Veo sus pestañas claras batirse mientras concentra toda su atención en sus manos. —Yo creo que diste cara— me dice mientras deposita con cuidado el tabaco junto al filtro dentro del papelillo—, de todas maneras no te ves tan mal, para nada.
—¿En serio? Me siento destruído.
Le sonrío y desvío la mirada hacia el centro del patio, completamente vacío a causa de la ligera llovizna que nos humedecía la cara y las manos descubiertas. Se levanta de repente a pedirle su encendedor a la mujer que está sentada a escasos metros de nosotros, me quedo mirándole embobado mientras me imagino la manera siempre tan encantadora en que tiene que estar presentándose para pedir fuego. Vuelve, finalmente, y se queda de pie junto a mí.
—Me recuerda a mi casa... Es agradable volver a ver un panorama así. Santiago es demasiado seco —le digo y él apenas esboza una sonrisa, con su mirada siempre un poco seria, siempre dotada de una complejidad imposible de encontrar en otra persona.
—Es agradable.
—¿Verdad? Aire limpio. Qué panorama tan agradable para... ¡llenar mis pulmones de humo! —me burlo a la vez que él extiende sus brazos y deja salir una gran mancha gris de su boca.
—Exactamente, ¡viva el humo! —Y no puedo evitar pensar es que es a veces es histriónico, pero siempre en su justa medida, lo suficiente para transmitirme una seguridad en sí mismo que hace que me flaqueen las piernas. Baboso, me digo a mí mismo cuando me sorprendo mirando con especial atención la sombra que se hacía en sus ojos debido al perfil tan marcado de su rostro.
Las ojeras me pesan terriblemente y me siento lento por la falta de sueño. Nos quedamos en silencio por unos segundos mientras intento aguantar mis ganas de colarme entre sus brazos, recordándome a mí mismo que no correspondía hacer tal cosa frente a tantos alumnos —sobre todo los extremistas de derecha que albergaba la facultad de leyes, de esos rubios endogámicos que eran capaces de molerse a golpes por probar que todo lo que cayera fuera de la biblia merecía ser castigado por la sociedad, incluyendo las conductas homosexuales, por supuesto— y, sobre todo, sin una incitación previa a hacerlo. Llamémoslo simplemente timidez.
—En todo caso, en el sur esto ni es ni siquiera llovizna.
—No, allá en tu pueblo cuando llueve parece que tiraran agua con manguera.
—Y si usas cualquier cosa para cubrirte de la lluvia eres mariquita.
—Siéntete libre de sacar tu impermeable entonces.
—¿El tuyo se te quedó en la casa? —le contesto, nos reímos con ganas en el silencio sepulcral tan típico de los días lluviosos.
Sólo después, volviendo en ello y añorando la compañía de Max luego de que éste entrara a su sala de clases, me sorprendió (y asustó un poco) mi capacidad de haber ignorado por completo, cuando hablaba con él, el hecho de que hacía apenas unas horas yo estaba sobre mi estómago, enredado entre sábanas mientras la boca de mi profesor bajaba besando mi cuello hasta mis hombros, a la vez que sus manos afirmaban con fuerza mis caderas y me atraían hacia su cuerpo que se movía en un vaivén mientras yo arqueaba mi espalda al sentir el roce de su entrepierna contra mí, suspirando y quejándome de impaciencia. Durante al menos veinte minutos había deseado abrazar a Max y escuchar su voz calmada arrullándome, incluso después de haber viajado directamente a la universidad desde la casa de Nate, de haberle comentado en el auto lo mucho que quería devolverme y dormir, de haberme tocado nerviosamente el cuello -como si de esa manera pudiera sentir los moretones que tenía en él- gracias a una sonrisa maliciosa que vi en la cara del inglés. La sonrisa que me producía tanto placer como las risas de Max y que, sin embargo, no se parecía en nada en términos de sensaciones ni intenciones.
Intentar definir (o peor, descifrar) qué era lo que diferenciaba a los dos era inútil. A menudo terminaba frustrándome por no poder encontrar las palabras que me hicieran sentido en torno a cada uno de ellos, en torno a lo que yo quería o deseaba de ellos. A veces Max se me presentaba como todo el mundo de normalidad deseable a mi edad, esa perfección en la cotidianeidad y una especie de inocencia del mundo (corazón de baraja francesa y sin ninguna herida) que yo no podía alcanzar. Max era, en definitiva, todo lo que un adolescente quería ser a su edad, rodeado de personas y cosas que funcionaban como un reloj suizo, a diferencia de la vida siempre caótica y más bien aislada que había llevado yo toda la vida. Lo que me gustaba de Max era lo inalcanzable que parecía para mí, ese aire de estatua o de isla que al notarte te hace sentir especial o como tocado por un ángel o un fantasma. Max era como el conjunto de cosas perfectas que yo me rehusaba a tocar por miedo de ensuciarlas, por miedo a no ser suficiente.
Y Nate era... Con Nate todo se complicaba mucho, mucho más. Partiendo por el conocimiento innegable de que lo que hacíamos estaba mal y que, aún así, nos atraíamos como imanes.
22.2.2017