Es extraño, pensar que uno despierta varias veces en la noche pero tan sólo bastan unas décimas de segundo para reconocer el lugar donde se está durmiendo y, al cerciorarse de que se está en el lugar correcto, se cae de vuelta en un sueño profundo - tu siguiente fase REM. Una vez leí que un mecanismo de los mamíferos es dormir sólo la mitad el cerebro cuando dormimos en un lugar nuevo como mecanismo de supervivencia frente a ciertas amenazas. Pero creo que mi cerebro no recordó eso.
Por eso cuando desperté sin abrir los ojos y quise acomodarme para volver a un sueño tranquilo, sentí una calidez desconocida en mi espalda (y por un momento pensé que estaba durmiendo contra algo apoyado en la pared de mi habitación) y abrí los ojos de golpe; Salté de la cama en un espasmo al darme cuenta de que, efectivamente, nada había quedado sobre mi cama y, más aún, ni siquiera recordaba haber llegado a ella. Y decir que salté no es exagerar.
Reconocimiento rápido de medio segundo: A) ¿Dónde estás? Ni puta idea. Estaba en una habitación amplia, muy blanca y con muebles oscuros. B) ¿Estás vestido? Sí, sentía ropa. C) ¿Quién está a tu lado?
Todo esto ocurría en mi mente en mi primer segundo de lucidez. Solté un scheiße sin querer (por una extraña sensación que no reconocí de inmediato) y mayor fue mi sorpresa cuando escuché una especie de gruñido y un movimiento a mi lado. Mi mente alcanzó a procesar alguna idea, algo así como que Max me había invitado a su casa, que me había quedado trabajando con un compañero, algo así; Pero de repente todo volvió como una cachetada y creí que me iba a desmayar.
Volteé y a mi lado, el dueño de la habitación: Nathaniel Rothschild, mi profesor de la universidad, diez años mayor que yo, el pelo oscuro revuelto y el pecho desnudo, mirándome hacia arriba con una mezcla de reproche (probablemente por el sobresalto) y... Algo más. Luego del shock inicial, me alejé precipitadamente al borde de la cama (y me sorprendió no caerme de la cama, porque, en serio, jamás había visto una cama tan eterna), probablemente soltando algún sonido de sorpresa y, oh. Ese sentimiento que no había reconocido era un dolor terrible en mis caderas o, prácticamente, de mi ombligo hacia abajo y sobre todo en mi... trasero.
Abrí la boca pero no pude hablar en absoluto. Y fue sólo entonces cuando pude darme cuenta de que mis brazos y piernas estaban descubiertos sobre la cama, mostrando un muestrario de cicatrices y cortes varios.
No sólo estaba en una casa desconocida o durmiendo en la cama de mi profesor. Me acosté con él...
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Quería golpearme la cara contra la mesa lo suficientemente fuerte como para quedar inconsciente, volver a dormir y así despertar en otro lado, donde debía estar, en la vida real, en mi cama de la habitación pequeña y desordenada de la residencia, no en un lugar que parecía casa piloto donde todo era blanco, negro o rojo y tenía pinta de foto de catálogo. Miraba atentamente la taza de té que descansaba sobre la cocina americana, con los pies quietos, sentado en altura y con mis manos en puños sobre mis rodillas. No me atrevía a mirar hacia arriba y verlo caminando por la cocina, sólo sentir sus pasos me tenía rojo de vergüenza. Y no podía entender que realmente estaba ahí sentado cuando ya debería haber estado dos comunas más allá, o al menos en la esquina de la calle, en cualquier lugar menos ahí.
Repasé mentalmente la última media hora, sintiendo cómo mi cara se coloreaba más (si eso era posible siquiera).
Mi primer impulso fue buscar mi ropa, y al menos alcancé a divisar mi polerón doblado en un berger. Siguiente impulso, buscar una puerta que pareciera baño (y en realidad, si acababa en otra habitación era lo de menos). Y tercer y último impulso, planear la manera de agarrar mi ropa y correr al baño para encerrarme y uh, luego ver lo que hacía después (tal vez podía no salir de ahí en la eternidad y morir de inanición, o saltar por la ventana, o algo así, da igual). Sin embargo, como si -macabramente- él hubiese leído mi mente, sentí como su mano me tomaba de la muñeca para impedirme ir (y la verdad, no me atreví a desafiar la fuerza que sentí en su agarre).
-Hey, shh, cálmate-, acompañado del ceño ligeramente fruncido y una mirada penetrante.
No podía creer lo calmado que sonaba, ¿en serio? Y como si oírlo hablar fuera suficiente para romper el hechizo, balbuceé:
-Yo, uh -- Yo...-Y claramente en vista de que no iba a lograr decir una sola palabra coherente, tiré de mi brazo.
-Siegfried- llamó en reproche (tal vez me puse blanco al escuchar mi nombre), me quedé completamente quieto por un segundo y, cuando sentí el agarre disminuir, tiré una vez más logrando safarme. En un movimiento tremendamente torpe y en el que casi me caí de la cama, enredándome con las sábanas de pasada, tomé mi polerón y corrí a una de las dos puertas de la habitación. Y, como nunca me he caracterizado por mi suerte, cuando llegué a la puerta a tropezones y entré cerrando la puerta rápidamente, me di cuenta de que no era precisamente el baño y, peor aún, la puerta no tenía seguro alguno. Trágame tierra.
Lo oí suspirar desde afuera y me puse rápidamente mi polerón, todavía estaba pasando la cabeza por el cuello cuando le escuché decir desde afuera un resignado "ese es el closet, Siegfried", genial, un puto closet que era más grande que mi pieza y la de dos compañeros más en la residencia. Me estaba poniendo pantalones a toda velocidad cuando la manilla giró sin ningún apuro y mi profesor entraba, a lo que yo, inútilmente y con el coeficiente intelectual de una papa, traté de retroceder hasta pillarme con unas divisiones de madera. Otra vez balbuceé, poniendo mis manos abiertas adelante en señal de que se detuviera, diciendo algo así como "uh, no te preocupes, me iré ahora, yo uh-- yo-- sólo voy a--" mientras él avanzó hasta quedar a escasos centímetros de mí.
-Siegfried- repitió apoyando su mano derecha en la misma estructura de madera, junto a mi cara y sacándome al menos diez centímetros de estatura. Enmudecí, con la cara caliente y roja, abriendo y cerrando la boca como un maldito pez sin hacer un solo sonido. Terminó de callarme con un "shh" bastante autoritario. Me miró a los ojos por unos (eternos) segundos y calmadamente soltó:-No te voy a hacer nada y no tienes para qué correr de aquí. Por lo demás no tienes muchas opciones para correr dentro de un clóset. Así que vas a salir y te sentarás en la cocina, tranquilito, mientras te hago un té. ¿De acuerdo?- Abrí la boca dispuesto a quejarme, -¿De acuerdo?
La verdad su expresión seria y segura me intimidaba más que quedarme diez minutos sentado, supongo...
Cerré los ojos con fuerza, apretando la boca y, por reflejo, las piernas, gesto del que me arrepentí inmediatamente. Me preguntaba qué hora era y tenía el impulso de ver mi reloj, pero no quería siquiera moverme, no quería llamar la atención para que mi profesor no me mirara. Aunque a juzgar por la luz de los ventanales debían ser algo así como las ocho y media o nueve de la mañana y de todas maneras ya había perdido mis clases de la mañana. Pensaba intensamente en cómo explicaría mi inasistencia y en mi cuadro que había quedado montado y olvidado en el taller cuando le sentí tomar una silla alta y sentarse frente a mí en la misma mesita. Mantuve mi mirada en mis rodillas, tratando de no pensar en nada y, convenientemente, pensando en todo: de repente volvían sus manos en mi cuerpo y cómo me empotró contra la puerta, contra el escritorio, de repente me voy a correr dentro tuyo, Siegfried, un escalofrío, un calor terrible en mi vientre y un pequeño salto en mi lugar de mi parte al escuchar cómo me estaban llamando en el presente, por cuarta vez en la mañana. No miré hacia arriba, es más, ladeé más mi rostro como si con eso pudiera alejarme de él.
-¿Piensas ignorarme toda la mañana?- Levanté la vista un segundo para verlo vestido con una sudadera negra, recargado sobre su mano derecha, con el codo sobre la mesa como quien está en su territorio, calmo. Volví a mirar hacia abajo, tratando de no sonrojarme más aún.-Porque incluso si no me hablas, creo que no tienes manera de volver a casa si no es conmigo.
A algo dentro de mí le parecía que la situación podía parecerle incluso un poco hilarante. Sabía que él esperaba una respuesta, pero en su lugar sólo me tapé la boca con unos dedos (como cada vez que estaba extremadamente nervioso).
Luego de unos minutos en silencio e intentando juntar el valor suficiente para decir algo coherente, articulé:
-Yo...-Tragué con dificultad, sintiendo mi corazón rápido y mi cuerpo tembloroso- Yo, uh... -Cerré los ojos con fuerza y respiré hondo y hablé apresuradamente y tartamudeando entre palabras:-Yo... No sé - No sé qué me pasó y no es necesario que-- ¿Podríamos...? Uh, podríamos simplemente olvidar esto, no pasa nada, puedo-- Puedo irme a mi casa- Me cubrí los ojos con los dedos fríos,- Puedo irme a mi casa y podemos no decir nada al respecto... Yo uh, ugh, lo siento-Murmuré sin descubrirme la cara. Nunca me había sentido tan nervioso y avergonzado... Y no podía soportar las mariposas en el estómago que sentía al estar sentado frente a él, maldición, incluso me había tocado pensando en él... Mierda, mierda, mierda.
Me gustas, Siegfried...
¿Habría visto mis heridas? Mierda...
Este iba a ser un día eterno...