Hace un tiempo, mi padre me contó que una de las razones por las que la relación de mi madre y él había fracasado —al menos la primera vez— fue porque un día él llegó a casa y encontró en el basurero una carta rota. Al juntar los trozos —como si se tratara de una película—, conoció una verdad que hubiera preferido no ver: mamá le escribía a alguien —nunca sabremos quién—, describiéndole cuánto sufría su ausencia y cómo deseaba volver a tenerlo cerca; cómo su vida era miserable sin él.
Eso lo destrozó.
Y me parece curiosa la forma que tiene la vida de conectar nuestras historias con las de otros, sobre todo cuando se trata de nuestros padres; como si estuviéramos genéticamente predispuestos a cometer los mismos errores o, al menos, a caer en las mismas cosas.
Yo mismo escribo aquí porque no soporto la idea de que L. pudiera verlo en mi otra página.
Yo mismo escribo aquí porque, después de mucho tiempo, siento unas ganas tremendas de llorar.
A L. no le molestaría. Él es así. Entendería. Validaría mis sentimientos. Siempre desde su infancia segura y sana, desde su sensibilidad con cabeza fría, desde sus vivencias llenas de amor y comprensión: entendería. Pero quien no entiende soy yo, quien no quiere aceptarlo soy yo, quien sufre todo esto soy yo. Solo, guardándome todo esto incluso de quien vive conmigo, como un secreto oscuro y sucio.
Han pasado años. Se siente increíble decirlo, pero ya han pasado dos años. No puedo decir que en su momento fue fácil o rápido, pero de pronto, me golpea la realidad de que ya se fueron. Nada cambió realmente en ellos, nada se recuperó, todo siguió tan muerto como antes y quizás hasta empeoró. Pero se han ido y aquí estoy yo, tan marcado como entonces.
Aquí estoy yo, soñando con tu cara día por medio. Todavía. Y por alguna razón, este último mes más que otros.
He despertado con rabia. Sobre todo ese día en el que soñé que me casaba contigo.
Pienso: basta. Y también pienso en Bukowski y el pajarito que canta dentro de mi corazón, del que nadie sabe; el que acaso quiere desmoronarme y arruinarlo todo. Le digo que pare, que se calle. Pero como el mismo escritor, no consigo matar al pajarito. Se queda aquí, conmigo, con nuestro pacto secreto...
Hay otros días en los que simplemente estás conmigo. Solamente estás ahí, mientras ocurre cualquier otra cosa.
Y un día estabas conmigo allá, en Escocia.
Me levanté de la cama con un sentimiento de vacío terrible, y profusamente frustrado.
Por algún motivo me duele el corazón cuando pienso en que, tarde o temprano, quizás mucho más temprano de lo que espero, me subiré a un avión y no volveré en menos de nueve años. Y quizás nunca. Algo en mí, supongo, conserva el dolor de que las cosas jamás se arreglaron y que me iré de aquí con un gran fracaso a cuestas.
Debería pensar en que N. irá a visitarme. En que pasaré la Navidad con L. En que expondría trabajos en Glasgow, en Londres. En los crumpets y el té y los museos y la pintura y John y los full english breakfast.
Pero pienso en ti y en que fracasó y que nunca volverás a mí porque te lo dije.
Pienso en que hoy mismo, venía por la calle pensando en un poema que me recuerda que no estás.
(Ahora mismo, se me llenan los ojos de lágrimas. Soy así de débil.)
Pienso en que sigo viéndote en cada esquina, y que se me para el corazón con cada cabeza colorida que veo en el metro.
Y pienso en cómo me cacheteo mentalmente con eso todas las veces, recordándome a mí mismo que la vida no es una película y que no nos volveremos a ver nunca.
Nunca suena como un montón de tiempo.
Suena como un montón de tiempo para seguir revisando los mismos sitios web todos los estúpidos días —el orgullo me sangra con esta tremenda vergüenza— a ver si hallo algún atisbo de que aún existes.
No sé cuándo me voy a curar de esto. No creo que te importe. Acaso soy quizás un recuerdo vago y pequeño que te asalta de vez en cuando, uno que no podría influir menos en tu día a día.
Pero a mí sigue pateándome todo el tiempo. A veces es medio maletero y siento que me patea en el piso.
Quiero tener esperanza de que algo sucederá. De que me curaré, o que alguna otra cosa va a pasar. Aún cuando sé que no debería esperar nada, porque la vida dejó de ser mágica hace mucho tiempo, y ni siquiera sé si tenga la suerte de poder financiar la universidad que ya me aceptó.
(R. está increíblemente orgullosa, hoy me presentó como "alumno aceptado por..." en clases, y la mamá de N. no paraba de presumir al hijo adoptivo que quedó en una universidad top 10 mundial...)
Esto porque sé que no suelen sucederme cosas buenas, y llevo demasiado tiempo —más de un año— con una cosa buena tras otra en mi vida. Así que lógicamente desconfío, pienso que para equilibrar la balanza se me tiene que quitar algo tremendo, como la beca de posgrado.
Entonces sé que nada bueno puede pasar. Sé que nuestra última reunión fue eso, la última, y que no volveré a encontrarme contigo; menos con mi situación actual.
Y por eso todo esto es tan frustrante. Fue una derrota rotunda y final. Creo que nada en la vida se ha sentido como perder una guerra, excepto esto. No una guerra contigo, por supuesto, sino una guerra contra la vida misma, porque francamente siento que perdí por lo menos un dedo.
Sé que moriré ignorado y que esta especie de carta será devuelta al remitente. Sé que nada florecerá de esto. Y sólo me queda echarme a tocar un rato tratando de no torturarme demasiado, tratando de no llorar; hacerle cariño al gato con el pie mientras deseo que mi vida fuera solamente dormir, comer y cagar, igual que la suya.



