean 'Work Production' Workshop?"
Me tapé la boca con el dorso de la mano luego de darme cuenta de que acababa de darle una respuesta en inglés a un maldito angloparlante y que debí sonar como un hombre de las cavernas al lado de su sofisticado acento británico.
"Yeah. And your english's quite good, where did you learn it? I suspected it but didn't know for sure"
"I uh... I'm doing ok. And uh, thanks-- Can't say the same of your spanish though" Se me escapó una risa.
"Brat" Contestó sonriendo, algo dentro de mí se sintió cálido y al mismo tiempo me recorrió un escalofrío al escucharlo llamarme así.
"I mean, yeah, I learnt by my own... I mean, I took a test and everything. I'm supposedly an advanced english speaker but uh... Yeah"
"Which test?"
"Cambridge one. You know, IELTS?"
Volvió a sonreír de medio lado mientras estiraba su mano lo suficientemente cerca de mí para que pudiera ver el anillo que movió en su dedo anular. "The only one that counts," me dijo con un tono de broma. Por primera vez pude ver la joya de plata con claridad: Justo arriba, junto a un escudo, pude leer las palabras "University of Cambridge".
Qué increíbles son aquellos pequeños detalles que te hacen cambiar tu percepción sobre alguien... No pude encontrar la expresión en español para lo que pensé.
My heart's fluttering in my chest.
Me es difícil ahora describir todo lo que ocurrió después: De alguna manera -contactos, me diría Nate más tarde, un amigo que le debía un favor- consiguió que entráramos al Museo Nacional de Bellas Artes por la noche. Y no terminaba ahí: Fue el mismo Nemesio Antúnez, fundador del Taller 99 y director del Museo (por segunda vez luego del exilio) quien le entregó las llaves en su mano cuando llegamos. No supe qué decir - Sólo atiné a saludar junto con el mayor mientras los escuchaba conversar. Capté un "Claudio me dijo que serías puntual y responsable" entre medio, y traté de convencerme a mí mismo de que no era posible que, más encima, este hombre fuera amigo del profesor de mi cátedra de Historia del Arte, del que, podríamos decir, soy su fanboy número uno y creador del fanclub donde llevamos poleras con su cara.
...Tal vez no era tan así, pero al fin y al cabo se me caían los cuadernos cuando él pasaba, y pensándolo bien, de ser amigos serían la junta perfecta debido a su parecido. Dios los crea y el diablo los junta. Me miré los zapatos cuando pensé en esto, algo avergonzado de mí mismo... Soy demasiado predecible.
Apenas entramos le pregunté qué estábamos haciendo ahí -algo en mí se limitaba a creer que me necesitaba para algo, porque, ¿quién demonios haría semejante cosa porque sí?-. Hubo un silencio de unos segundos en el que traté de convencerme de lo último, deprimiéndome un poco desde antes al pensar que, en realidad, era absurdo pensar más de lo que estaba ocurriendo entre los dos realmente. Me tomé el brazo izquierdo con la mano contraria, como creando una pequeña barrera entre él y yo.
"Supuse que era uno de tus lugares favoritos y que nunca habrías podido ver todo así, cuando no hay estorbos, cuando no hay nadie... Sólo tú y bueno, yo..." Se notaba en sus pausas que debía buscar las palabras adecuadas en español, y me dieron unas ganas demasiado fuertes de pedirle que hablara en su idioma... Hasta su voz sonaba distinta, un poco más grave, más pausada... Más suya. No tuve oportunidad de pensarlo, entre todos aquellos pensamientos, entre aquellos deseos de él, me puse en puntas de pie y le abracé por el cuello y besé su mejilla tímidamente. Solté un pequeño "gracias", escondiendo mi cara roja en la curva de su cuello, sintiendo el olor agradable de su perfume en su camisa. Alcancé a dilucidar un olor maduro y algo picante, madera y menta mezclado con tabaco y alquitrán a la vez que sentía sus brazos fuertes y seguros rodeando mi cintura. Las piernas me temblaban... Todo era para mí y no podía creerlo.
"No es nada... Pensé que te gustaría..." contestó besando mi coronilla. Pude sentir su aliento y su voz -siempre grave y seria- tan cerca de mi oído que no pude hacer más que estremecerme y abrazarlo con más fuerza, tratando de ignorar todas las sensaciones que se agolpaban en mi vientre.
Sólo alejé mi cara de su cuello cuando recordó -y mencionó- que podíamos ver las bóvedas -que guardaban obras que no han visto la luz del día desde que el museo las adquirió- estaban abiertas para nosotros.
Recorrimos el museo por horas. La cosa conmigo es que suelo ponerme algo histriónico cuando estoy nervioso, y me bastó darme cuenta de lo realmente solos que estábamos para comenzar a hablar un montón sobre miles de cosas que tal vez Nate ya sabía -pero, al menos, no parecía molestarle-. En un momento, tomé la mano del inglés con la excusa de llevarlo a ver las pinturas que yo le señalaba. Sus manos eran grandes y cálidas, y no pude apartar de mi mente el recuerdo de cómo se sentían en mi cuerpo...
Aún me cuesta creer que nos topamos con un una pintura de la que sólo escuchabas en las cátedras de la escuela. Sólo había visto una vez las obras de aquél pintor -uno de mis favoritos- en persona, cuando estuve por primera vez en el museo, a los diez años. Sin embargo, nunca había estado delante de esa en particular: Orfeo atacado por las bacantes.
Traté de explicarle a Nate sin mucho éxito lo que me ocurría, e incluso ahora no sería capaz. Creo que comprendió, de todas maneras, mejor que yo lo que sucedía. Nunca pensé que la tendría así de cerca, y sólo quería pasar los dedos por ella, por su textura, sentir los pigmentos bajo mis dedos.
Unas manos me tomaron por la cintura y me acercaron. Me dejé atraer sintiendo mi corazón tremendamente acelerado, notando todos los puntos de contacto entre mi espalda y el pecho de mi profesor.
"No puedes hacer eso, mocoso" Escuché tras de mí, "Técnicamente, claro. En realidad nadie tiene porqué saber y yo no le voy a decir a nadie..."
Me mordí el labio mirando hacia otro lado.
"No debería hacerlo de todas maneras..."
Él avanzo conmigo en los brazos hasta quedar a centímetros de la pintura. Tomó mi mano derecha y la guió hasta la pintura, a un cúmulo de óleo en la tela. Tomé un respiro largo antes de tocarla y sentí cómo las piernas me flaqueaban cuando ambos rozamos la superficie a la vez.
Sentí un impulso terrible de llorar, de cerrar los ojos y quedarme ahí para siempre. Quería guardar el momento y no podía soportar la idea de que en unos segundos este se habría ido para siempre. Quería que Nate me sujetara entre sus brazos y me guardara ahí, donde me sentía seguro, pequeño y frágil entre brazos fuertes y un pecho amplio, en su calor y su aroma.
Suspiré y me quedé en silencio un rato. Nate no dijo nada.
+
Me acurruqué más en su chaqueta y me limpié bien los zapatos en el cubre alfombras antes de subirlos al asiento -costumbre demasiado mía- para poder conservar el calor. Debían haber unos 2 grados.
No podía dejar de mirarlo mientras hablábamos en el auto. Mi vista no podía apartarse de sus manos que se movían en el manubrio o aquella que descansaba en su propia pierna, la mano izquierda que luego se perdía en su cabello, con el ceño fruncido y la comisura de la boca formando una sonrisa cuando me decía que quería llevarme a otros museos en Europa.
A pesar de su amabilidad, pensé, se siente como estar totalmente expuesto. Como estar totalmente indefenso, pero de una manera agradable. Como querer dejarse llevar. Se siente como si pudiera romperme con sólo mirarme o tocarme. Y quiero que me rompas, sonó en mi mente como si él pudiese escucharme, sin poder evitarlo, avergonzándome inmediatamente de mí mismo.
Pero quería que me rompiera, y creo que ahora mismo me sonrojo pensando en ello. Quería que hiciera lo que quisiera conmigo, que me usara, lo que fuera, pero estar cerca de él. No tenía sentido, no era lógico: No habían grandes razones para querer todo eso, no lo conocía lo suficiente, no había hecho un montón de cosas por mí y aún así, sólo quería estar entre sus brazos de nuevo y sentir sus manos recorriéndome con la brusquedad propia de él.
Me cubrí la cara con la bufanda como tratando de esconderme, mirando las calles oscuras de Santiago que recorría por primera vez en dirección a Vitacura...
Cuando llegamos a su casa era ya de madrugada y se sintió nuevamente como estar indefenso. No era como la última vez: En esta ocasión estaba voluntariamente en su territorio y de alguna manera se sentía como ser un simple ciervo en los campos donde el león es rey.
Solté a Bast apenas entramos a la casa, al parecer solía esperar a Nate en la puerta. "¿Puedo prender la calefacción?" pregunté sacándome su chaqueta y dejándola colgada en una silla. "Claro, mocoso" escuché mientras veía a Nate poner una tetera en el fuego de la cocina. Reí por lo bajo pensando en lo mucho que los ingleses odiaban los hervidores eléctricos. Caminé hacia el living. No me costó mucho encontrar la calefacción central y los controles del piso radiante, encendí todo y procedí a sacarme mi bufanda y polerón de encima.
Estaba acomodándome el chaleco sobre la polera cuando escuché un ruido. Ante la ausencia del inglés, fui en su búsqueda: Él venía del patio por una puerta en la cocina con un montón de bolsas en las manos, y entre ellas, dos peluches de unos ochenta centímetros, un león y un conejo. Sin poder aguantarme pregunté por ellos.
Me sonrojé hasta las orejas cuando escuché la respuesta: "Son para ti, para que no te sientas tan solo cuando estás en la residencia. De hecho, puedes dejar el conejo acá. Tú eres el conejo, yo el león..." Lo último sonó ligero, en un tono de broma, pero la verdad su comparación parecía bastante acertada. No me esperaba en absoluto un regalo de ese estilo de su parte, menos con una explicación tan... Humana. Cálida.
Me regaló también un ramo de girasoles habiendo adivinado, de alguna manera, que eran mis flores favoritas y no sólo eso: Que lo eran por Vicent Van Gogh, el artista que -imposible que lo supiera- me llevó a entrar a la escuela de arte en primer lugar. Le abracé otra vez por el cuello mientras él me sostenía entre sus brazos. Dios, me sentía tan pequeño y seguro entre sus brazos...
Me permití tomar una taza -aunque no completa- de chocolate caliente mientras él bebía té. Incluso compró una taza para mí -quizás porque ya sabía de mi torpeza, ni yo mismo me habría confiado una de sus tazas de porcelana que parecían antiguas y carísimas-. Y hablando de cosas caras, sólo entonces me detuve a pensar en la vida más profunda de mi profesor: Su hogar no parecía en absoluto común. Esa idea logró hacerme olvidar un poco de la culpa de estar bebiendo azúcar.
La casa de Nate era gigante. El largo pasillo tenía varias puertas que no había visto abiertas; Los techos eran altísimos y en el living había una escalera negra que daba a un segundo piso descubierto del que sólo alcanzaba a ver una especie de living extra -supuse que habría un pasillo igual de largo con incluso más habitaciones en esa planta-. Cada uno de los muebles parecía exclusivo, incluso dudé que vendieran muchos de ellos en Chile. Además, me atrevería a decir que la casa había sido dejada a cargo de un diseñador de interiores, pues todo combinaba en colores alquímicos: Paredes inmaculadamente blancas, muebles negros y detalles -alfombras, cojines- de rojo italiano o bermellón. Por otro lado, habían bastantes pinturas y grabados repartidos por las paredes -sorprendentemente de ningún tipo de abstracción o con fin meramente decorativo- y miles de libros en diversas estanterías al rededor de lo poco que había visto en la casa. Me prometí a mí mismo mirar sus libros en otro momento.
Entonces, ¿quién era este hombre? ¿Quién deja su país para venir a vivir al fin del mundo sin tener familia aquí? A menos de que la tuviera... Sin embargo, no habría creído eso. La primera vez que tuve una clase con él recordé su apellido inmediatamente: Banco Rothschild. Colección privada: Familia Rothschild, Inglaterra. Familia Rothschild, partidarios de la fundación del Estado de Israel en Palestina.
¿Tendría relación con ellos, acaso? Una vida de leer artículos relativos a las dos familias con más poder del mundo me habían dejado una impresión macabra sobre ellos. Desconfié tremendamente de mi profesor hasta que pensé finalmente que, de venir a este lugar, no habría venido solo ni menos para ejercer como un simple profesor universitario. Y que tal vez, finalmente, no estaba emparentado con ellos.
Sin embargo me permitía confiar en él. No me parecía un ser capaz de hacer aquellas cosas que hacía esa familia. Además, en todo lo que había visto de su hogar no tenía ni una sola foto familiar, tampoco un solo libro u objeto parecido que pudiese indicar su procedencia. Sentí muchas ganas de preguntarle sobre ello... Supongo que nos faltaban demasiadas conversaciones - A pesar de todo lo que estaba ocurriendo no nos habíamos detenido a conocernos. ¿Y si no quedaba ahí? ¿Y si realmente estaba solo? Quería quedarme conversando con él por horas y horas hasta quedarme tranquilo sabiendo que Nate no estaba solo en el mundo...
Su voz me sacó de mis pensamientos. Me pidió que fuera a preparar la cama para que nos acostáramos y me cohibí un poco al pensar en dormir con él -aunque ya lo hubiésemos hecho antes se sentía como ser una pareja, la verdad, y pensar eso era extraño-, pero le devolví una sonrisa cálida antes de ir a hacer lo que me pidió. Me desvestí quedando en ropa interior y polera antes de acostarme, sintiéndome temblar de frío contra las sábanas.
Nate llegó al fin y se acostó a mi lado. Busqué su calor inmediatamente pero él, además, volteó mi cuerpo para que quedáramos de frente. Puse mis manos en su pecho cuando él me acercó y un montón de sensaciones me recorrieron cuando sentí su torso desnudo contra mis dedos y mi ropa. Cerré los ojos sin querer, sintiéndome sonrojar por vez nueve mil en el día, intentando que mi respiración no sonara más agitada por mi nerviosismo e incluso bromeamos un poco en esa posición sobre él teniendo calor corporal siempre gracias a sacrificar vírgenes a Cthulhu -idiota-.
De repente sentí sus manos colándose bajo mi polera. "Vamos a quitarte esto, mocoso, todos saben que el calor se transmite mejor cuando no hay nada interfiriendo...", me dijo mientras me sacaba la prenda. Intenté mantener la calma diciéndole que era un pervertido que quería aprovecharse de mí -genuinamente no esperando que lo hiciera-, pero mi corazón se detuvo cuando su dedo rozó la banda elástica de mis boxers deslizándolo por una de mis caderas. No pude evitar gemir cuando su dedo se hundió en mi piel. "Para... Pervertido, no te aproveches de mí..." solté algo entrecortadamente. Me sujetó la cadera derecha con fuerza, "¿Yo, aprovechándome de ti? Jamás haría eso..." su voz se ponía cada vez más grave y rasposa, haciéndome estremecer mientras me bajaba aún más la ropa interior. Sentía que no podía respirar, mi cuerpo comenzaba a subir de temperatura y una sensación terriblemente placentera y extraña me recorría el vientre, bajando por mi ingle. Cuando su boca encontró mi cuello solté un sonido que me avergonzó tanto que me mordí el labio para acallarme.
Como si algo le hubiese poseído, de repente me encontré con él sobre mí, sujetando mis muñecas con una sola mano sobre mi cabeza mientras me quitaba la ropa interior de un tirón con la otra. De repente él me mordía el cuello sobre los moretones que aún no se iban, de repente me sujetaba las caderas como queriendo dejar las impresiones de sus dedos, de repente sus besos y sus manos apretando mis muslos con fuerza y acariciando todo lo que pudieran alcanzar.
Sentía la visión nublada, gemía tanto que intentaba cubrirme la boca con mi mano para parar. No podía controlar nada de lo que sucedía, no era capaz de controlar mis reacciones en absoluto y a pesar de estar indefenso, el estar completamente a su merced era sublime. Sentía el dolor de su trato brusco que se mezclaba con placer, no habría tenido una sola oportunidad de hacerle peso a su fuerza cuando tomó mis caderas y las levantó de una vez, preparándome para poder entrar en mí. No podía pensar en absoluto, todo lo que podía dilucidar eran frases inconexas en mi cabeza, Gott, verdammt, ich kann nicht mehr, es ist zu viel...
Cuando me volteó otra vez mis manos cayeron a la altura de mi rostro en una posición de total entrega. Respiraba con dificultad y luchaba para mantener los ojos abiertos como si estuviera frente a una luz enceguecedora incluso en la oscuridad. Sobre mí, me miró directo a los ojos, los cuales cerré con fuerza.
"Mírame", me dijo en una voz baja y grave. Obedecí sintiendo mi rostro caliente,"Quiero que me mires mientras lo hago, quiero que me mires cuando te folle..." Presionó dentro de mí y solté un quejido sin poder evitar llevar mis manos a su espalda, agarrando su cabello, luchando para no tirarlo. "Quiero que me digas cuando te vayas a correr... ¿Entendido?" Me dijo con una voz tan autoritaria que gemí otra vez por el placer que me recorrió el cuerpo. Asentí, sin embargo, era obvio que él quería una respuesta clara. "S-Sí..." Tartamudeé, y apenas la palabra dejó mis labios, lo sentí terminar de entrar en mí.
Mi cuerpo se tensó e instintivamente junté mis piernas, estrechándolo entre ellas y escuchándole gruñir. El dolor mezclado con el placer era tan abrumador que sentía que lloraría, me sentía tan lleno de él y cada vez que Nate se movía sentía que no podría soportarlo. Una y otra vez lo sentía hundirse en mí aferrándose de mis caderas, mi cuerpo me pedía acabar y al mismo tiempo no quería que se detuviera nunca. Sentía que con cada embestida se apropiaba de mí y me volvía suyo, sentía que por un momento yo era completamente de su propiedad y quería que me destrozara por completo, que me usara como a un juguete; Quería ser por un segundo lo más preciado para él. No podía aguantarlo, nunca podía hacerlo.
No sé cuánto tiempo había pasado cuando comencé a jalar de su cabello intentando articular las palabras en el idioma correcto y repitiendo su nombre una y otra vez entre gemidos quebrados.
"Nate... Ich werde... Ah, voy a--" En mi desesperación no pude terminar la oración. Me corrí a gritos con él follándome sin piedad, con el sudor bajando por su frente, gruñendo mientras acababa dentro de mí y embistiéndome hasta que mis ojos se llenaron de lágrimas.
Lo sentí colapsar sobre mí -aunque manteniendo su peso en un brazo para no incomodarme con su peso- mientras escuchaba mi propia respiración agitada. Nate se movió un par de veces dentro de mí con dificultad, disfrutando de hacerme gemir y de tenerme completamente perdido bajo su cuerpo. Cuando al fin salió por completo nos recostamos uno al lado del otro mientras yo aún intentaba recuperar el aliento. Me abrazó por la espalda y me acercó a él por la cintura. Sentí que me derretía entre sus brazos mientras comenzaba a dormirme. De repente, sentí su voz aterciopelada cerca de mi oído.
"Te extrañé... Extrañé tenerte aquí, ojalá pudieras venir más seguido, dormir conmigo... Quiero llevarte al Prado, al Louvre, al Tate, el National Gallery, el MoMA, donde tú quieras... Pero conmigo... Quédate conmigo, por favor..."
Tomé una de sus manos y la llevé a mi pecho, como abrazándome a uno de sus brazos. Temiendo que me escuchara y a la vez deseándolo más que nada en el mundo, murmuré un tímido bitte... Lass mich nicht allein lassen.
Los recuerdos son confusos siempre, sobre todo aquellos que ocurren luego de un despertar de un sueño del que sólo se alcanzan las últimas hilachas al abrir los ojos... Tal vez es por eso que me cuesta recordar lo que ocurrió y lo que no, sobre todo ahora, cuando me veía interrumpido por el toque amable de una compañera de clases en mi hombro, despidiéndose de mí mientras todos arreglaban sus bolsos. Intenté sacudirme la somnolencia, dándome cuenta en el acto de que la hoja blanca de mi cuaderno estaba intacta salvo por el título y la fecha. Dien, 28. Mai 1991. Problemas del Arte Actual. Identidad y cultura: Artistas japoneses. El resto eran puros dibujos sin sentido -en realidad facciones que intentaba recordar de cierta cara- y a su lado, la pequeña libreta en la que escribo.
Supongo que mi cerebro intenta bloquear las cosas a las que no quiero exponerme (¿No hace eso el de todos?), y después de intentar escribir lo que ocurrió durante toda una tarde sin éxito, era natural pasar toda la mañana del día siguiente en las nubes. Sobre todo considerando que en mi próxima clase vería al objeto de todas mis cavilaciones.
Me levanto. Saco mi billetera del bolsillo izquierdo, lo meto al bolsillo externo de mi mochila, sale la bufanda de mi cuello y ahora descansa en la silla de mi derecha, siempre la silla derecha y guardo los lápices uno por uno en mi estuche, el vaso de café se traslada a la mesa de la izquierda, mi cuaderno entra en la mochila detrás del de la clase siguiente, el estuche va directamente encima del cuaderno pero detrás de la bufanda que entra, ¿Entonces...? cierro los ojos, me toco los bolsillos, arreglo las pulseras y el reloj en mi muñeca izquierda, vuelvo a ordenar las cosas dentro de mi mochila y saco mi personal, lo pongo en mi bolsillo derecho, toco mis bolsillos delanteros y traseros para asegurarme de que no hay nada ahí, ¿Entonces, quieres ser mi pareja? Me paso las manos por el cabello, cierro la mochila, vámonos de aquí Siegfried, deja de pensar en eso, ponte los audífonos.
Los recuerdos son confusos siempre, sobre todo aquellos que ocurren luego de un despertar de un sueño del que sólo se alcanzan las últimas hilachas al abrir los ojos... Tal vez es por eso que me cuesta recordar lo que ocurrió y lo que no, sobre todo ahora, cuando me veía interrumpido por el toque amable de una compañera de clases en mi hombro, despidiéndose de mí mientras todos arreglaban sus bolsos. Intenté sacudirme la somnolencia, dándome cuenta en el acto de que la hoja blanca de mi cuaderno estaba intacta salvo por el título y la fecha. Dien, 28. Mai 1991. Problemas del Arte Actual. Identidad y cultura: Artistas japoneses. El resto eran puros dibujos sin sentido -en realidad facciones que intentaba recordar de cierta cara- y a su lado, la pequeña libreta en la que escribo.
Supongo que mi cerebro intenta bloquear las cosas a las que no quiero exponerme (¿No hace eso el de todos?), y después de intentar escribir lo que ocurrió durante toda una tarde sin éxito, era natural pasar toda la mañana del día siguiente en las nubes. Sobre todo considerando que en mi próxima clase vería al objeto de todas mis cavilaciones.
Me levanto. Saco mi billetera del bolsillo izquierdo, lo meto al bolsillo externo de mi mochila, sale la bufanda de mi cuello y ahora descansa en la silla de mi derecha, siempre la silla derecha y guardo los lápices uno por uno en mi estuche, el vaso de café se traslada a la mesa de la izquierda, mi cuaderno entra en la mochila detrás del de la clase siguiente, el estuche va directamente encima del cuaderno pero detrás de la bufanda que entra, ¿Entonces...? cierro los ojos, me toco los bolsillos, arreglo las pulseras y el reloj en mi muñeca izquierda, vuelvo a ordenar las cosas dentro de mi mochila y saco mi personal, lo pongo en mi bolsillo derecho, toco mis bolsillos delanteros y traseros para asegurarme de que no hay nada ahí, ¿Entonces, quieres ser mi pareja? Me paso las manos por el cabello, cierro la mochila, vámonos de aquí Siegfried, deja de pensar en eso, ponte los audífonos.
Y la mañana, despertar esa mañana con él, otra vez. No pienses en eso Siegfried. Y bajar los escalones como huyendo del auditorio, pensando si debería ir a la clase siguiente. Pensando en enfermarme, en huir como siempre. Pensando en mis manos temblando y mi cara sonrojándose al escuchar su pregunta, con los ojos bien abiertos mientras comenzaba a balbucear algo de bajarnos del auto, tropezando conmigo mismo. Y su cara, Dios, su cara seria que apretaba algo en mi vientre mientras me llamaba, mientras me miraba a los ojos, llamándome la atención para que contestara. Mocoso. Y yo tomando las cosas con fuerza en las manos para no soltarlas, mirando el pavimento, temblando de pies a cabeza y soltando todo al mismo tiempo en que me lanzaba a sus brazos, en que me ponía en puntas de pie y le besaba en la boca, un domingo a las tres de la tarde en plena calle, a unas escasas tres cuadras de la residencia, para luego tomar mi mochila en una mano y la bolsa con regalos en la otra, corriendo y doblando en la primera cuadra que encontré para no ver su reacción. Basta, Siegfried, no pienses en eso.
...¿Qué pensó? ¿Y si cree que soy ridículo? Eso fue ridículo, Siegfried, totalmente ridículo. ¿Y si llego antes a la clase y no lo miro? ¿Y si llego tarde? No le abre la puerta a los que llegan tarde, Siegfried. ¿Y si me siento más atrás? Pero puede agarrarte a la salida. ¿Qué tal sentarse más adelante para poder arrancar por la puerta apenas termine la clase? Pero estaríamos más cerca...
Y de repente, vuelve. De repente una cabellera rubia que baja por el pasillo, una cara llena de pecas que acompañan un porte de un metro ochenta, mientras siento cómo mi estómago sube y baja como una montaña rusa. Él no sabe nada, Dios, todavía no sabe nada, pensaba mientras me iba acercando a él, mirando las hebras de su pelo que brillaban blancas al sol y sus dedos que parecían casi igual de pálidos cuando me saludaba desde lejos.
Lo terrible de los cambios tan drásticos en la vida diaria es que ya no sabes qué pensar de ti mismo. No sabes lo que quieres, en absoluto. Y lo terrible aquí era tratar de reprimir la sensación que se anidaba en mi estómago cada vez que veía a Max, aún después de todo lo que estaba ocurriendo paralelamente con otro hombre. Incluso decir "otro hombre" es raro, porque en realidad, ese hombre no es "otro", sino simplemente alguien más que no tiene nada que ver en la historia. Y el problema principal era ese: ¿Teníamos historia, realmente - Max y yo? ¿Éramos algo antes de todo esto?
No... No lo éramos. Quizás algo... O no, nada. ¿Pero qué cosas cuentan? ¿Es ponerse nervioso al rozar su mano "algo"? ¿Era "algo" nuestros abrazos largos y estrechos o contarnos historias echados en las canchas de fútbol del fondo del campus? ¿Sus sonrisas cálidas y serias cuando me escuchaba hablar por montones sobre nada mientras tomábamos café o té? ¿Éramos algo luego de que él me había besado en una sala vacía? ¿Luego de que yo había salido corriendo y, muy consecuentemente con mi personalidad, había evitado el tema dos meses...? Y contando... Mierda.
"Maaaax" Y una sonrisa, un abrazo como siempre, ¿Somos algo? Recordar las preguntas de nuestros compañeros y su clásica pregunta, ¿son pololos? ya po, dígannos la verdad, si no le vamos a decir a nadie. "¿Estabas en compo?"
"Ahá, Solovera nos soltó antes porque teníamos control" Y su sonrisa que pareciera iluminar todo, su cara que es como un maldito sol y las pecas en los párpados, las pestañas casi blancas que se baten cuando le pregunto -quizás con demasiada emoción- cómo le fue, aunque la respuesta es clásica. A nadie con oído absoluto podría irle mal, después de todo...
Max, que me escucha atentamente y me sonríe con tranquilidad incluso cuando no paro de preguntarle un montón de cosas, incluso cuando le pido que me muestre lo que está ensayando o cómo suena esa partitura, incluso cuando me río con emoción cuando reproduce la nota exacta del auto que pasó en la cuadra siguiente. Max, con sus ojos tan celestes y la voz suave, con la actitud segura pero calma que me hacía sonrojar y que a veces no sé si me hacía percibirlo como un hermano mayor o como un hombre que parecía demasiado perfecto y que me volvía terriblemente imperfecto. Max, que me escrutaba, que me miraba con ojos a veces tan fríos que me hacía temblar, y que ahora parecía poder leer todo lo que estaba ocurriendo; Que me hacía querer correr de él tal como quería correr de mi profesor. Bufé. Parecía una mala novela de esas que leen las señoras en la micro, pero un poco más homosexual y pseudo artística -mira que juntar en una especie de triángulo a puros artistas, como si la cosa no fuera de por sí caótica.
Siempre he mencionado que tengo una mala suerte que nunca me falla y, para variar, salta cuando menos la necesito. En este caso, había logrado manejar todo un almuerzo con Max en un día particularmente frío y nublado -es decir, particularmente solitario para las canchas en las que siempre almorzábamos- y me quedaban cinco minutos antes de ir a clases cuando, estando demasiado ocupado preguntándome sobre el sentido de toda mi vida (y tratando de descifrar todo lo que estaba sintiendo y pensando), no escuché a mi contertulio llamarme. Él, al ver mi nerviosismo repentino y mi negativa a explicarle qué ocurría, no encontró nada mejor que hacer, claramente, lo peor que podía hacer en ese momento: Acercarse a una distancia tan corta de mi cara que yo, sentado en pasto húmedo, intenté alejarme y resbalé, cayendo de espaldas con un sonido sordo y la cara roja de vergüenza. Me tapé la cara con ambas manos intentando balbucear una excusa y sólo me contestó el silencio total del lugar. Cuando abrí un espacio entre mis dedos para ver lo que estaba ocurriendo me encontré con su cara directo sobre la mía y sus brazos y piernas a ambos lados de mi cuerpo, dejándome con la boca abierta y cero posibilidad de quitármelo de encima.
"Max-- Max, no" Aparté las manos de mi cara con rapidez, tocándole un brazo como para que reaccionara, "¿Qué estay haciendo? Nos van a ver-- Max"
"¿Siegfried?" Su expresión no cambiaba en absoluto: Me miraba como esperando una respuesta a toda costa, amenazándome con no moverse de ahí. "Solamente contéstame esto: ¿Te pongo nervioso?"
"¿Es broma? Max, me tengo que ir, tengo clases" No tenía ganas de correr más, auch Gottchen. A la mierda, me iba a quedar e iba a resolverlo de alguna manera - sólo hace dos días ya había corrido de mi profesor. Intentaba hablar lo más claro y de la manera más segura posible sin hacer parecer que me estaba tomando lo que ocurría en serio- tal vez incluso traté de reírme de la situación y mirar a otro lado esperando que me confesara la broma. Pero no parecía tan chistoso cuando me tomó por el mentón con una mano y comenzaba a acercarse, y en mi desesperación no hallé nada mejor que taparme la boca con ambas manos, a lo que él tomó una de mis manos con la suya para intentar alejarla y besarme ahí mismo, sabiendo que todos podían vernos. Como si faltara más drama en mi vida, maldita sea.
Y pensando en lo terrible que era meterme en otro lío, comencé a empujarlo de alguna manera, tratando de ser lo más suave posible con él. Definitivamente no quería a alguien enojado conmigo, menos él.
"Max, voy tarde-- Nate no me va a dejar entrar--" Paré en seco. Max me miró levantando una ceja.
"¿Nate?" Scheißleben! Du bist so ein Arschloch. Antes de que pudiera decir algo intenté salvar la situación con un tartamudo "¿Podemos hablar después? Tengo prueba y no puedo faltar... Por favor..." Mentí.
Miré hacia otro lado, definitivamente no quería ver su cara, sobretodo si no me estaba creyendo. Logré que saliera de encima mío y tomé mis cosas lo más rápido que pude, murmurando un lo siento y corriendo a mi sala.
...¿Qué pensó? ¿Y si cree que soy ridículo? Eso fue ridículo, Siegfried, totalmente ridículo. ¿Y si llego antes a la clase y no lo miro? ¿Y si llego tarde? No le abre la puerta a los que llegan tarde, Siegfried. ¿Y si me siento más atrás? Pero puede agarrarte a la salida. ¿Qué tal sentarse más adelante para poder arrancar por la puerta apenas termine la clase? Pero estaríamos más cerca...
Y de repente, vuelve. De repente una cabellera rubia que baja por el pasillo, una cara llena de pecas que acompañan un porte de un metro ochenta, mientras siento cómo mi estómago sube y baja como una montaña rusa. Él no sabe nada, Dios, todavía no sabe nada, pensaba mientras me iba acercando a él, mirando las hebras de su pelo que brillaban blancas al sol y sus dedos que parecían casi igual de pálidos cuando me saludaba desde lejos.
Lo terrible de los cambios tan drásticos en la vida diaria es que ya no sabes qué pensar de ti mismo. No sabes lo que quieres, en absoluto. Y lo terrible aquí era tratar de reprimir la sensación que se anidaba en mi estómago cada vez que veía a Max, aún después de todo lo que estaba ocurriendo paralelamente con otro hombre. Incluso decir "otro hombre" es raro, porque en realidad, ese hombre no es "otro", sino simplemente alguien más que no tiene nada que ver en la historia. Y el problema principal era ese: ¿Teníamos historia, realmente - Max y yo? ¿Éramos algo antes de todo esto?
No... No lo éramos. Quizás algo... O no, nada. ¿Pero qué cosas cuentan? ¿Es ponerse nervioso al rozar su mano "algo"? ¿Era "algo" nuestros abrazos largos y estrechos o contarnos historias echados en las canchas de fútbol del fondo del campus? ¿Sus sonrisas cálidas y serias cuando me escuchaba hablar por montones sobre nada mientras tomábamos café o té? ¿Éramos algo luego de que él me había besado en una sala vacía? ¿Luego de que yo había salido corriendo y, muy consecuentemente con mi personalidad, había evitado el tema dos meses...? Y contando... Mierda.
"Maaaax" Y una sonrisa, un abrazo como siempre, ¿Somos algo? Recordar las preguntas de nuestros compañeros y su clásica pregunta, ¿son pololos? ya po, dígannos la verdad, si no le vamos a decir a nadie. "¿Estabas en compo?"
"Ahá, Solovera nos soltó antes porque teníamos control" Y su sonrisa que pareciera iluminar todo, su cara que es como un maldito sol y las pecas en los párpados, las pestañas casi blancas que se baten cuando le pregunto -quizás con demasiada emoción- cómo le fue, aunque la respuesta es clásica. A nadie con oído absoluto podría irle mal, después de todo...
Max, que me escucha atentamente y me sonríe con tranquilidad incluso cuando no paro de preguntarle un montón de cosas, incluso cuando le pido que me muestre lo que está ensayando o cómo suena esa partitura, incluso cuando me río con emoción cuando reproduce la nota exacta del auto que pasó en la cuadra siguiente. Max, con sus ojos tan celestes y la voz suave, con la actitud segura pero calma que me hacía sonrojar y que a veces no sé si me hacía percibirlo como un hermano mayor o como un hombre que parecía demasiado perfecto y que me volvía terriblemente imperfecto. Max, que me escrutaba, que me miraba con ojos a veces tan fríos que me hacía temblar, y que ahora parecía poder leer todo lo que estaba ocurriendo; Que me hacía querer correr de él tal como quería correr de mi profesor. Bufé. Parecía una mala novela de esas que leen las señoras en la micro, pero un poco más homosexual y pseudo artística -mira que juntar en una especie de triángulo a puros artistas, como si la cosa no fuera de por sí caótica.
Siempre he mencionado que tengo una mala suerte que nunca me falla y, para variar, salta cuando menos la necesito. En este caso, había logrado manejar todo un almuerzo con Max en un día particularmente frío y nublado -es decir, particularmente solitario para las canchas en las que siempre almorzábamos- y me quedaban cinco minutos antes de ir a clases cuando, estando demasiado ocupado preguntándome sobre el sentido de toda mi vida (y tratando de descifrar todo lo que estaba sintiendo y pensando), no escuché a mi contertulio llamarme. Él, al ver mi nerviosismo repentino y mi negativa a explicarle qué ocurría, no encontró nada mejor que hacer, claramente, lo peor que podía hacer en ese momento: Acercarse a una distancia tan corta de mi cara que yo, sentado en pasto húmedo, intenté alejarme y resbalé, cayendo de espaldas con un sonido sordo y la cara roja de vergüenza. Me tapé la cara con ambas manos intentando balbucear una excusa y sólo me contestó el silencio total del lugar. Cuando abrí un espacio entre mis dedos para ver lo que estaba ocurriendo me encontré con su cara directo sobre la mía y sus brazos y piernas a ambos lados de mi cuerpo, dejándome con la boca abierta y cero posibilidad de quitármelo de encima.
"Max-- Max, no" Aparté las manos de mi cara con rapidez, tocándole un brazo como para que reaccionara, "¿Qué estay haciendo? Nos van a ver-- Max"
"¿Siegfried?" Su expresión no cambiaba en absoluto: Me miraba como esperando una respuesta a toda costa, amenazándome con no moverse de ahí. "Solamente contéstame esto: ¿Te pongo nervioso?"
"¿Es broma? Max, me tengo que ir, tengo clases" No tenía ganas de correr más, auch Gottchen. A la mierda, me iba a quedar e iba a resolverlo de alguna manera - sólo hace dos días ya había corrido de mi profesor. Intentaba hablar lo más claro y de la manera más segura posible sin hacer parecer que me estaba tomando lo que ocurría en serio- tal vez incluso traté de reírme de la situación y mirar a otro lado esperando que me confesara la broma. Pero no parecía tan chistoso cuando me tomó por el mentón con una mano y comenzaba a acercarse, y en mi desesperación no hallé nada mejor que taparme la boca con ambas manos, a lo que él tomó una de mis manos con la suya para intentar alejarla y besarme ahí mismo, sabiendo que todos podían vernos. Como si faltara más drama en mi vida, maldita sea.
Y pensando en lo terrible que era meterme en otro lío, comencé a empujarlo de alguna manera, tratando de ser lo más suave posible con él. Definitivamente no quería a alguien enojado conmigo, menos él.
"Max, voy tarde-- Nate no me va a dejar entrar--" Paré en seco. Max me miró levantando una ceja.
"¿Nate?" Scheißleben! Du bist so ein Arschloch. Antes de que pudiera decir algo intenté salvar la situación con un tartamudo "¿Podemos hablar después? Tengo prueba y no puedo faltar... Por favor..." Mentí.
Miré hacia otro lado, definitivamente no quería ver su cara, sobretodo si no me estaba creyendo. Logré que saliera de encima mío y tomé mis cosas lo más rápido que pude, murmurando un lo siento y corriendo a mi sala.