Y por debajo de las cosas, de la neblina, de mi mente, un pensamiento asoma: Te extraño. Como si una parte hiciera falta aquí, como palabras manoseadas y confusas en las que no quiero pensar. Te extraño. A pesar de que fui yo el que te dijo que era mejor no vernos demasiado dentro de la universidad porque podría ser sospechoso. Y el pensamiento se eleva como inflándose con aire caliente, llenándome los pulmones de flores o de peces. Te extraño y quiero verte deambular por el campus, tomando una taza de té en el patio, fumando tus cigarros de empaque rojo, rojo como los nudillos de tus manos y las huellas de mis dedos en tu espalda. Porque no te veré, y aún así espero, observando todo desde los balcones del segundo piso, deseando que aparezcas distraído por un pasillo. Porque no te tocaré, y no sentiré tus caricias en mi pelo mientras besas mi frente, atrayéndome hacia ti y haciéndome sentir en casa. Porque siento que te necesito, que necesito soltar toda esta presión y no sé cómo. Y me arrepiento tanto de rechazar verme contigo sólo por mi miedo a perder(te). Es dulce, empalagoso, y sin embargo, no hay otra forma de describirlo. Te extraño, vuelve, ven a buscarme y arrebátame de mis miedos, llévame a tu casa, a tu cama, al lugar donde pertenezco. Pronto...