Wer mit Ungeheuern kämpft, mag zusehn, dass er nicht dabei zum Ungeheuer wird. Und wenn du lange in einen Abgrund blickst, blickt der Abgrund auch in dich hinein.

Mittwoch, 11. März 2020

11.03.2020

Hace un tiempo, mi padre me contó que una de las razones por las que la relación de mi madre y él había fracasado —al menos la primera vez— fue porque un día él llegó a casa y encontró en el basurero una carta rota. Al juntar los trozos —como si se tratara de una película—, conoció una verdad que hubiera preferido no ver: mamá le escribía a alguien —nunca sabremos quién—, describiéndole cuánto sufría su ausencia y cómo deseaba volver a tenerlo cerca; cómo su vida era miserable sin él.

Eso lo destrozó.

Y me parece curiosa la forma que tiene la vida de conectar nuestras historias con las de otros, sobre todo cuando se trata de nuestros padres; como si estuviéramos genéticamente predispuestos a cometer los mismos errores o, al menos, a caer en las mismas cosas.

Yo mismo escribo aquí porque no soporto la idea de que L. pudiera verlo en mi otra página.

Yo mismo escribo aquí porque, después de mucho tiempo, siento unas ganas tremendas de llorar.

A L. no le molestaría. Él es así. Entendería. Validaría mis sentimientos. Siempre desde su infancia segura y sana, desde su sensibilidad con cabeza fría, desde sus vivencias llenas de amor y comprensión: entendería. Pero quien no entiende soy yo, quien no quiere aceptarlo soy yo, quien sufre todo esto soy yo. Solo, guardándome todo esto incluso de quien vive conmigo, como un secreto oscuro y sucio.

Han pasado años. Se siente increíble decirlo, pero ya han pasado dos años. No puedo decir que en su momento fue fácil o rápido, pero de pronto, me golpea la realidad de que ya se fueron. Nada cambió realmente en ellos, nada se recuperó, todo siguió tan muerto como antes y quizás hasta empeoró. Pero se han ido y aquí estoy yo, tan marcado como entonces.

Aquí estoy yo, soñando con tu cara día por medio. Todavía. Y por alguna razón, este último mes más que otros.

He despertado con rabia. Sobre todo ese día en el que soñé que me casaba contigo.

Pienso: basta. Y también pienso en Bukowski y el pajarito que canta dentro de mi corazón, del que nadie sabe; el que acaso quiere desmoronarme y arruinarlo todo. Le digo que pare, que se calle. Pero como el mismo escritor, no consigo matar al pajarito. Se queda aquí, conmigo, con nuestro pacto secreto...

Hay otros días en los que simplemente estás conmigo. Solamente estás ahí, mientras ocurre cualquier otra cosa.

Y un día estabas conmigo allá, en Escocia.

Me levanté de la cama con un sentimiento de vacío terrible, y profusamente frustrado.

Por algún motivo me duele el corazón cuando pienso en que, tarde o temprano, quizás mucho más temprano de lo que espero, me subiré a un avión y no volveré en menos de nueve años. Y quizás nunca. Algo en mí, supongo, conserva el dolor de que las cosas jamás se arreglaron y que me iré de aquí con un gran fracaso a cuestas.

Debería pensar en que N. irá a visitarme. En que pasaré la Navidad con L. En que expondría trabajos en Glasgow, en Londres. En los crumpets y el té y los museos y la pintura y John y los full english breakfast.

Pero pienso en ti y en que fracasó y que nunca volverás a mí porque te lo dije.

Pienso en que hoy mismo, venía por la calle pensando en un poema que me recuerda que no estás.

(Ahora mismo, se me llenan los ojos de lágrimas. Soy así de débil.)

Pienso en que sigo viéndote en cada esquina, y que se me para el corazón con cada cabeza colorida que veo en el metro.

Y pienso en cómo me cacheteo mentalmente con eso todas las veces, recordándome a mí mismo que la vida no es una película y que no nos volveremos a ver nunca.

Nunca suena como un montón de tiempo.

Suena como un montón de tiempo para seguir revisando los mismos sitios web todos los estúpidos días —el orgullo me sangra con esta tremenda vergüenza— a ver si hallo algún atisbo de que aún existes.

No sé cuándo me voy a curar de esto. No creo que te importe. Acaso soy quizás un recuerdo vago y pequeño que te asalta de vez en cuando, uno que no podría influir menos en tu día a día.

Pero a mí sigue pateándome todo el tiempo. A veces es medio maletero y siento que me patea en el piso.

Quiero tener esperanza de que algo sucederá. De que me curaré, o que alguna otra cosa va a pasar. Aún cuando sé que no debería esperar nada, porque la vida dejó de ser mágica hace mucho tiempo, y ni siquiera sé si tenga la suerte de poder financiar la universidad que ya me aceptó.

(R. está increíblemente orgullosa, hoy me presentó como "alumno aceptado por..." en clases, y la mamá de N. no paraba de presumir al hijo adoptivo que quedó en una universidad top 10 mundial...)

Esto porque sé que no suelen sucederme cosas buenas, y llevo demasiado tiempo —más de un año— con una cosa buena tras otra en mi vida. Así que lógicamente desconfío, pienso que para equilibrar la balanza se me tiene que quitar algo tremendo, como la beca de posgrado.

Entonces sé que nada bueno puede pasar. Sé que nuestra última reunión fue eso, la última, y que no volveré a encontrarme contigo; menos con mi situación actual.

Y por eso todo esto es tan frustrante. Fue una derrota rotunda y final. Creo que nada en la vida se ha sentido como perder una guerra, excepto esto. No una guerra contigo, por supuesto, sino una guerra contra la vida misma, porque francamente siento que perdí por lo menos un dedo.

Sé que moriré ignorado y que esta especie de carta será devuelta al remitente. Sé que nada florecerá de esto. Y sólo me queda echarme a tocar un rato tratando de no torturarme demasiado, tratando de no llorar; hacerle cariño al gato con el pie mientras deseo que mi vida fuera solamente dormir, comer y cagar, igual que la suya.

Siempre...


Montag, 2. März 2020

22:22

En ti. 

Cuando tengo miedo, por alguna razón vuelvo a pensar en ti. 

Pensar, porque no hay un 'tú' al cual volver. 

Porque en este torbellino, en esta vertiginosa rayuela, esta carrera de embolsados, todo puede pasar. En dos meses, mi vida tendrá el potencial de cambiar radicalmente, para bien o para mal. Estoy trabajando todo lo que puedo, pero en este momento nada es seguro.

Trato de repetirme que todo estará bien. Que mis personas estarán ahí para mí. L. me hace sonreír como estúpido, me dice que veremos qué hacer una vez tengamos los resultados en mano. 

Pero aún así, no dejo de tener miedo.

¿Qué espero? ¿Por qué confío en ti después de tantos años, después de tanta agua que ha pasado bajo el puente? Algo en mí quiere correr a ti, sólo para que me digas que estaré bien. Que estaré bien sin ti, o que las cosas funcionarán, lo que sea; pero viniendo de ti. 

No espero que acaricies mi cabello ni que beses mi coronilla. No esperaría contacto alguno. Sólo... algo en mí me pide que me digas que confías en mí, que estaré bien. Eso es todo...

–Sigh— como si fueras a leer esto.

Mittwoch, 16. Oktober 2019

1994 — der Gärtner


— ¿Hay una edad correcta? — preguntó retóricamente, juntando más los labios como si se tratara de un beso, aspirando el humo hasta que sus pulmones golpearon su diafragma—. 

— No sé, ¿hay algo más nefasto que eso?

— ¿Que haya una edad?

— El concepto de ser virgen.

No lo miró. Sus ojos estaban clavados en un cojín, que se veía, en esa situación, particularmente interesante. — No lo sé. No es lo mismo tener 23 ahora que haberlos tenido en el 70. Ahora si tienes 20, 23, estás viejo. ¿O no?


— No debería siquiera haber una edad — contestó Andrés, encogiéndose de hombros. Parecía estar quedándose dormido. Pero Siegfried creía que debía haber algo más que esto, algo más que esta comodidad tan plácida para dormirse. Le pegó unos golpecitos en el hombro, alcanzándole el encededor y entregándole también el pito que tenía en la boca. 

— No conozco amigos que hayan perdido la virginidad siendo mayores de edad. Pero tal vez mis amigos eran hipersexuales.

— Algo así debe ser. Yo sí conozco muchos.

— ...Era un bebé. Tenía 16. 

— Yo como 17, 18... Tampoco es que tuvieras 14.

— Sí... —Respiró con alivio, queriendo tocar el tema y al mismo tiempo, pasando olímpicamente de él. Las circunstancias rodeando el hecho iban más allá que la edad que tenía en ese entonces.

Se quedó en silencio un rato. Era imposible no recordar todo de golpe, no preguntarse en qué momento todo había comenzado y acabado: definitivamente era hace unas horas, o ayer mismo, que temblaba entre los brazos de ese hombre y se entregaba a él en medio del miedo y la expectancia de lo que venía. 

Todo esto a pito de una discusión del alivio post-sexo: qué sosiego era salir de eso, darse cuenta de que la primera vez era un trámite, que se pasaba, que nunca volvías a pensar en ello. Que el sexo se ponía mejor con los años. Años.

Años con la misma persona, tantos años que luego, de una u otra manera, el hacer el amor con un otro se sentía raro. No mal, sólo increíblemente raro. 

Suspiró, mirando al mayor. — Son las doce de la noche, te estás quedando dormido con un trozo de chocolate en la mano. Por Dios —musitó, chasqueándole los dedos. El moreno pareció despabilar lo suficiente, sentándose mejor en su lugar. El aire era denso, se podía ver el humo circulando entre ambos. 

— ¡Duérmete! —ordenó Andrés en tono lúdico, tosiendo luego de chupar durante un rato demasiado largo el cigarrillo de marihuana. 

— Qué pérdida dormirse después de fumar. Nos acabamos de fumar como dos lucas.  

— Es para dormir tranquilo —Sonrió con los ojos entrecerrados, chinos. La mano del mayor subió por el abdomen del alemán, hasta llegar a su pecho, para botarlo a la pequeña piscina de cojines de un empujoncito. Desde ahí llevaría los dedos a su frente, acariciando el puente de la nariz de Siegfried con un dedo. 

Hizo un puchero, dejándose hacer. Se había dejado domesticar por su amigo, y ahora se preguntaba, confuso, si podía cambiar todo su estado mental tan fácil como había adoptado ese cariño como parte de la rutina de ambos. Dícese, de quien pudiese simplemente dejar de pensar para siempre en el sexo como antes y después; y supuso que ahí radicaba el problema de no haber perdido su —maldita, estúpida, insignificante— virginidad con un hombre cualquiera, del que ahora ni recordaría su cara. 

Todo muy ridículo. Pensar en esas ridiculeces mientras estaba en un fuerte de mantas y luces de navidad, que le recordaban su edad mental, a veces bastante menor a esos 16 años, mucho menor a la edad que tenía ahora; algo que su amigo comprendía y que, aunque no justificaba nada, lo llevaba a acompañarlo en actividades como esta.  

Pero son cosas que pasan. Recordó una cita de Pizarnik en el trabajo de un alumno, que hacía poco había tenido que revisar. 

Como quien no quiere la cosa. 
Ninguna cosa.
Boca cosida.
Párpados cosidos. 
Me olvidé.
Adentro el viento.
Todo cerrado y el viento adentro. 

Como quien no quiere la cosa. Lo que va y viene. Lo que se queda en la mente un rato, a veces. Ninguna cosa. 

Y sobre todo, como nunca, el deseo de estar con Lucian. El deseo de lavarse, deslavarse, ducharse y secarse de todo; limpiarse de todo aquél que estuvo antes que él. El deseo de plantar tierra siempre virgen, siempre nueva, hasta que de ella nacieran Crisantemos y Magnolias, las flores favoritas de él, de Lucian, de quien había logrado robarle el corazón y las penas. Y dejar que llueva, que el terreno se fecunde, que huela a tierra, a cosas vivas; por fin... por fin a cosas vivas.

Quizás era bueno dormir. Dejar de pensar en cosas que ya ni le importaban tanto. Quizás era bueno dormir y soñar un poquito, tenerlo en sus sueños hasta la próxima vez que pudiera tenerlo de cerca, besarlo, ser suyo. 

Dejarse ser un poquito. Dejarse florecer, después de tanto tiempo. 


Aquí plantaré el rosal
de las espinas más gruesas
tendré lista la corona
para cuando en mí te mueras.

Montag, 14. Oktober 2019

1994 — Die Kassette

— Ya, pero ese hueón era pérfido... 

— Shut up —contestó, estirado sobre la mesa sucia y algo roñosa, de unos colores que le parecían bastante feos. Es que no puedes mezclar ese amarillo y ese violeta... Suspiró.

El mayor bajó la mirada por un segundo, observando la comida junto al chico y luego llevando la vista a él, como haciéndole una señal tácita. El aludido se incorporó, apoyándose en los codos y apenas estirando un brazo para llevarse una patata frita a la boca. 

— No sé, Max. Pérfido y todo lo que quieras, pero soy demasiado fiel a mis cosas. ¿Me explico? —dijo apenas tragó la comida—. ¿Por qué siempre terminamos teniendo estas conversaciones en un McDonald's a las... —miró el reloj en su muñeca izquierda—, cuatro de la mañana? En fin. 

Había pasado ya mucho tiempo. Las cosas habían cambiado. No se habían visto por varios meses, luego de que el rubio —o al menos, el más rubio— se fuera a Alemania —para envidia de Emil— unos meses, a practicar con una sinfónica de renombre luego de terminar la universidad. Al volver, todo se sentía un poco distinto. Y no era la primera vez que sucedía: Emil recordaba perfectamente cómo, luego de contarle que estaba saliendo con alguien mucho mayor que él, nada más y nada menos que un profesor, había terminado peleándose prácticamente a gritos con Max en el coche del violinista. Resultado: casi medio año de no verse las caras. 

Mucha agua había pasado bajo el puente. Agua y años. Lo que se había sentido como una vida se había ido en un abrir y cerrar de ojos: la relación con Matthew fue como pólvora y fuego; una chispa intensa y sonora que quemó todo a su paso, hasta dejar nada más que un montón de cenizas y una mancha imborrable en el suelo. El suelo del palacio mental de Emil, el lugar en su cabeza donde almacenaba todo. Y así, muchas cosas se habían quemado y, con el tiempo, se esfumaban. Le costaba mucho recordar su rostro, las cosas que habían hecho... y, además, luego del impacto todo se sentía distinto, como si un montón de papeles se hubieran quemado con el estallido. 

Pensaba en eso distraídamente cuando el otro habló. — De todas maneras estoy contento por tu sueño. No paro de reírme. Llegó bastante tarde, ¿no? —Francamente, sí. Pero no le daría en el gusto, a veces no le fascinaba mucho hacerlo. No respondió, pero sus labios se curvaron en una sonrisa. 

— Le reventé el rostro. Me subí encima suyo y le reventé la cara. Estábamos en su oficina y de pronto yo llegaba, me lanzaba sobre él y... Lo golpeé hasta cansarme. ¿Soy violento? No me siento violento —divagó, desenvolviendo su hamburguesa y dándole un mordisco. 

— No, pero es normal. Es ira contenida, después de todo lo que hizo. 

— Era raro. En mi sueño, hacía eso porque me había enterado de que me había estado cagando durante toda nuestra relación. Por eso iba y hacía eso, y por alguna razón, todos miraban mientras lo hacía. —Levantó los orbes celestes, observando los cuadrados blancos del techo antes de mirar al mayor a los ojos. 

— Ah, ahí está. Tú lo dijiste: te estaba cagando. Claro: te estaba cagando la vida.

— Eso fue tan Lacaniano de tu parte. 

— Tú lo dijiste, no yo.

— La misma excusa de mi psicóloga. Pero... supongo. 

A veces se echaba en la cama y se preguntaba qué hubiera sido de él si la relación hubiese continuado, y siempre llegaba a la conclusión de que estaba destinada a terminar. No necesariamente fracasar, pero a terminar, definitivamente. Se cuestionaba si acaso habría logrado las cosas que había hecho durante el último tiempo con aquél hombre a su lado y la respuesta siempre era no. Había dejado de hacer demasiadas cosas en pos de compartir aquella relación simbiótica, y estaba seguro de que el otro también lo había hecho. 

Entonces ambos estaban haciéndose daño. Se había dado cuenta un día de abril, mientras escuchaba el mixtape que había hecho pensando en ambos: las manos grandes del inglés —que tanto le habían gustado, con que tanto había soñado, que tantas veces recorrieron su cuerpo— habían sido, durante mucho tiempo, un peso en sus tobillos que le había impedido flotar hasta tocar el techo. Subir, seguir subiendo más arriba, porque resulta que ni siquiera había un techo... 

¿Era un precio justo a pagar por todas las cosas que había conseguido desde que habían decidido terminar, redundamente, en tan malos términos? Todavía no lo sabía, aún cuando el agua seguía fluyendo y lo llevaba a muchas cosas.

Se fijó en quien tenía delante. Vamos, se había acostado con Max, cosa que nunca se le pasó realmente por la cabeza; eso tenía que significar que había pasado ya mucho tiempo. Cabía resaltar que el sexo había sido insípido, quizás porque no estaba preparado para ello y simplemente le había jugado en contra el no conocer sus verdaderos sentimientos, respecto al rubio y al inglés. ¿Se sentía mal todavía por eso? Absolutamente. ¿Se sentía peor aún, porque Max todavía gustaba de él después de todo? Claro que sí, pésimo. Y ahora que los amigos de Matthew lo odiaban, definitivamente a veces se sentía una mala persona. La mayoría del tiempo, eso sí, sabía que había sido la persona más inocente en todo el alboroto de su ruptura. 

Bufó, sus labios vibrando como los de un niño. — Voy a morir solo, Max.

— Dímelo a mí. Pensé que a esta edad tendría pareja y un hijo. Se me está acabando el tiempo, pequeñín —Se llevó un nugget de pollo a la boca, y habló mientras masticaba—. Y de todas formas, tú tienes a alguien ya.

Rodó los ojos con una sonrisa. ¿Pequeñín? — Pero ahora tengo miedo de tener una relación real. ¿Y si no funciona? ¿Y si sólo ocurre una vez?... ¿Qué tal si sólo hay uno?

— ¿Un amor en la vida? —Emil asintió. La expresión en el rostro del mayor le sugirió que tal vez había metido la pata, porque por un momento, Maximiliano pareció muy, muy preocupado. Como si hubiera visto una aparición. O como si tuviera delante a la pregunta misma—. No sé —rió, el menor levantándole las cejas. ¿Cómo puedes reírte de algo así?—. Ojalá que no, o estamos jodidos los dos. 

Suspiró.

Esa noche se detuvo frente al basurero por demasiado tiempo. Lo miró en su mano con indecisión y, luego de un corto suspiro, lo tiró a la basura. Lo último que tenía: un cassette... y un secreto que guardaría consigo por mucho, mucho tiempo, hasta que se sintiera preparado para contárselo a alguien. Otro día sería. Por ahora, ya no quedaba nada de él en su cajón.

Dienstag, 7. August 2018

So you plant your garden and decorate your own soul, instead of waiting for someone to bring you flowers.

Freitag, 13. Juli 2018

Día 2

"We do not like final knowledge, because knowledge, Phaedo, has no dignity or severity: it knows, understands, forgives, without attitude; it is sympathetic to the abyss, it is the abyss. Therefore we deny it and instead seek beauty, simplicity, greatness and severity, of objectivity and form. But form and objectivity, Phaedo, lead the noble one to intoxication and desire, to horrible emotional transgressions rejected by his beautiful severity, lead to the abyss. Us poets, I say, it leads there, for we are unable to elevate ourselves, instead we can only transgress. And now I am leaving you, Phaedo; stay here until you no longer see me, then leave also."