Wer mit Ungeheuern kämpft, mag zusehn, dass er nicht dabei zum Ungeheuer wird. Und wenn du lange in einen Abgrund blickst, blickt der Abgrund auch in dich hinein.

Mittwoch, 18. März 2020

1995

[x]

Estar en un café pituco después de tanto tiempo se sentía, a lo menos, surreal. No estaba en un lugar particularmente caro hacía años, con las contadas excepciones en que había aceptado que Max lo invitara a comer —como el día de la licenciatura de él, y después, la propia—. Y esto era radicalmente distinto... o, bueno, no tanto.

Vamos por partes: efectivamente todo se sentía extraño. Pero no era tan extraño estar donde estaba, considerando que... 

Pensaba confusamente. Apretó la taza entre sus manos y aquello se sentía tan, tan familiar, que llegaba a molestarle un poco. Sin querer frunció la nariz. Le había pasado lo mismo la última vez, cuando —surrealmente, porque todavía le parecía parte de un sueño— él y el hombre que tenía en frente, habían compartido una taza de té en la cocina del rubio.

— ¿Qué es lo que quieres decir? —escuchó, y quiso cachetearse la frente con la mano. Se lo preguntaba por su gesto. No es que quisiera decir algo: todas las palabras estaban atrapadas en su cerebro, que no entendía qué estaba sucediendo. Más bien, había un montón de cosas que no quería decir, como por ejemplo, que sabía que había una razón por la que no quería esto, pero ahora mismo no podía recordarla.

Negó con la cabeza. 

— No, nada, no sé —contestó. Y cuando le miró a los ojos no pudo reprimir una sonrisa, que ni siquiera sabía de dónde venía—. No sé nada.

Afuera hacía frío y Siegfried aún no lograba aclimatarse. Tal vez la bufanda que llevaba era parte de una especie de coraza o escudo; esconderse un poco en ella lo hacía sentir menos desnudo. El mayor lo escrutaba con la mirada, como siempre, y él sólo podía pensar en una palabra: avasallador. Como siempre. 

"Él era muy avasallador", solía decir al describirlo. "Demasiado". Y ahora parecía serlo más que nunca, porque los años no pasaban en vano. Cruzó las botas por debajo de la mesa escuchando cómo, cada cierto rato, afuera se escuchaba una tímida lluvia. La luz naranja de los pequeños focos contrastaba contra el azul grisáceo del paisaje tras la ventana. 

— Siegfried —le llamó, y el aludido decidió pasar olímpicamente de ello. El tono en el que hablaba lo llevaba de vuelta hasta sus —no tan tiernos— 16 años, cuando aún el tono imperante de voz del inglés le erizaba los cabellos de la nuca. Nathaniel demandaba saber, como siempre. Pero el menor no tenía nada que decirle, puesto que no planeaba contarle todo lo que estaba ocurriendo en su cabeza. 

Se preguntaba tantas cosas. En primer lugar: ¿qué hacía ahí? Segundo, ¿por qué había aceptado, si nadie le había puesto una pistola en la cabeza? Tercero, ¿por qué tenía tantas ganas de...?

— Devolverse habría sido muy aburrido para ti, imagino —soltó, tratando de acallar sus pensamientos—. Pero de todos los lugares, ¿seguir en América? ¿Para qué?

— No necesariamente será Estados Unidos. 

— Ah... Bueno, yo todavía me pregunto por qué fue Chile en primer lugar...

El caso es que se hallaban en el sector alto de la capital, una vez más, después de lo que parecía ser un tiempo infinito. El otro lo había citado ahí y Siegfried, incapaz de decir que no, aceptó. Y es que después de su escueta despedida en su apartamento, nunca pensó que un día sonaría el teléfono y lo asaltaría una voz tan conocida al otro lado de la línea. Para el rubio esa había sido la última vez antes de separar sus caminos para siempre. Es necesario hacer hincapié en que, en la historia de su vida, los "para siempre" eran rotundos... claro, a excepción del "quiero estar contigo para siempre" que alguna vez le había profesado el británico.

Un día, una hora y una dirección, en ese orden. Y nada más. Andrés —quien se había convertido en su mejor amigo— era dramático, pero nunca tanto como Nate. Sus labios volvieron a curvarse en una sonrisa apenas imperceptible. Idiota.

Y así acabaron hablando del pasado. Fuiste cruel, fuiste malo, ¿por qué hiciste eso? Por alguna razón, no se le ocurrió llamarlo estúpido, incluso cuando lo había pensado antes: más de una vez había fantaseado en qué ocurriría si se topaban en la calle. Opción uno, correr en dirección contraria. Opción dos, enfrentarlo, llamarlo idiota, y hacer una dramática salida de escena —como diría Nathaniel, hacer mutis—. Opción tres, seguirlo hasta su auto para rayárselo con las llaves de la casa. Dios, qué cerca había estado de rayarle el auto hacía un tiempo.

Y rayar su auto había sido la intención más suave. Camilo le repetía: hueona, vamos a quemarle la casa. Hueona, pínchale las llantas del convertible. Hueona, acúsalo con Vicerrectoría Académica. Hueona, pon una denuncia con los pacos. Y aunque sonaba especialmente divertido hacer que la policía detuviera a su entonces novio por estupro y sodomía, después de haber encontrado una carta con fotografías de un hombre semidesnudo encima del escritorio del mayor, nunca fue lo suficientemente macabro para hacerlo. 

"Imbécil", pensó al recordarlo. Podían pasar los años, pero aún nacía un sentimiento horrible en su estómago cada vez que lo recordaba, algo que le hervía en las vísceras. Pero nuevamente, no le dijo nada. 

Y después de tanto tiempo, por fin una respuesta, un porqué. Suspiró. 

Pasaron las horas, un café tras otro, hasta que el lugar estuvo próximo a cerrar. — Vamos a mi casa, si quieres... Tengo alcohol —soltó después de un rato de discutir consigo mismo.

— ¿Qué tienes?

— Vodka —palabra mágica con el mayor, lo sabía antes de decirlo.



En un rato estaban en su apartamento con la televisión encendida y, muy a su pesar, Siegfried no podía parar de mirarle. El pequeño calefactor les calentaba los pies, mientras el rubio se acomodaba en el mullido sillón negro del reducido living. 

La luz azul de la TV bañaba las facciones de Nathaniel. Era tan extraño verlo cambiado. Con el cabello un poco más largo, después de despertar incontables veces a su lado y acariciar los cabellos cortos de su nuca con cariño; un día domingo a las doce del día, con las cortinas cerradas y el amarillo del sol tiñéndolo todo. Acercarlo a sí para besarlo, hundiendo los dedos en su pelo. A veces, jalarle un poco el cabello cuando hacían el amor, desesperado por tocarlo, por besarse intensamente.  

Pero aún a pesar de todo, de tantos cambios —incluso en su ropa—, había algo mágico en toda su persona que no podía ignorar. Algo en él lo llevaba a lo más profundo, donde todo lo demás sobraba. Algo en él lo tiraba tanto que no sabía cómo luchar contra ello. Incluso cuando estaba convencido que a ratos el otro no sabía que él lo estaba observando al levantarse para ir a la cocina, para ir al baño, su mirada no podía despegarse del mayor.

Pensó en Alemania. En Max, en Andrés, en Lucian. En todo, y luego, en nada. Ahí, bebiendo, sintiendo su cuerpo aturdiéndose, todo estaba congelado, nada existía. Y temió de lo que ocurría, de la situación, de él mismo.

De nuevo, ¿por qué tenía tantas ganas de...?

Suspiró.

— Idiota —dijo.