— Ya, pero ese hueón era pérfido...
— Shut up —contestó, estirado sobre la mesa sucia y algo roñosa, de unos colores que le parecían bastante feos. Es que no puedes mezclar ese amarillo y ese violeta... Suspiró.
El mayor bajó la mirada por un segundo, observando la comida junto al chico y luego llevando la vista a él, como haciéndole una señal tácita. El aludido se incorporó, apoyándose en los codos y apenas estirando un brazo para llevarse una patata frita a la boca.
— No sé, Max. Pérfido y todo lo que quieras, pero soy demasiado fiel a mis cosas. ¿Me explico? —dijo apenas tragó la comida—. ¿Por qué siempre terminamos teniendo estas conversaciones en un McDonald's a las... —miró el reloj en su muñeca izquierda—, cuatro de la mañana? En fin.
Había pasado ya mucho tiempo. Las cosas habían cambiado. No se habían visto por varios meses, luego de que el rubio —o al menos, el más rubio— se fuera a Alemania —para envidia de Emil— unos meses, a practicar con una sinfónica de renombre luego de terminar la universidad. Al volver, todo se sentía un poco distinto. Y no era la primera vez que sucedía: Emil recordaba perfectamente cómo, luego de contarle que estaba saliendo con alguien mucho mayor que él, nada más y nada menos que un profesor, había terminado peleándose prácticamente a gritos con Max en el coche del violinista. Resultado: casi medio año de no verse las caras.
Mucha agua había pasado bajo el puente. Agua y años. Lo que se había sentido como una vida se había ido en un abrir y cerrar de ojos: la relación con Matthew fue como pólvora y fuego; una chispa intensa y sonora que quemó todo a su paso, hasta dejar nada más que un montón de cenizas y una mancha imborrable en el suelo. El suelo del palacio mental de Emil, el lugar en su cabeza donde almacenaba todo. Y así, muchas cosas se habían quemado y, con el tiempo, se esfumaban. Le costaba mucho recordar su rostro, las cosas que habían hecho... y, además, luego del impacto todo se sentía distinto, como si un montón de papeles se hubieran quemado con el estallido.
Pensaba en eso distraídamente cuando el otro habló. — De todas maneras estoy contento por tu sueño. No paro de reírme. Llegó bastante tarde, ¿no? —Francamente, sí. Pero no le daría en el gusto, a veces no le fascinaba mucho hacerlo. No respondió, pero sus labios se curvaron en una sonrisa.
— Le reventé el rostro. Me subí encima suyo y le reventé la cara. Estábamos en su oficina y de pronto yo llegaba, me lanzaba sobre él y... Lo golpeé hasta cansarme. ¿Soy violento? No me siento violento —divagó, desenvolviendo su hamburguesa y dándole un mordisco.
— No, pero es normal. Es ira contenida, después de todo lo que hizo.
— Era raro. En mi sueño, hacía eso porque me había enterado de que me había estado cagando durante toda nuestra relación. Por eso iba y hacía eso, y por alguna razón, todos miraban mientras lo hacía. —Levantó los orbes celestes, observando los cuadrados blancos del techo antes de mirar al mayor a los ojos.
— Ah, ahí está. Tú lo dijiste: te estaba cagando. Claro: te estaba cagando la vida.
— Eso fue tan Lacaniano de tu parte.
— Tú lo dijiste, no yo.
— La misma excusa de mi psicóloga. Pero... supongo.
A veces se echaba en la cama y se preguntaba qué hubiera sido de él si la relación hubiese continuado, y siempre llegaba a la conclusión de que estaba destinada a terminar. No necesariamente fracasar, pero a terminar, definitivamente. Se cuestionaba si acaso habría logrado las cosas que había hecho durante el último tiempo con aquél hombre a su lado y la respuesta siempre era no. Había dejado de hacer demasiadas cosas en pos de compartir aquella relación simbiótica, y estaba seguro de que el otro también lo había hecho.
Entonces ambos estaban haciéndose daño. Se había dado cuenta un día de abril, mientras escuchaba el mixtape que había hecho pensando en ambos: las manos grandes del inglés —que tanto le habían gustado, con que tanto había soñado, que tantas veces recorrieron su cuerpo— habían sido, durante mucho tiempo, un peso en sus tobillos que le había impedido flotar hasta tocar el techo. Subir, seguir subiendo más arriba, porque resulta que ni siquiera había un techo...
¿Era un precio justo a pagar por todas las cosas que había conseguido desde que habían decidido terminar, redundamente, en tan malos términos? Todavía no lo sabía, aún cuando el agua seguía fluyendo y lo llevaba a muchas cosas.
Se fijó en quien tenía delante. Vamos, se había acostado con Max, cosa que nunca se le pasó realmente por la cabeza; eso tenía que significar que había pasado ya mucho tiempo. Cabía resaltar que el sexo había sido insípido, quizás porque no estaba preparado para ello y simplemente le había jugado en contra el no conocer sus verdaderos sentimientos, respecto al rubio y al inglés. ¿Se sentía mal todavía por eso? Absolutamente. ¿Se sentía peor aún, porque Max todavía gustaba de él después de todo? Claro que sí, pésimo. Y ahora que los amigos de Matthew lo odiaban, definitivamente a veces se sentía una mala persona. La mayoría del tiempo, eso sí, sabía que había sido la persona más inocente en todo el alboroto de su ruptura.
Bufó, sus labios vibrando como los de un niño. — Voy a morir solo, Max.
— Dímelo a mí. Pensé que a esta edad tendría pareja y un hijo. Se me está acabando el tiempo, pequeñín —Se llevó un nugget de pollo a la boca, y habló mientras masticaba—. Y de todas formas, tú tienes a alguien ya.
Rodó los ojos con una sonrisa. ¿Pequeñín? — Pero ahora tengo miedo de tener una relación real. ¿Y si no funciona? ¿Y si sólo ocurre una vez?... ¿Qué tal si sólo hay uno?
— ¿Un amor en la vida? —Emil asintió. La expresión en el rostro del mayor le sugirió que tal vez había metido la pata, porque por un momento, Maximiliano pareció muy, muy preocupado. Como si hubiera visto una aparición. O como si tuviera delante a la pregunta misma—. No sé —rió, el menor levantándole las cejas. ¿Cómo puedes reírte de algo así?—. Ojalá que no, o estamos jodidos los dos.
Suspiró.
Esa noche se detuvo frente al basurero por demasiado tiempo. Lo miró en su mano con indecisión y, luego de un corto suspiro, lo tiró a la basura. Lo último que tenía: un cassette... y un secreto que guardaría consigo por mucho, mucho tiempo, hasta que se sintiera preparado para contárselo a alguien. Otro día sería. Por ahora, ya no quedaba nada de él en su cajón.
