No te atrevas a moverte ni a hacer ningún ruido.
Después de eso, sólo alcancé a reaccionar cuando una mano me agarró por el brazo, atrayéndome a un pecho ya muy conocido a estas alturas y empujándome contra los casilleros. Ahí supe que había metido el pie hasta el fondo y probablemente el cuerpo entero, también.
Si hay algo bueno de ser inadaptado social es que al ver una amenaza en otra persona, inmediatamente dejas de ser tú y pasas a ser una máscara o un caparazón que vela lisa y llanamente por salir de la situación vivo y en la menor humillación posible. Y comprendiendo que la universidad albergaba alumnos hasta incluso altas hora de la madrugada en mitad del semestre, cuando Nate soltó un irónico "¿Así que confundido?" en el que su voz sonó más grave y filosa que de costumbre, solamente atiné a mantener mi cara más impasible.
"Nate, no voy a hablar contigo aquí", solté intentando ser la voz de la razón en la situación más descabellada que podía estar pasando entre un alumno y su profesor, un día martes cualquiera, ya de noche.
"A mi oficina. Camina."
Obedecí y lo seguí por el pasillo para bajar la escalera hasta su oficina en la facultad de letras. Veía alumnos pasar y que me miraran se sentía como si me interpelaran, como si ya supieran todo lo que estaba pasando entre Nate y yo. Saber que era estúpido no ayudaba en nada, menos aún sabiendo que caminar con la cabeza gacha escondiéndome de la gente que pudiera mirarnos sólo sería más sospechoso. Intentaba pensar en todo lo que él podía querer decirme, buscando respuestas y tratando de no entrar en pánico...
Noté que había contenido la respiración durante todo el recorrido, y sólo tomé una gran bocanada de aire segundos antes de llegar a la oficina de mi acompañante. Cálmate.
Nate cerró la puerta tras nosotros, encendiendo la luz y haciéndome una seña con la mano para que me sentara en el mismo sillón en el que me había sentado días antes. Me senté con las manos anudadas en mi regazo mientras él se cruzaba de brazos. "¿Puedes explicarme ahora?" dijo, y su voz sonaba contenida como quien trata de reprimir un grito. Nunca pensé que iba a estar molesto alguna vez por algo así.
Supuse que no había escuchado todo- ¿Cuáles eran las posibilidades de eso, al final? Era más probable que hubiese escuchado una parte y que luego la hubiese tergiversado en su cabeza. Tragué con dificultad. "Pucha... ¿Desde qué parte oíste? Podría sentarme acá y explicarte todo... Pero la verdad es que sí ya estás enojado o..." Me detuve un momento, cuestionándome si realmente le podría importar tanto yo como para estar molesto. "O algo, no creo que saque mucho..."
"Si no quisiera oírte, no te habría traído aquí en primer lugar, ¿no?" Miró hacia arriba un segundo, haciendo memoria. "De cuando te dijo que no importaba si no le gustabas..."
"Mira, Max y yo somos amigos hace tiempo... Sé que le gusto desde hace un par de meses, pero nunca dije o hice nada al respecto y... Bueno, supongo que se cansó al verme particularmente extraño estos días, ¿comprendes?"
Nate me miraba sin expresión alguna, de pie frente a mí, con los ojos clavados en los míos. Me miré las manos, apretándome los dedos unos con otros, con las piernas bien juntas y el cuerpo rígido. Preferí seguir.
"Si me preguntaras si ahora quiero estar con él..." Me sentía confuso, un poco perdido entre lo que pensaba y lo que estaba diciendo. No estaba pensando mucho las cosas, la mirada expectante de Nate me tenía demasido nervioso. "No... No quiero, pero tampoco puedo simplemente olvidarme de todo lo que era mi vida hasta hace dos semanas..."
Escuché algo como un suspiro de su parte. "¿Por qué simplemente no le dices que no estás interesado?" Preguntó con voz rasposa y demasiado firme para mi gusto (o mi ansiedad en ese momento).
"¿No crees que sería extraño si la semana anterior teníamos una relación... Extraña... Y yo de la nada le digo que ya no quiero nada con él? ¿No crees que intentaría averiguar qué pasó?"
"No tienes para qué contarle."
"No es tan fácil... Yo sé que no se va a quedar tranquilo... Prefiero ir explicándole de a poco... Lo siento si te molesta, pero no podemos arriesgarnos así y después de todo..." Cerré los ojos con fuerza. "Después de todo él es mi amigo y nosotros..." ¿Qué mierda somos nosotros? "Apenas nos conocemos, supongo..."
"Supongo entonces que no viste la nota que te dejé..."
"No... Iba para mi casillero ahora... Me gustaría verla"
Nos quedamos en silencio unos segundos.
"Si quieres me puedo ir y no nos vemos en unos días... O sea... Si yo hubiese escuchado algo así no querría verte en como un mes" Me reí para mis adentros intentando bajar mis niveles de estrés.
"No quiero que te vayas, pero de todas maneras te deben estar esperando."
"A estas alturas ya da lo mismo... Max debe haberse ido, quizás creyó que me quedé haciendo algo por ahí... Él es mucho más light en ese sentido..." Intenté convencerme de ello para no sentirme tan culpable, la verdad. Nate se sentó a mi lado en el sillón.
"Yo... ¿Qué quieres que haga?" Pregunté sin fuerzas, sintiéndome bastante derrotado.
"¿Con él? Lo que estimes conveniente... ¿Conmigo? Lo que tú quieras... Si esas son las condiciones, entonces está bien... Habla cuando lo estimes conveniente, yo te esperaré..."
Iba a contestar cuando él prosiguió. "No me importa si tenemos que esconderlo, no me importa si tengo que renunciar." Suspiré. Sonaba demasiado utópico e infantil.
"No digas esas cosas..."
"Es verdad, para qué voy a mentirte si sé que será así..."
"Apenas me conoces, ¿por qué arriesgarías tanto?"
"Tiempo ya habrá... No tengo apuro, ¿y tú?" Negué con la cabeza. "Entonces, al menos conmigo, haz lo que quieras..."
"Pero..."
¿Lo que yo quisiera? Lo que yo quería a largo plazo no lo sabía ni siquiera yo. Nunca en la vida había podido hacer lo que quería por sobre lo que estaba bien, exceptuando tal vez la escuela de Arte. Maldita sea. Suspiré y lo miré de reojo, sintiendo cómo mis mejillas comenzaban a sonrojarse sólo por lo que estaba pensando. Lo que yo quería...
"Lo que debería hacer y lo que quiero son... Cosas completamente distintas..."
"¿Qué es lo que quieres, Siegfried?"
Negué con la cabeza con la esperanza de que olvidara todo eso.
"Lo que debo hacer contigo y con él es... Lo correcto, como siempre. Lo que quiero..."
"¿Qué quieres?"
El corazón me latía rápido y tener a mi profesor tan cerca de mí me trastornaba. Lo que quiero...
"Yo... Lo que quiero... Antes que salir e ir a hacer lo correcto..." Me mordí el labio y apreté los ojos con fuerza. En un susurro, contesté. "Preferiría que me estuvieras agarrando a besos..."
Te quiero a ti...
Miraba al piso con los ojos aún cerrados, queriendo creer que no me había escuchado y que ahora podía irme sin pena ni gloria. Sin embargo, sentí rápidamente sus dedos en mi mejilla y sus brazos buscándome.
"¿Y por qué no lo pediste antes...?"
Mentiría si dijera que no quería ese beso más que nada en el mundo en ese momento. Me besó, me besó otra vez y de nuevo se sentía como estar derritiéndose, desmoronándose, deshaciéndose entre sus brazos. De nuevo no podía detener las cosas y mis dedos estaban en su pelo, atrayéndolo a mí para que me besara más, con más ganas, envolviéndome, ocultándome, guardándome para sí. Y de nuevo me atraía por la cintura y era lo más placentero en el mundo, de nuevo sus dedos ásperos rozaban mi piel y me hacían estremecer al tiempo en que su peso recargado sobre mí me hacía... desearlo terriblemente. Dios.
Nos separamos después de un rato y aunque sabía que no debía comportarme así, lo único que quería era no estar ahí, poder olvidarme de eso y estar de nuevo en su cama. Estúpidas hormonas. La mitad de mí no quería estar haciendo nada de eso porque sabía que le estaba rompiendo el corazón a alguien, y la otra mitad... Quería que otro alguien me rompiera...
"Si fuera por mí te llevaría a mi casa..." Escuché su voz grave murmurando entre besos cortos. No entendía por qué ese sonido un par de tonos más abajo me hacía sentir tan malditamente a su merced. Vestigios evolutivos, me traté de decir a mí mismo.
"No puedo no llegar hoy, ya me desaparecí el martes de la semana anterior..." Nate gruñó un poco y de nuevo me sentí temblar. La voz me flaqueó un poco, "...El libro de salidas recién lo ponen el jueves, ¿no ves que los cabros de región que se van de jueves a domingo?..."
Nate me mordió el labio inferior haciéndome soltar un quejido. Sonrió. "El jueves voy a estar afuera esperándote, apenas salgas de clase... Eso decía en la nota, que quería verte este fin de semana, así que más te vale estar con todas tus cosas listas cuando me estacione afuera."
Asentí con timidez mirándolo a los ojos con mi cara ardiendo.
Nate se quedó en su oficina mientras yo salía lo más sigilosamente posible en dirección a mi casillero. Necesitaba una de mis croqueras grandes para poder terminar mi tarea de croquis y boceto... Y pensándolo bien, si iba a pasar el fin de semana afuera era mejor quedarme en la universidad de miércoles para jueves trabajando en pintura. Suspiré tomando el papel que Nate había dejado en mi casillero e intentando reprimir, como siempre, la sensación que se apoderaba de mi estómago cada vez que veía una de sus notas.
Aún había gente en el campus, pero me sentí aliviado cuando salimos al estacionamiento y no vi el auto de Max. Nos subimos al auto de Nate -no el convertible, cabe resaltar, sino el mismo en que me llevó por primera vez a la residencia- y me puse el cinturón con las manos un poco temblorosas incluso después de... todo. Aún me sentía un poco intimidado -nervioso, en realidad, aunque no de una manera desagradable- en presencia tan cercana de mi profesor. Miraba su mano que descansaba esta vez en su propia pierna, estando ya acostumbrado a que ésta estuviera en la mía cuando viajábamos. Sin pensarlo mucho y aprovechando que Nate estaba preocupado de tomar la siguiente calle a la derecha, tomé su mano entre las mías y la dejé en mi pierna, entrelazando nuestros dedos con mi cara roja y mirando por la ventana. Lo miré por un segundo sólo para ver una pequeña sonrisa divertida en su cara.
"¿Por qué llegaste tarde hoy?" Escuché de repente y creo que salté del asiento. Ach nein, nicht jetzt.
"Uh... Es que... O sea, fue una tontera en realidad" Me cacheteé mentalmente por no sonar más convincente. "Se me pasó la hora, como andaba cansado por estar a mediados de semestre ya... Aparte me quedé leyendo tus textos para la prueba"
"¿Ya? Tú, ¿leyendo mis textos? Sí claro" Contestó riendo un poco, sin creerme en absoluto.
"¡Hey, oye! Tengo promedio 68 en tu ramo, obvio que me leí todos los textos. No tuve un 70 en la prueba por un mísero error de ortografía", hice un puchero con lo último.
"No puedo creer que escribiste 'diágesis' en un ensayo así de bueno" Puso cara de desaprobación, aunque se notaba que era más para burlarse que otra cosa.
"¡Eso no valía dos puntos! En mi defensa dormí media hora por leer los textos para la prueba..."
"O sea que sí los lees la noche anterior"
"Eh... Más o menos, o sea, ¡no siempre! Soy un buen alumno, por eso los leo antes ahora, ¿ves? Para sacarme un 70 en la que viene"
"Ahá... ¿Entonces por qué llegaste tarde?"
Íbamos llegando a nuestro destino y yo debía pensar en alguna manera de que la conversación no terminara mal. Me quedé en silencio un momento mientras Nate estacionaba el auto y yo recogía mi mochila de entre mis piernas.
"¿Y?" Preguntó apoyándose en la puerta, mirándome fijamente mientras yo tomaba la manija para bajar. Miré hacia afuera para cerciorarme de que no hubiese nadie en la calle y que estuviera suficientemente oscuro.
"Te cuento el fin de semana."
Y sin decir más, gateé entre los dos asientos del auto y poniendo mis brazos en sus hombros, le besé. Él, como siempre, me rodeó por la cintura. Le abracé un poco sin mirarlo y solté, tímidamente:
Te quiero.
Me sentí mareado todo el día, a decir verdad. Tener taller en la mañana y dibujar como loco hasta las seis y media de la tarde en dibujo de figura humana era tremendamente cansador para una persona normal y más para mí, que estaba convencido por alguna razón de que ese día me veía particularmente mal, más fofo, quizá. Mi mente había estado en otro lado, pensaba constantemente en cómo podía engañar al sistema de la universidad para poder volver a ser deportista, para dejar de tomar medicamentos que te hacían subir de peso, para poder dejar de tener miedo cuando Nate me viera o sujetara mi cuerpo. Me aterraba ser una visión desagradable, y con eso en mente, me convencí de que sentirse un poco resfriado tal vez no era gran cosa. La voz en mi cabeza me felicitaba por ello.
Callé. No, no podía seguir conversando al respecto. No podía exponerme así. No sabía qué decir después de que nadie nunca hubiese tratado de indagar en lo que ocurría, no estaba preparado para sacar esas cosas de mí. Me rindo. Divisé la puerta desde mi lugar y tomé mi mochila, levantándome para huir de una manera poco elegante, pero había avanzado tan solo un par de pasos cuando Nate me tomó por los hombros, abrazándome para evitar que me moviera. Yo me sentía duro, frío como una piedra, y sabía que no era yo, era eso tratando de defenderse.
Ouch.
Hice una mueca con la boca como tratando de no quebrarme. ¿Por qué eres tan bueno conmigo? ¿Por qué me dan unas ganas tan terribles de llorar? Intenté retenerme lo más posible y asentí, mirando mis rodillas, intentando escapar de su mirada. Nate acariciaba mi cara y yo me sentía terriblemente culpable.
"Tranquilo, está bien... Déjame hacerte un té para que puedas dormir mejor." Quizás me reí un poco con ternura de su costumbre tan inglesa de ofrecer té como solución a cualquier problema. "Aunque ya es un poco tarde para la hora del té, te puedo hacer una excepción porque viniste de lejos." Me sonrió, aunque se veía de alguna manera bastante firme o autoritario. Supuse que un té no haría daño, aunque francamente no tenía ganas de comer para nada, incluso cuando el hambre me comía las entrañas todavía.
Como temía, con 'hora del té' Nate no se refería sólo a beber algo. Sin embargo, al menos me preguntó dónde quería comer -lo cual agradecí, pues sentarse frente a frente en la cocina me parecía un poco incómodo- y terminamos llevando un par de bandejas con cosas a la cama. "Normalmente no como en la cama ni ningún lugar que no sea la mesa, pero hoy me siento generoso", me dijo, haciéndome sonreír un poco. Lo lamenté ligeramente, aún así, pues estar ahí significaba que no tendría oportunidad de escapar al baño si quería sacar lo que fuera que comiera, pues el más cercano estaba sólo a pasos de la cama y yo no era nunca lo suficientemente silencioso.
Tomaba pequeños sorbos de mi té -para mi gusto, Earl Grey, algo un poco difícil de conseguir en Chile- apoyado contra el respaldo de la cama, con mis piernas bien pegadas a mi cuerpo mientras él me miraba sentado a lo indio en el otro lado de la cama. Me sentía derrotado, terriblemente cansado. Planeaba no tocar nada -aunque las galletas se veían bastante tentadoras- cuando me sobresaltó su voz.
"Mocoso, te puse de donde elegir para que comas algo ligero antes de dormir."
"Uh... Sí sé, es que... Igual nos vamos a acostar, puedo comer mañana, no gastaré energía durmiendo..."
"¿Sonó a pregunta, niñito?"
Me sonrojé violentamente al escucharle llamarme así y mi corazón latía rápido al escuchar su tono seguro de voz. Lo miré a él y a la comida intercaladamente por unos segundos antes de tomar una galleta, sin comprender su afán por alimentarme cuando aún me quedaba suficiente grasa en el cuerpo como para vivir semanas. Me la llevé a la boca y comí, mirándolo en busca de aprobación, supongo. Sin embargo, recibí más que eso: Un "good boy" bajo, algo ronco, acompañado de una sonrisa de medio lado.
Me estremecí de pies a cabeza. Sólo quería que me felicitara de nuevo...
Esa noche dormí en su pecho... Y Nate no me soltó en ningún momento.
Asentí con timidez mirándolo a los ojos con mi cara ardiendo.
Nate se quedó en su oficina mientras yo salía lo más sigilosamente posible en dirección a mi casillero. Necesitaba una de mis croqueras grandes para poder terminar mi tarea de croquis y boceto... Y pensándolo bien, si iba a pasar el fin de semana afuera era mejor quedarme en la universidad de miércoles para jueves trabajando en pintura. Suspiré tomando el papel que Nate había dejado en mi casillero e intentando reprimir, como siempre, la sensación que se apoderaba de mi estómago cada vez que veía una de sus notas.
Amor de mis entrañas, viva muerte,
en vano espero tu palabra escrita
y pienso, con la flor que se marchita,
que si vivo sin mí quiero perderte.
Maybe this is way too impulsive, but I'd be glad if you could spend some time with me during the weekend. I have a few stories to tell you...
Aún había gente en el campus, pero me sentí aliviado cuando salimos al estacionamiento y no vi el auto de Max. Nos subimos al auto de Nate -no el convertible, cabe resaltar, sino el mismo en que me llevó por primera vez a la residencia- y me puse el cinturón con las manos un poco temblorosas incluso después de... todo. Aún me sentía un poco intimidado -nervioso, en realidad, aunque no de una manera desagradable- en presencia tan cercana de mi profesor. Miraba su mano que descansaba esta vez en su propia pierna, estando ya acostumbrado a que ésta estuviera en la mía cuando viajábamos. Sin pensarlo mucho y aprovechando que Nate estaba preocupado de tomar la siguiente calle a la derecha, tomé su mano entre las mías y la dejé en mi pierna, entrelazando nuestros dedos con mi cara roja y mirando por la ventana. Lo miré por un segundo sólo para ver una pequeña sonrisa divertida en su cara.
"¿Por qué llegaste tarde hoy?" Escuché de repente y creo que salté del asiento. Ach nein, nicht jetzt.
"Uh... Es que... O sea, fue una tontera en realidad" Me cacheteé mentalmente por no sonar más convincente. "Se me pasó la hora, como andaba cansado por estar a mediados de semestre ya... Aparte me quedé leyendo tus textos para la prueba"
"¿Ya? Tú, ¿leyendo mis textos? Sí claro" Contestó riendo un poco, sin creerme en absoluto.
"¡Hey, oye! Tengo promedio 68 en tu ramo, obvio que me leí todos los textos. No tuve un 70 en la prueba por un mísero error de ortografía", hice un puchero con lo último.
"No puedo creer que escribiste 'diágesis' en un ensayo así de bueno" Puso cara de desaprobación, aunque se notaba que era más para burlarse que otra cosa.
"¡Eso no valía dos puntos! En mi defensa dormí media hora por leer los textos para la prueba..."
"O sea que sí los lees la noche anterior"
"Eh... Más o menos, o sea, ¡no siempre! Soy un buen alumno, por eso los leo antes ahora, ¿ves? Para sacarme un 70 en la que viene"
"Ahá... ¿Entonces por qué llegaste tarde?"
Íbamos llegando a nuestro destino y yo debía pensar en alguna manera de que la conversación no terminara mal. Me quedé en silencio un momento mientras Nate estacionaba el auto y yo recogía mi mochila de entre mis piernas.
"¿Y?" Preguntó apoyándose en la puerta, mirándome fijamente mientras yo tomaba la manija para bajar. Miré hacia afuera para cerciorarme de que no hubiese nadie en la calle y que estuviera suficientemente oscuro.
"Te cuento el fin de semana."
Y sin decir más, gateé entre los dos asientos del auto y poniendo mis brazos en sus hombros, le besé. Él, como siempre, me rodeó por la cintura. Le abracé un poco sin mirarlo y solté, tímidamente:
Te quiero.
Mittwoch.
Supongo que debí haber pensado mejor las cosas y haber cuidado más de mí mismo apenas comencé a sentirme un poco mal. Pero con todo lo que había pasado, atribuí mi cansancio a algo más bien mental y no físico. Simplemente llamé a Max cuando llegué a la residencia para que no se preocupara, contándole una historia sobre por qué había desaparecido -que él entendió, a fin de cuentas, pues su preocupación era mucho mayor que otra cosa- y colapsé en mi cama hasta el día siguiente.Me sentí mareado todo el día, a decir verdad. Tener taller en la mañana y dibujar como loco hasta las seis y media de la tarde en dibujo de figura humana era tremendamente cansador para una persona normal y más para mí, que estaba convencido por alguna razón de que ese día me veía particularmente mal, más fofo, quizá. Mi mente había estado en otro lado, pensaba constantemente en cómo podía engañar al sistema de la universidad para poder volver a ser deportista, para dejar de tomar medicamentos que te hacían subir de peso, para poder dejar de tener miedo cuando Nate me viera o sujetara mi cuerpo. Me aterraba ser una visión desagradable, y con eso en mente, me convencí de que sentirse un poco resfriado tal vez no era gran cosa. La voz en mi cabeza me felicitaba por ello.
Donnerstag.
Me tambaleé un poco cuando entré a las ducha. Eran las ocho de la mañana de un invierno frío e inmediatamente el camarín de Deportes se llenó de vapor. No sé cuánto tiempo estuve ahí, sintiendo cómo el agua casi hirviendo enrojecía mi piel. Había preferido no dormir para llegar a una buena hora a la clase de la mañana con el profesor Campaña -¿Sería él efectivamente el amigo de Nate?-, y aunque mi preocupación en ese momento debía ser sacarme los restos de pintura de las manos y la cara, me dediqué a tocarme el cuerpo, sintiendo repulsión por toda esa carne y grasa innecesaria que veía en él, además de la gran cantidad de cicatrices y heridas que aún estaban rojas en mi cuerpo. Me agarraba la cara, los brazos, las piernas, el abdomen, pensando con nerviosismo en que mi profesor me vería en la tarde y que lo último que quería era comer algo durante el día. Podría comer después, sí, daba igual.
Historia del arte en la mañana y ayudantía de pintura en la tarde, sentarme a trabajar en croquis durante el almuerzo en el patio central. Poder centrarse en sólo una persona o cosa a la vez era terrible, de alguna manera no era capaz de registrar mi visión periférica y todo lo que pasaba fuera de mi reducido foco de atención se sentía como una película en cámara más lenta. Los rayos débiles de sol me pegaban en la nuca y comenzaba a preguntarme si tal vez ya no era suficiente usar cuatro capas de ropa en esta época.
Y tenía hambre. Mucha. La cabeza me dolía y sentía mi presión muy baja. Quizás en ese momento debí haber cedido y comido algo pequeño, sin embargo, mi autocontrol parecía ir tan bien que me negaba a sabotearme de esa manera. Aguantar unas horas no era tan difícil... Después no iba a querer comer sólo para que Nate no me viera haciéndolo.
Llegué a la residencia a las cinco de la tarde, intentando meter en mi mochila lo más rápido posible mi ropa y materiales para estar afuera el fin de semana. Me senté un momento a pensar en mi excusa: Tenía que avisar que me iba de viaje hoy, que volvería el domingo por la tarde y que viajaría a eso de las nueve... Era mejor que avisara antes de que lo olvidara en medio del sueño que sentía. Me levantaba de la cama cuando me dormí.
Desperté en un lugar a oscuras y completamente silencioso. Algo retumbaba en mi cabeza y tenía un pitido en mi oído que no me dejaba pensar. Mi visión se acostumbró a la oscuridad y sólo entonces me di cuenta de que no estaba en mi cama, sino contra un duro piso de alfombra.
Entré en pánico. No de nuevo, no de nuevo. Me levanté con dificultad y me apoyé contra la pared, encendiendo la luz y viendo una lluvia de puntos blancos nublando mi visión, siendo consciente de verdad por primera vez en mucho tiempo de mi entorno. Me toqué la cara y encontré mis dedos con sangre. Asustado, me pasé los dedos por los dientes, sintiéndome aliviado de que no me había roto nada salvo mi labio inferior con la caída. Me miré los brazos, percatándome de un gran moretón azul en mi codo izquierdo y otro morado en mi muñeca que cambiaría más de color en las próximas horas. Mierda, ¿qué hora era?
21:47. Corrí al baño y me lavé la cara, bajando al área común y dirigiéndome directo al mueble con las revistas y páginas amarillas, rogando que el nombre de mi profesor apareciera en alguna página.
R. Rothschild. Rothschild, Nathaniel. ¿Cuáles eran las posibilidades de que hubiese más de uno?
Marqué al menos unas siete veces antes de rendirme. Tal vez era un número antiguo o de otra casa. Me pregunté por un momento si sería mejor simplemente quedarme en casa e intentar mañana, sin embargo, mi personalidad asquerosamente obstinada no me dejó quedarme tranquilo.
Me levanté de un salto y fui a firmar el libro de salidas, corriendo escalera arriba -ante la mirada extrañada de algunos compañeros- y sintiendo como si me martillaran la cabeza. Rápidamente abrí el último cajón de mi escritorio, sacando una barra pequeña de chocolate de entre todos los dulces perfectamente ordenados y meticulosamente coleccionados, donde cada uno tenía una etiqueta con el número de calorías totales. Invadido por la culpa, lo abrí y mordí sabiendo que no había manera de lograr hacer algo si me desmayaba de nuevo y peor aún, en público.
Tomé mi mochila e hice un mapa en un papel con las calles que recordaba que mi profesor había tomado para ir hacia su casa. Memoria eidética mis pelotas, a veces era demasiado difícil recordar todo. Guardé el papel en mi bolsillo y tomando mi casco y mochila fui a buscar mi bicicleta al primer piso.
Salí a eso de las 22:30, tratando de convencerme que lo peor que podía pasarme era terminar en algún lugar completamente opuesto a donde debía llegar y que me robaran la bicicleta. Un poco difícil, de todas maneras, dada la altura y distancia a la que vivía mi profesor, además de que me dirigía a una comuna de la clase alta.
Recorrí entre diez y catorce kilómetros con el frío quemándome la cara. Para cuando comencé a reconocer las calles de barrio eran al menos las doce de la noche y me preguntaba seriamente si había sido una buena idea.
Me bajé de la bicicleta al reconocer la entrada del condominio, que constaba básicamente de una caseta del guardia, detrás de la cual había una entrada de peatones cerrada y una entrada de autos solamente delimitada por una barrera automática tras la cual se abrían calles como si fuese una mini ciudad.
Abroché mi casco a mi mochila y me acerqué a la caseta sujetando la bicicleta a mi lado. Me saludó un guardia de pelo oscuro y algo robusto. Me miró con extrañeza, no sé si tanto por la hora como porque quizás le parecí demasiado joven para llegar tan lejos y solo a esa hora.
"Vengo a la casa 8C..."
"¿Su nombre?"
"Siegfried Grünewald..."
El guardia llamó por un citófono varias veces sin respuesta y yo no podía creer mi mala suerte. "Lo siento, pero no puedo ir a esta hora, son las doce de la noche. Vas a tener que venir mañana", me dijo sin interés. Y tal vez fueron todas mis hormonas adolescentes y mi cuerpo que no daba más de cansancio, pero cuando me disponía a irme simplemente boté mi bicicleta al pavimento y metiéndome por debajo de la barrera, emprendí una maratón en subida hasta la casa de mi profesor, rogando que por favor estuviera porque no necesitaba que mi padre tuviera que venir de Valdivia a la comisaría para explicar por qué demonios un niño de 16 años vivía solo y andaba metiéndose en propiedad privada en Santiago.
El guardia corrió tras de mí un par de cuadras hasta que dejé de verlo entre las calles oscuras y las arboledas, y de verdad le pedía a todos los dioses existentes que no estuviera llamando a carabineros porque era lo último que necesitaba cuando había pedaleado tanto y más encima corría por una gran distancia sin haber hecho deporte en meses.
Llegué finalmente a la puerta de mi profesor -agradecí infinitamente que no tuviera reja- y comencé a tocar el timbre casi con desesperación. Por favor abre, por favor no estés en otro lado o me voy a ir a la mierda.
Mi corazón dio un vuelco cuando lo escuché al otro lado de la puerta, misma puerta que abrió de un golpe vestido solamente con un pantalón de pijama suelto y el cabello todo revuelto.
"¡Perdón perdón perdón perdón!" Parecía que todavía no se daba cuenta de que yo estaba en la puerta, me miraba como sin entender lo que estaba diciendo. "I'm sorry, I'm so so sorry I swear I didn't forget about it and you didn't answer your phone or the internal thing from the condo and I kinda freaked out and I just-"
"How the fuck did you get here?" Me miró con el ceño fruncido y pareció notar mi casco en mi mochila, "And where the fuck is your bike"
Pude escuchar el citófono sonando detrás de mi profesor. "How did they let you in?"
"Uh... They didn't?"
"Sí. No, está aquí. Me olvidé de que venía, para la próxima sólo déjelo entrar. Sí, lo siento. Si pudiera guardarla... Iré en la mañana a buscarla. Gracias."
Me quedé en silencio mirándolo como perro golpeado, avergonzado a no más dar, aún con la mochila puesta sentado en un sillón grande de su living. Miraba a todos lados, contaba el número de las escaleras y trataba de ver lo que había en el segundo piso, cualquier cosa para no verlo moverse y abrir una gaveta de la que sacó una botella de whisky.
Se sirvió un vaso antes de sentarse justo en frente mío. Se había puesto un polerón negro algo suelto y se veía un poco más despierto, pero no del todo.
"Ok. Ahora explícame. ¿Qué pasó?" Me miró ojeroso y con el ceño un poco fruncido, para variar. No parecía molesto de todas maneras.
"Es que... Perdón, es que no contestaste el teléfono y... Solamente vine"
"¿Y qué iba a pasar si no estaba?"
"Uh... ¿No sé?" Nate levantó una ceja.
"¿No sabes?"
"Creo que para mí era más importante en el momento que no te enojaras conmigo..."
Me sonrió levemente aunque conservando la seriedad característica.
"¿Cómo llegaste?"
"Eh... Mi memoria es buena a veces, supongo..."
"¿Y cómo demonios llegaste en bicicleta?"
"O sea... Era deportista"
"¿Ciclista?" Dejé mi mochila a mi lado.
"Artes marciales..."
"¿Karate?"
"Taekwondo..." Me mordí el labio, algo avergonzado.
"Mira tú..." Tomó otro sorbo de su vaso, encorvado, con los codos apoyados sobre sus rodillas. "Ahora vas a explicarme qué pasó y por qué tienes el labio roto."
Sólo entonces me di cuenta de que había usado la conversación anterior para hacerme bajar la guardia. Tragué duro y entrelacé mis dedos.
"Pucha... De verdad no quería hacerte esperar por nada..."
"Siegfried."
"Me dormí..."
"¿Cómo explicas tu labio entonces?" No contesté. Se recargó en el respaldo del sofá, mirándome un poco hacia abajo. "Siegfried."
"Me desmayé..."
"¿Te desmayaste? ¿Y no encontraste nada mejor que venir en bicicleta con el riesgo de que te pudiera pasar de nuevo? No, no pongas esa cara, no me molesta que estés aquí... Me molesta que fueras tan irresponsable contigo mismo."
"Lo siento..." ¿Por qué no puede esto terminar rápido?
"¿Comiste algo hoy? Te ves demasiado pálido."
"Lo siento..." ¿Por qué no puede esto terminar rápido?
"¿Comiste algo hoy? Te ves demasiado pálido."
"Sí, obvio-- Es que estaba cansado... Perdón..."
"¿Tú de verdad esperas que crea eso? ¿Por qué te desmayaste?" Dejó su vaso en la mesita junto al sillón de un cuerpo.
"Es verdad, no sé... No sé qué pasó" Su expresión se ponía más severa poco a poco.
"No te atrevas a mentirme... ¿Cuándo fue la última vez que comiste? ¿En la mañana? ¿Ayer? ¿Antes?"
Miraba al suelo con las manos apretadas sobre las piernas.
"Hoy... En la tarde"
Estaba demasiado concentrado pensando en cómo hacer calzar las mentiras y no reaccioné al sonido de sus pies apoyándose en el suelo para levantarse. "Eres un pésimo mentiroso, no me gusta que me mientas. ¿Te desmayaste porque no habías comido?" Me sobresalté cuando tomó mi brazo izquierdo, levantándome del sillón para que lo mirara a la cara. Solté un quejido al sentir su mano contra uno de mis moretones, incluso cuando no estaba usando su fuerza en absoluto. "Siegfried, contéstame ahora."
"No sé, de verdad no me pasaba hace tiempo, estoy bien..." Me miró con severidad.
"No puedes venir a mi casa a mentirme, Siegfried. Es injusto. Yo no te he ocultado nada y creo que me merezco sinceridad de tu parte."
"Perdón..."
Nate me soltó y tomó distancia, llevándose los dedos al entrecejo con una expresión claramente frustrada. Me dio la espalda un momento, quizás pensando en qué hacer. Supuse que tenía la opción de irme y ya, pero algo en mí se rehusaba a verlo así, a sentir que estaba enojado conmigo. No podía. Cerré los ojos con fuerza y traté de soltarlo todo de un golpe intentando que mi historia se derrumbara lo menos posible.
"De verdad no me pasaba hace tiempo... Me desmayé en la puerta de la residencia después de un entrenamiento... Por eso ya no estoy en la selección... Pero de verdad no me había pasado desde entonces... Y no fue a propósito, es que tenía que bajar de categoría..." Decir -o más bien vomitar- lo que estaba diciendo se sentía como apagar un incendio con gasolina.
"Siegfried, nadie puede haberte dicho que bajaras de peso con lo que mides. Nadie te pidió eso, menos si te iban a sacar después."
Callé. No, no podía seguir conversando al respecto. No podía exponerme así. No sabía qué decir después de que nadie nunca hubiese tratado de indagar en lo que ocurría, no estaba preparado para sacar esas cosas de mí. Me rindo. Divisé la puerta desde mi lugar y tomé mi mochila, levantándome para huir de una manera poco elegante, pero había avanzado tan solo un par de pasos cuando Nate me tomó por los hombros, abrazándome para evitar que me moviera. Yo me sentía duro, frío como una piedra, y sabía que no era yo, era eso tratando de defenderse.
"Lo siento... De verdad prefiero irme" Le dije con voz algo indiferente, cansada. No soy yo. No soy yo.
"Tú no te vas a ir a ningún lado. No me vas a dejar así de preocupado y no me vas a seguir mintiendo. Ya basta."
No digas nada. Da igual, no digas nada.
"Siegfried. Te he visto. He visto tu cuerpo y las cosas que dice. Bloody hell, I know what those words mean. Don't play the fool with me."
Ouch.
Silencio. Solté mi mochila. Sentí mi garganta cerrándose y mis ojos llenándose de lágrimas.
"...Déjame" Intenté alejarlo incluso sin fuerzas para hacerlo. "Déjame..." La voz apenas me salía y temía que se quebrara, temía largarme a llorar. No era necesario que remarcara mis cicatrices y las cosas que decían, por muy ciertas que fueran esas palabras. Me sentía repulsivo y estúpido porque todo iba bien hasta que me cuerpo había sido débil e inútil y había decidido ceder.
Nate me alejó, mirándome a los ojos con firmeza, pero no parecía molesto o turbado en absoluto, tampoco asqueado de mí. Parecía que habían pasado horas.
Nate me alejó, mirándome a los ojos con firmeza, pero no parecía molesto o turbado en absoluto, tampoco asqueado de mí. Parecía que habían pasado horas.
"No te vas a ir a esta hora, mocoso. No creas que te digo esto porque quiero hacerte daño, quiero que me digas la verdad, necesito que me digas la verdad..."
"¿...Por qué?" Murmuré sin esperar que me contestara realmente, sin creerle del todo. Pensó sus palabras antes de decirlas.
"Porque te quiero y necesito saber qué está pasando contigo, no quiero que me sigas ocultando cosas... Por eso quería que vinieras, porque yo mismo necesitaba contarte algunas cosas..."
Hubo un silencio total por unos segundos.
"...Yo también te quiero..." Susurré, bajando la mirada.
Nate tomó mi mentón para que le mirara y me miró atentamente unos segundos antes de besarme. Se sentía como si no lo hubiese hecho hace años. Nos besamos suavemente por un largo tiempo y suspiré al separarnos. Why do I surrender to you so easily? Le miré hacia arriba y en un impulso le abracé por el cuello lentamente, en un desesperado intento por sentirme protegido en sus brazos otra vez.
"No puedo... No quiero hablar de eso..."
Me estrechó entre sus brazos al escucharme, y pasados unos minutos me guió de vuelta al sillón, acuclillándose frente a mí para que quedáramos frente a frente, tocando mis antebrazos suavemente con ambas manos.
"¿Me vas a contar en algún momento? ¿Hablarás conmigo?"
"No puedo... No quiero hablar de eso..."
Me estrechó entre sus brazos al escucharme, y pasados unos minutos me guió de vuelta al sillón, acuclillándose frente a mí para que quedáramos frente a frente, tocando mis antebrazos suavemente con ambas manos.
"¿Me vas a contar en algún momento? ¿Hablarás conmigo?"
Hice una mueca con la boca como tratando de no quebrarme. ¿Por qué eres tan bueno conmigo? ¿Por qué me dan unas ganas tan terribles de llorar? Intenté retenerme lo más posible y asentí, mirando mis rodillas, intentando escapar de su mirada. Nate acariciaba mi cara y yo me sentía terriblemente culpable.
"Tranquilo, está bien... Déjame hacerte un té para que puedas dormir mejor." Quizás me reí un poco con ternura de su costumbre tan inglesa de ofrecer té como solución a cualquier problema. "Aunque ya es un poco tarde para la hora del té, te puedo hacer una excepción porque viniste de lejos." Me sonrió, aunque se veía de alguna manera bastante firme o autoritario. Supuse que un té no haría daño, aunque francamente no tenía ganas de comer para nada, incluso cuando el hambre me comía las entrañas todavía.
Como temía, con 'hora del té' Nate no se refería sólo a beber algo. Sin embargo, al menos me preguntó dónde quería comer -lo cual agradecí, pues sentarse frente a frente en la cocina me parecía un poco incómodo- y terminamos llevando un par de bandejas con cosas a la cama. "Normalmente no como en la cama ni ningún lugar que no sea la mesa, pero hoy me siento generoso", me dijo, haciéndome sonreír un poco. Lo lamenté ligeramente, aún así, pues estar ahí significaba que no tendría oportunidad de escapar al baño si quería sacar lo que fuera que comiera, pues el más cercano estaba sólo a pasos de la cama y yo no era nunca lo suficientemente silencioso.
Tomaba pequeños sorbos de mi té -para mi gusto, Earl Grey, algo un poco difícil de conseguir en Chile- apoyado contra el respaldo de la cama, con mis piernas bien pegadas a mi cuerpo mientras él me miraba sentado a lo indio en el otro lado de la cama. Me sentía derrotado, terriblemente cansado. Planeaba no tocar nada -aunque las galletas se veían bastante tentadoras- cuando me sobresaltó su voz.
"Mocoso, te puse de donde elegir para que comas algo ligero antes de dormir."
"Uh... Sí sé, es que... Igual nos vamos a acostar, puedo comer mañana, no gastaré energía durmiendo..."
"¿Sonó a pregunta, niñito?"
Me sonrojé violentamente al escucharle llamarme así y mi corazón latía rápido al escuchar su tono seguro de voz. Lo miré a él y a la comida intercaladamente por unos segundos antes de tomar una galleta, sin comprender su afán por alimentarme cuando aún me quedaba suficiente grasa en el cuerpo como para vivir semanas. Me la llevé a la boca y comí, mirándolo en busca de aprobación, supongo. Sin embargo, recibí más que eso: Un "good boy" bajo, algo ronco, acompañado de una sonrisa de medio lado.
Me estremecí de pies a cabeza. Sólo quería que me felicitara de nuevo...
Esa noche dormí en su pecho... Y Nate no me soltó en ningún momento.