Hear me love, I'm breaking
Like I'm in love, hmm
Can you hear me? Hmm hmm
Summer calls,
Most by so slowly
Incluso ahora...
N. me abrazaba con fuerza y mi vista estaba taciturna, perdida. Dentro de mí muchas flores se marchitaron, yo diría que arbustos completos. Me senté ahí, intentando procesar las malas noticias, solamente para encontrarme de frente con un muro de concreto, mis emociones lo inundaban todo como un aluvión; hasta el charco más pequeño se convirtió en un océano, las casitas de muñecas se anegaron por completo; murieron un montón de esperanzas. Y solamente podía enfrentarme a ello, no a la lógica, no a mi hemisferio izquierdo.
Y aún después de casi una semana, incluso ahora...
Esa mañana soñé incesantemente contigo. Debí saber que se avecinaban malas nuevas. No sé porqué, pero me dio esa impresión cuando desperté y vi el correo en mi bandeja de entrada. Tal vez porque se trataban de dos sueños rotos, hechos añicos; dos vidas que pude tener y que se me arrebataron de las manos.
Porque aún con tanta flor marchita, algo dentro de mí, una parte traicionera, se encargó todos estos años de regar aquellos pétalos azules y tallos en ramillete; inconfundiblemente Nomeolvides, o Myosotis en su nombre científico. El símbolo del amante eterno, del amor desesperado.
Porque qué podría ser esto sino un amor desesperado. Y no me refiero al amor que solamente sirvió para separarnos, me refiero a ese sentimiento que echó raíces desde el primer día, la primera conversación, el primer mensaje. El rizoma que se metió en mis vísceras e hizo metástasis en mis pulmones, en mi corazón, en todos mis órganos; la planta que cuidé tanto y que ahora, como una enredadera, aún cuando quiero dejar morir, sigue trepando por mi piel.
Todo eso para decir que, incluso ahora, incluso cuando me has abandonado tantas veces, incluso cuando has vuelto sólo para volver a alejarte de mí; incluso ahora, incluso en ese entonces, solamente pensaba en ti y en lo mucho que necesitaba un abrazo tuyo, unas palabras que me aseguraran que todo estaría bien.
Y no quise escribir esto en todos estos días porque sabía que, de hacerlo, de escribirte esta carta, por fin lloraría. Dicho y hecho, lloro ahora que N. no está, en el comedor, cuando debería estar trabajando intensamente. Lloro porque sé que como las cosas que se comen, digo las cosas que se dicen, voy a los sitios donde se va, y sé muy bien que no te encontraré en ningún lugar, en ninguna palabra, en ninguna de mis hambres.
Cerré el computador esta mañana porque no fui capaz de hacerle frente a la clase. Me dormí. Desperté cinco minutos antes de la clase siguiente y no pude prestarle atención en absoluto. Sentía rechazo constantemente frente a cada ejemplo, frente al discurso del profesor. Porque esto no es lo que quería, porque lo que quería está hecho añicos.
Y no digo que logro imaginar todos estos proyectos contigo, que logro visualizar en mi cabeza cómo habría sido todo esto si estuvieras. Soy incapaz de cavilar cómo se habrían desarrollado estos años si no hubiésemos roto, porque todo cambió tanto que es irreal. Pero lo que sí sé es que, de nuevo, incluso ahora, cuando siento tanto miedo y desesperanza, cuando me siento tan roto, estresado, agobiado, angustiado... aún eres la única persona que podría calmarme.
Independiente de cuánto N. y F. y W. estén ahí para mí, independiente de cómo N. me sujeta en sus brazos, me mece y me besa el pelo, tu fantasma siempre está rondando, intento abrazarlo y se me escapa de las manos; sueño tanto contigo, aguanto las lágrimas escribiendo, me falta algo dentro. Me aferro a las cosas que escribiste hace años, cuando aún pensabas en mí y me escribías alguna frase corta en tu blog, no puedo evitar leer y releer como si aún estuviera en tu cabeza. No puedo evitar buscarte en la calle donde tu rostro es todos los rostros y tu porte es todas las alturas, donde tus pies son todos los escalones del metro, donde cada metro cuadrado es el espacio donde no estás.
Y los Nomeolvides siguen ahí, tan vivos como siempre, con alguna que otro ramillete enfermo, pero resistiendo a todo, siempre perenne. Los naranjos de Campus Oriente que alguna vez nos cobijaron y nos cuidaron del sol están tan llenos de frutas como en una pintura de Botticelli, se erigen alrededor de mí y me atrapan, las paredes se vuelven árboles de un bosque donde aún te busco. Y como Max, corro entre la hierba hasta encontrar un bote, uno que me lleve a donde viven los monstruos, donde pueda escapar de todo esto y quizás lograr extrañar un poco más mi vida y menos a ti.
Pero no encuentro nada más que esta pared de concreto frente a mí que me impide ver soluciones. Me encuentro con un sentimiento tan familiar que asusta. Porque pude sentir mucho dolor en estos dos años, pero la desesperanza real solamente la sentí esa vez en que me encontraste convulsionando en mi cama y me mecías mientras esperabas el coche que podía salvarme la vida. Y no estoy ahí, no, pero puedo tocar esa agua terrible con la punta del pie y me aterra.
Y cuando me siento así de aterrado, te busco.
Y cuando me siento así de aterrado y no te encuentro, me dan ganas de ir a la cocina y romper todos los vasos, todos los platos, me dan ganas de rajar mis cuadros como Salvador al saberse despojado de Federico. Me dan ganas de llorar a gritos, aquí, en el salón de mi casa; no importa si los vecinos me escuchan, no importaría nada porque no estás, no estás, no estás cuando te necesito.
Y solamente pienso en Nomeolvides; No-me-olvides, por favor, no me olvides.
No olvides que estoy aquí, esperando que me leas, que veas lo que hay detrás de este cañaveral de palabras y lágrimas contenidas. No olvides que aún busco tus brazos incansablemente, como se busca un cuerpo perdido; que todavía te escribo así como las personas llevan flores a las tumbas. No me olvides, a mí y a mis metáforas y mis perras negras, artilugios de escriba que te recordaban tanto a Cortázar, ese escritor que no lograba gustarte del todo, no, tú preferías a Hemingway.
Nunca me gustó Hemingway. Y no sé porqué la idea me llena los ojos de lágrimas.
Respiro profundo.
No te olvides de mí. Por favor léeme. Porque esta pequeña esperanza de que aún eres mi alma gemela, de que un hilo rojo tira de nuestros dedos, es lo único que me queda y es la única certeza que tengo en este momento, a las 16:59 del cinco de octubre de 2020.