— ¿Hay una edad correcta? — preguntó retóricamente, juntando más los labios como si se tratara de un beso, aspirando el humo hasta que sus pulmones golpearon su diafragma—.
— No sé, ¿hay algo más nefasto que eso?
— ¿Que haya una edad?
— El concepto de ser virgen.
No lo miró. Sus ojos estaban clavados en un cojín, que se veía, en esa situación, particularmente interesante. — No lo sé. No es lo mismo tener 23 ahora que haberlos tenido en el 70. Ahora si tienes 20, 23, estás viejo. ¿O no?
— No debería siquiera haber una edad — contestó Andrés, encogiéndose de hombros. Parecía estar quedándose dormido. Pero Siegfried creía que debía haber algo más que esto, algo más que esta comodidad tan plácida para dormirse. Le pegó unos golpecitos en el hombro, alcanzándole el encededor y entregándole también el pito que tenía en la boca.
— No conozco amigos que hayan perdido la virginidad siendo mayores de edad. Pero tal vez mis amigos eran hipersexuales.
— Algo así debe ser. Yo sí conozco muchos.
— ...Era un bebé. Tenía 16.
— Yo como 17, 18... Tampoco es que tuvieras 14.
— Sí... —Respiró con alivio, queriendo tocar el tema y al mismo tiempo, pasando olímpicamente de él. Las circunstancias rodeando el hecho iban más allá que la edad que tenía en ese entonces.
Se quedó en silencio un rato. Era imposible no recordar todo de golpe, no preguntarse en qué momento todo había comenzado y acabado: definitivamente era hace unas horas, o ayer mismo, que temblaba entre los brazos de ese hombre y se entregaba a él en medio del miedo y la expectancia de lo que venía.
Todo esto a pito de una discusión del alivio post-sexo: qué sosiego era salir de eso, darse cuenta de que la primera vez era un trámite, que se pasaba, que nunca volvías a pensar en ello. Que el sexo se ponía mejor con los años. Años.
Años con la misma persona, tantos años que luego, de una u otra manera, el hacer el amor con un otro se sentía raro. No mal, sólo increíblemente raro.
Suspiró, mirando al mayor. — Son las doce de la noche, te estás quedando dormido con un trozo de chocolate en la mano. Por Dios —musitó, chasqueándole los dedos. El moreno pareció despabilar lo suficiente, sentándose mejor en su lugar. El aire era denso, se podía ver el humo circulando entre ambos.
— ¡Duérmete! —ordenó Andrés en tono lúdico, tosiendo luego de chupar durante un rato demasiado largo el cigarrillo de marihuana.
— Qué pérdida dormirse después de fumar. Nos acabamos de fumar como dos lucas.
— Es para dormir tranquilo —Sonrió con los ojos entrecerrados, chinos. La mano del mayor subió por el abdomen del alemán, hasta llegar a su pecho, para botarlo a la pequeña piscina de cojines de un empujoncito. Desde ahí llevaría los dedos a su frente, acariciando el puente de la nariz de Siegfried con un dedo.
Hizo un puchero, dejándose hacer. Se había dejado domesticar por su amigo, y ahora se preguntaba, confuso, si podía cambiar todo su estado mental tan fácil como había adoptado ese cariño como parte de la rutina de ambos. Dícese, de quien pudiese simplemente dejar de pensar para siempre en el sexo como antes y después; y supuso que ahí radicaba el problema de no haber perdido su —maldita, estúpida, insignificante— virginidad con un hombre cualquiera, del que ahora ni recordaría su cara.
Todo muy ridículo. Pensar en esas ridiculeces mientras estaba en un fuerte de mantas y luces de navidad, que le recordaban su edad mental, a veces bastante menor a esos 16 años, mucho menor a la edad que tenía ahora; algo que su amigo comprendía y que, aunque no justificaba nada, lo llevaba a acompañarlo en actividades como esta.
Pero son cosas que pasan. Recordó una cita de Pizarnik en el trabajo de un alumno, que hacía poco había tenido que revisar.
Como quien no quiere la cosa.
Ninguna cosa.
Boca cosida.
Párpados cosidos.
Me olvidé.
Adentro el viento.
Todo cerrado y el viento adentro.
Como quien no quiere la cosa. Lo que va y viene. Lo que se queda en la mente un rato, a veces. Ninguna cosa.
Y sobre todo, como nunca, el deseo de estar con Lucian. El deseo de lavarse, deslavarse, ducharse y secarse de todo; limpiarse de todo aquél que estuvo antes que él. El deseo de plantar tierra siempre virgen, siempre nueva, hasta que de ella nacieran Crisantemos y Magnolias, las flores favoritas de él, de Lucian, de quien había logrado robarle el corazón y las penas. Y dejar que llueva, que el terreno se fecunde, que huela a tierra, a cosas vivas; por fin... por fin a cosas vivas.
Quizás era bueno dormir. Dejar de pensar en cosas que ya ni le importaban tanto. Quizás era bueno dormir y soñar un poquito, tenerlo en sus sueños hasta la próxima vez que pudiera tenerlo de cerca, besarlo, ser suyo.
Dejarse ser un poquito. Dejarse florecer, después de tanto tiempo.
Aquí plantaré el rosal
de las espinas más gruesas
tendré lista la corona
para cuando en mí te mueras.
