Así, en el frío de las diez de la noche, con Andrés masajeándole las manos a pito de nada, se podía estar bastante a gusto. Más allá de los pies congelados, de estar un poco drogado con una benzodiacepina, de estar ansioso y con un nudo en el estómago; por un breve momento, se podía estar tranquilo. Un montón de cosas lo tenían agitado, un montón de pensamientos catastróficos lo invadían y de pronto se sentía abandonado de nuevo y fracasando en todo.
Pero Andrés cantaba canciones de Violeta Parra y le acariciaba la palma de la mano. Eso era todo por el día.
"Tengo una petaquita,
para ir guardando
las penas y pesares
que estoy pasando.
Pero algún día,
pero algún día,
abro la petaquita
y la hallo vacía."