Wer mit Ungeheuern kämpft, mag zusehn, dass er nicht dabei zum Ungeheuer wird. Und wenn du lange in einen Abgrund blickst, blickt der Abgrund auch in dich hinein.

Sonntag, 12. April 2020

1995 — past life

[x]

No se lo diría nunca, que su nombre me llegaba como los perfumes que atraen y repelen a la vez, como la tentación de acariciar el lomo de una ranita dorada sabiendo que el dedo va a tocar la esencia misma de la viscosidad. Cómo decirlo a nadie si tú mismo no podrías saber que la mención de tu nombre, el paso de tu imagen en cualquier recuerdo ajeno me desnuda y me vulnera, me tira en mí mismo con ese impudor total que ningún espejo, ningún acto amoroso, ninguna reflexión despiadada pueden dar con tanto encono; que a mi manera te quiero y que ese cariño te condena porque te vuelve mi denunciador, el que por quererme y ser querido me despoja y me desnuda y me hace verme como soy.



Lo que pasaba por su cabeza no se lo diría nunca. No era capaz de decírselo a nadie. 

Se acomodó un mechón de cabello de forma inútil, pues el viento volvería a desordenar las hebras rubias casi al mismo tiempo en que él intentaba ponerlas en su lugar. Oscurecía, las nubes comenzaban a ocultarlos en las sombras mientras el aire soplaba con fuerza y le helaba el rostro. Siegfried se abrazó un poco más a sus piernas, con el mentón apoyado en los brazos y las rodillas contra el pecho. 

Tenía los zapatos con arena y los oídos llenos de mar. Cerró los ojos por varios segundos y apretó los labios. Al abrirlos, el paisaje grisáceo estaba teñido de azul y violeta, ahora que el sol se había escondido y quedaban unos pocos minutos para la caída de la noche. 

Giró su cara sin despegarla de sus brazos, mirándolo con la nariz enrojecida y las mejillas encendidas. —¿Sigues juzgándome? —preguntó. 

—Mira, yo no soy quién para juzgarte —contestó Andrés, sonriéndole lúdicamente—. Dios sabe que no soy quién para juzgarte por hablar con tu ex.



—¿Pero tú la extrañas?

—Sí, la extraño mucho. Muchísimo. Fue alguien realmente significativa en mi vida.

—Pero... ¿quieres estar con ella? ¿Quieres que vuelvan?

—No —soltó rotundamente—, no quiero volver con ella.

—¿Seguro? —la incredulidad era palpable en su voz.

—Seguro. Me hizo mucho daño, la pasé muy, muy mal.

—¿Entonces por qué la extrañas?

Siegfried no sabía si estaba preguntándoselo a él o a sí mismo.

—Porque más allá de todo lo que hizo, lo que sucedió, la tengo en un lugar muy especial en mis sentimientos, sabes. Pasó mucho entre nosotros.

¿Por qué era tan fácil para Andrés decirlo? ¿Por qué estaba tan seguro de ello? Y sobre todo, ¿por qué no le ocurría lo mismo a él? ¿Por qué para el rubio todo se trataba de un área tan, tan gris?

Sabía que intentar enrolar un cigarrillo en ese momento sería inútil, ni el más determinado intento por poner tabaco en un papelillo resultaría en menos que ambas cosas volando por el aire rápidamente. Así de volátil se sentía él mismo, honestamente.

—Yo tampoco quiero volver. Hasta cierto punto lo odio. No me malinterpretes, no es que alguno de los dos tenga ese plan, sobre todo no él. Conoció una vida mucho más divertida y mejor luego de que lo dejamos. El caso es que me cae pésimo, incluso lo encuentro mala persona en algunos sentidos, pero lo quiero demasiado —Hizo una pausa larga, hundiéndose un poco más en los brazos y haciendo mohínes—. Lo amo demasiado —concluyó.

—Y eso está bien —replicó—. No le veo lo malo.

El menor sintió la boca salada de pronto. Quería vomitar, como cada vez que se veía sobrepasado por un sentimiento.

—Te castigas demasiado. Debes parar, basta.

—Tú sabes que soy neurótico, tengo neurosis de castigo.

—Definitivamente neurótico.

—Regálame un cigarrillo.

—Claro.

Hacía frío. Se subió el cierre de la chaqueta térmica a todo lo que daba, cubriéndose hasta el mentón, y acomodó la bufanda por sobre la prenda. Le daba, fácilmente, tres vueltas sobre los hombros.

—Me culpo por haberlo visto. Por querer verlo. Por quererlo, por soñar con él —dijo con el cigarro entre los labios, apretándolo. Le tomó un par de intentos que el encendedor funcionara, y un par más que el viento no apagara la llama, pero logró encender el cilindrín y darle una primera calada—. ¿Qué me está tratando de decir mi inconsciente?

El último sueño era sencillo y no podía sacárselo de la cabeza. Estaban sobre la cama, con todo apagado excepto el televisor, ancho y pesado aparato de una pantalla más grande que la que había visto en cualquier casa. En el invierno habían decidido moverlo a la habitación, con la intención de pasar los días enteros acurrucados, buscando calor bajo las sábanas ininterrumpidamente, sólo distraídos por la luz azul del artefacto. Estaban ahí, al borde del colchón, con la noche a punto de caer tras el ventanal, las piernas enredadas y el silencio cayendo sobre ellos como una estela. Veían la televisión sin sonido. Su cuerpo semidesnudo estaba cálido, bajo la ropa de cama se estaba un poco húmedo. Se detuvieron un momento para besarse, estaba casi seguro de ello. Y entonces, despertó.

No sabía si era una interpretación o un recuerdo, pero se había sentido increíblemente real. Lo que su mente trataba de decirle, aún no lograba pescarlo con los dedos.

—No sé qué es lo que añoro. No sé qué es lo que quiero. No me imagino las cosas como antes, todo el tiempo recuerdo las cosas que hizo que me hicieron cambiar mi percepción de él. Las cosas crueles, las veces en que mintió… descaradamente. Cuando recuerdo esas cosas, lo odio. Y sin embargo, sueño con esto.

Por ejemplo, sabía que había potencial en ellos de volver a acostarse; ya había ocurrido antes. Pero, ¿y qué tal si fracasaba en ello? Digamos, si no era tan bueno como él recordaba. O peor, si él mismo ya no era tan bueno como antes. E increíblemente peor: ¿qué pasaba si el otro se había dado cuenta de que el sexo con el menor nunca fue bueno en primer lugar? En la mente del alemán, sólo le esperaba humillación. Y no sólo moral, sino también física; tenía miedo de que los cinco kilos que había subido de estrés gracias al próximo estudio de magíster le estuvieran pesando en el vientre y hubieran escondido lo suficiente sus caderas y costillas. Asqueroso, ¿no? ¿Acaso lo suficientemente repulsivo como para bajarle la camiseta y vestirlo, arrepentirse in situ?

Lo siento, lo siento, se podía ver a sí mismo diciendo. Lo siento, no pensé que sería así...

Un montón de miedos jugaban como niños en su cabeza.

¿Entonces qué esperaba? ¿Por qué ansiaba tanto cosas de antes, que sólo pudieron hacer en el pasado? ¿Por qué, si ni siquiera podía mirarlo de la misma forma?

—Creo que me estoy contestando solo, pero no diré nada. Sólo... tengo miedo. Tengo miedo de estar toda la vida así, mirando hacia atrás, esperando algo que ni siquiera sé qué es.

Expulsó el humo del cigarrillo. Había tantas cosas de las que ocuparse esa semana. Y sin embargo, sólo había una cosa en su cabeza: ahora que estaba fuera de casa, ¿estaría recibiendo alguna llamada por teléfono?