Wer mit Ungeheuern kämpft, mag zusehn, dass er nicht dabei zum Ungeheuer wird. Und wenn du lange in einen Abgrund blickst, blickt der Abgrund auch in dich hinein.

Samstag, 7. Mai 2016

Freitag (N.5)

¿Siegfried?

Me sobresalté al escuchar mi nombre en una voz grave y seria. Miré hacia arriba, aún con mi cara roja de la vergüenza, y logré tartamudear en un hilo de voz un "Hola profe".

Él. De toda la gente y justo ahora, estaba él mirándome hacia abajo, con el ceño ligeramente fruncido (probablemente por el sol), ojeras bien moradas bajo los ojos, los pómulos y la mandíbula cuadrada marcándose aún más a contraluz, la mirada siempre tan avasalladora y los labios en una ligera sonrisa. ¿Cómo estás? Mi corazón latía rápido, fuerte, tan fuerte que lo sentía en mi pecho, en mis oídos, hasta en  la punta de mis dedos. Hice todo lo posible para evitar el temblor en mis manos. No pude siquiera pensar antes de contestar, así que de mi boca salió algo así como "uh, bien, un poco ocupado, ¿y usted?" y me cacheteé mentalmente por ello porque, obviamente, ocupado no estaba: llevaba media hora ahí sentado mirando una estúpida manzana. Me contestó que estaba bien, aunque cansado, y fue entonces cuando me extendió una manzana igual a la mía (que ahora descansaba a mi lado). Tómala, es para ti, es un regalo de mí para mi estudiante estrella... Creo que lo oí unas diez veces en mi cabeza, preguntándome si lo había escuchado bien -ni siquiera tuve tiempo de reírme mentalmente de la traducción literal de from me to you que no se usa en Chile, que después registraría y volvería a mí con un sentimiento terrible de ternura-, y luego añadió: ¿Te molesta si nos sentamos en una mesa y conversamos sobre tu proyecto final? Hay algunas cosas que me gustaría discutir al respecto...
Entré en pánico. Solté (o más bien vomité) una excusa sobre almorzar con Max (obviemos, por favor, el hecho de que Max no estaría disponible hasta, al menos, un cuarto para las dos de la tarde por un ensayo programado para una presentación de tres violines y dos violas), me levanté rápidamente mientras que el profesor Rothschild me decía que podíamos vernos después de su clase, entregándome mi mochila. Rocé por una décima de segundo su mano cálida, de una temperatura tan perfecta para mí que una calidez me recorrió el estómago y el vientre, bajó por todo mi abdomen hasta el espacio entre mis caderas. Schmetterlinge. Y una imagen fugaz de sus manos grandes en mi torso, subiendo por mis caderas. Perdí el aire completamente mientras él se despedía, me tomó un segundo contestar la despedida, deseándole un buen día por costumbre (lo que me hizo sentir ridículo, realmente), incapaz de fijarme en la caja de cigarrillos que sacaba de su bolsillo. Emprendí la retirada lo más rápido que pude, escuchando claramente un par de palabras.

Tú igual, mocoso.

Sentí que me iba a atorar con algo, quizás iba a despertar luego de haber dejado de respirar por unos segundos. Pero lo que tuve, esa sensación de tos, no fue, en absoluto, desaprobación... Fue, por el contrario, una sensación de placer demasiado fuerte la que me recorrió por completo. Mi cara se sonrojó al máximo, la sensación en el vientre estaba ahí como nunca antes mientras sentía que un frío me tomaba por los hombros y me recorría la espalda, como gotas de agua helada corriendo por mis omóplatos. ¿Así se sentiría su mano pasando entre mis caderas con fuerza? Mierda, mierda, mierda. Yo jamás había pensado en algo así, ese no era yo. Los cabellos de mi nuca  y de mis brazos se erizaron y mi piel se volvía áspera. Al llegar a una esquina del edificio corrí hasta el fondo de las canchas, me senté en cuclillas y hundí mi cara entre mis brazos cruzados, sobre mis rodillas. 

Jetzt Sie blies es wirklich. Du Schwachkopf!

Y mis dibujos. El recuerdo de mirar su nuca, la forma en que termina su cabello en su cuello. Sus trapecios grandes, su espalda marcada que se transluce por la camisa blanca. Esfera, rectángulo, triángulo invertido, rectángulo, trapecio, descomponiendo su forma de arriba hacia abajo. Dibujar una y otra vez su cara, esfera, rectángulo, una línea que baja y se transforma en su mentón. Su mentón ligeramente partido, cuello ancho, trapecios grandes, clavículas que terminan donde se abre su camisa, su camisa abierta, sus mangas arremangadas y sus brazos grandes, sus manos fuertes y firmes, nudillos puntiagudos, sus dedos cuadrados y redondeados en la punta, heridas en los dedos por un tic de mordérselos. Las débiles manchas de alquitrán entre el dedo índice y anular. Y cómo se sentirían sus brazos acercándome por la espalda, recorriendo lo que encontraran, manoseando. Maldita sea, maldita sea, maldita sea. 

No es él. No es él, Siegfried, basta. No es él. 



No fui capaz de volver a mirar mi locker ese día.


+

Pasé el fin de semana trabajando, como de costumbre. Me sentía demasiado turbado por lo que me había ocurrido con la pequeña conversación y el corto roce, pensaba en ello y todas las sensaciones nuevas venían a mí. En dieciséis años nunca había sentido aquello, no así, ni siquiera la mitad de eso. Y lo más terrible fue encontrar un nuevo papel y una nueva caja cuando fui a buscar mi propia caja de óleos el sábado en la tarde. Y fue suficiente como para cerrar el casillero por instinto y recargarme en los lockers de al frente. No quería nada de esto, me estaba volviendo loco. Me deslicé por el metal hasta quedar nuevamente en cuclillas, mirando atentamente al número 124 y arriba, los parchecuritas. 
Me quedé un buen rato así. Tomé fuerzas, respiré hondo, tratando de convencerme de que quien mandaba los papeles era un estudiante de letras de mi curso de Narración, porque un profesor unos diez años mayor que yo, exitoso, quisquilloso, guapo, elegante y seguro de sí mismo jamás, pero jamás se fijaría en un simple alumno de arte, sin talento, pobretón, con pinta de enfermo y sin un lugar donde caerse muerto. 

Cortázar... Y su carta a Ida Vitale. Y entre el carmín y el índigo el color oscurísimo del huracán espera... Versos bellísimos recogidos por mi escritor favorito. Otra vez, el texto justo... ¿Cómo podrías saber cuáles autores me gustan? Y junto a ella, un escrito confirmando que la persona anónima era de literatura, que yo era el destinatario de los escritos y los regalos. Digo "los", porque encontré otra caja, ¿qué clase de estudiante tiene el poder adquisitivo para estar regalando cosas tan caras?. Pensando en el tipo de universidad, me dije, varios de aquí tienen más dinero en sus cuentas de la que yo tendré en toda mi vida, sin embargo, no deja de ser extraño tener productos extranjeros para regalar... 


Los regalos no son necesarios, pero te los agradezco mucho... Otra vez elegiste a uno de mis autores favoritos (si es que no, el favorito) y no sé cómo lo haces. Me gustaría saber qué viste en mí, o cuándo nos pillamos... O el por qué no, simplemente, me hablaste desde un principio (esto es muy cliché, pero ¡no muerdo!). Podrías simplemente acercarte, ¿esto es diversión o le temes a algo? 


Y en mi mente resonando Pizarnik, una amante de Cortázar... Te odio, te necesito, ven a vivir conmigo, hagamos juntos el odio, el amor, lo que tú quieras pero juntos... Mi inconsciente me decía todo aquello con la imagen de él en mi mente (sería hipócrita no aceptarlo), sin embargo, volteando el papel decidí escribir, quizás en un lapsus: 

Vigilas desde este cuarto 
donde la sombra temible es la tuya. 
No hay silencio aquí 
sino frases que evitas oír. 
Signos en los muros 
narran la bella lejanía. 
(Haz que no muera 
sin volver a verte...)
No nombrar las cosas por sus nombres. Las cosas tienen bordes dentados, vegetación lujuriosa. Pero quién habla en la habitación llena de ojos. Quién dentellea con una boca de papel. Nombres que vienen, sombras con máscaras. Cúrame del vacío --dije.

Me pasé la mano por el pelo corto de mi nuca, mirando hacia abajo y dando un largo suspiro. Basta... Pensé. Esto es demasiado para mí.

Y lo era, efectivamente. Me di cuenta de ello cuando tenía sus manos agarrándome con fuerza por la cintura, colándose bajo mi polera, cuando tenía sus labios en la curva de mi cuello y sentía su respiración en mi clavícula, cuando estaba acorralado entre él y la pared y estábamos tan cerca, cuando de repente él estaba sobre mí, moviéndose dentro mío y mis manos se agarraban desesperadamente de su espalda, de su cabello, cuando de repente todo era demasiado y no podía pensar en nada porque todo sucedía demasiado rápido, y su nombre escapaba de mis labios una y otra vez mientras sus manos apretaban con fuerza mis muslos, mis caderas, dejando marcas y moretones. Y gemí cuando él mordió mi cuello y abrí los ojos de golpe, con la boca abierta, los ojos llorosos, mi ropa levantada y mis piernas enredadas en la ropa de capa y los brazos a la altura de mi cabeza, como si me hubieran retenido por las muñecas. Respiré agitado, tratando de recobrar mi respiración como recuperándome de un susto, sintiendo, aún dormido, una sensación de placer otra vez en mi vientre, tan fuerte que quería deshacerme de ella de inmediato, porque era demasiado para mí. Y dominado por todo ello y tal vez aún soñando un poco, me encontré con la cara contra la almohada, metiendo mi mano en mi ropa interior y tocándome como en ese maldito sueño lo hizo él.
Nunca había estado tan jodido en mi vida. Nunca había hecho semejante cosa, nunca había soñado o siquiera pensado algo así con alguien y en ese momento en que aún no podía reprocharme mis acciones, cuando reinaba sólo mi instinto, no había algo que quisiera más. Ni siquiera pude reprimir los gemidos reales que salieron de mi boca esta vez. Y me sentí tan sucio...


++


El lunes desapareció el papel que había dejado, sin embargo, no apareció otro. Tampoco apareció el martes por la mañana y me di cuenta de que, para variar, había cometido un grosso error y ahora sí, no sabría más del anónimo en cuestión. Me cubrí los ojos con la mano izquierda, restregándolos y sintiéndome tremendamente estúpido. Me llevé ambas manos a la cara y luego me fui rápidamente, encontrándome -tal vez para mi suerte- con Max en el camino. 
Me preguntó qué hacia en el campus a las ocho y media de la mañana si yo tenía clases a las diez. Le expliqué que debía montar temprano para Taller, ya que tenía que hablar con el profesor de mi clase. Me dijo que él había llegado más temprano para ensayar, pero en vista de haberse encontrado conmigo, prefería que pasáramos un rato juntos - lo cual agradecí infinitamente. 
Luego de reírnos un buen rato y de que me ayudara a montar mi pintura, nos sentamos un rato en el patio de la virgen (que, por suerte, no estaba húmedo) y cantamos un rato con él y un amigo suyo, que hizo la guitarra por nosotros. Sonreí genuinamente, cantábamos mientras niños de otras carreras tarareaban con nosotros a lo lejos. 


Y yo estoy aquí, borracho y loco,
y mi corazón idiota siempre brillará.
Y yo te amaré, te amaré por siempre...


Fue al menos terapéutico, sobre todo porque no vi a nadie de literatura pasar (aunque sí me sentí extrañamente observado en un momento), y me aseguré de agradecerle a Max con un abrazo y un beso en su mejilla, a lo que él contestó con una sonrisa mientras me sujetaba por la cintura. Siempre me sentía seguro en sus brazos...
Cuando debía ir a clases, me sentía mucho más relajado por haber salido por fin del ciclo interminable de los sucesos que habían estado ocurriendo, y me convencí de que todo esto no era para nada tan terrible. Fui casi capaz de sacudirme de la culpa de lo que había hecho el fin de semana, al menos hasta que recordé que la persona que escribía las notas estaba en mi clase, fuera quien fuera. Mein verdammter Gott. Ugh.


+++


Durante la clase, me dediqué a mirar a todos mis compañeros lo más discretamente posible, tratando de pillar a alguno mirándome o algo por el estilo. Aquello no ocurrió, quizás porque el autor de las notas estaba alerta. Terminó la clase, ordené mis cosas y fue entonces cuando miré al profesor esperando el gesto de que me acercara. Dilaté lo más posible el encuentro, y quizás habría sido mejor haberme quedado a conversar el viernes, antes de tener todos esos sueños de mierda. Como siempre que estaba demasiado nervioso, me reí solo en mi puesto y también camino a hablar con el, como sospechando en un principio que iba a cagarla. Y lo saludé con una sonrisa (a pesar de que lo había saludado en la entrada), que, esperé, no se viera como una de vergüenza. Me senté frente a él con el corazón acelerado y comencé a explicarle mi proyecto, preguntándome cuál era el objetivo de esto si yo no tenía dudas en absoluto con el famoso texto, ¿acaso le preguntó lo mismo al resto? lo dudo mucho...
Él me interrumpió un momento, preguntándome si podía fumar delante mío. Asentí sin pensarlo hasta que caí en cuenta de la marca de sus cigarrillos (que en realidad, había notado desde el primer día, pero quería convencerme de que mi memoria me fallaba). No pude evitar preguntarle -gracias a lo atolondrado que soy- si usualmente fumaba esos cigarrillos (incluso sabiendo la respuesta), aludiendo a que no eran tan comunes. Me contestó que sí, desde siempre. En ese momento, mi corazón ya palpitaba como si estuviera corriendo una maratón y la sensación en mi estómago era clarísima. Me temblaban las manos, pero traté de mantener mi expresión lo más calma posible, como si no sospechara absolutamente nada de él. Pero, Dios, es que no podía ser. No él, de toda la gente. No podía ser.
¿Me permites darte una lista de libros que podrían serte útiles?, me dijo sacando una libreta y una pluma. Una puta pluma, con la que escribió rápidamente en el papel que sacó y me entregó. El color se me fue de la cara al ver la misma tinta y misma letra, en el mismo papel que encontraba en mi casillero. Me quedé completamente mudo, sin saber si correr o quedarme y hacerme el desentendido. Pero no podía. Bajé la mirada a mis rodillas, el corazón me latía tan fuerte que por un momento juré que él podría escucharlo, estaba seguro de que yo mismo estaba temblando al compás de los latidos. No podía decidir. No podía saber si quedarme ahí sería mejor que agarrar mis cosas y correr, que era lo más fácil, pero que tal vez mandaría a la mierda cualquier relación con el profesor, aunque, qué mierda importaba, tal vez no era él, no era él, no era él, ¿y qué importaba de todas maneras? si aunque fuera él, no podía ser...
¿Estás bien? Levanté la mirada para ver la suya, supuestamente seria y calma, pero vi más que eso: Él también se había dado cuenta, ¿No? Como sin querer, incluso cuando yo ya pensaba, a estas alturas, que había hecho todo el gesto a propósito. 
"Me tengo que ir", solté tan rápido como me levantaba del asiento, tratando de sonreír aunque seguro de que se vio completamente mi desesperación en esa sonrisa; Agradecí a todos los Dioses hindúes, cristianos y célticos por no andar con un cuadro esta vez y tomando mi mochila, creo que en dos segundos ya estaba en la salida de la sala. Corrí, como un niño de diez años, corrí de mi responsabilidad y de las posibilidades y del profesor y de mi sentimiento en el estómago, miré hacia atrás cuando ya iba en la facultad de música para asegurarme de que él (por esas razones de la vida, quién sabe) no venía cerca ni me veía de algún lado (aunque, mi sentido común me decía que se quedó en la sala) y me encerré en uno de los cubículos del baño más apartado y solo de la facultad de teatro (realmente no necesitaba encontrarme con Max, no ahora), subí mis pies a la taza del baño y me quedé ahí, estático, tratando de disimular que respiraba por la boca.

Y sólo entonces procesé todo. Respiraba a bocanadas, me sentía tremendamente estúpido por haber huido y haber arruinado cualquier chance de aclarar las cosas, pero es que, ¿qué podría tener que aclarar? si todo parecía tan obvio...


Espero realmente que descubras quién soy...

No puedo decirte de que año soy... 

Sería delatarme de sobremanera...


Creí genuinamente que iba a tener una crisis, que iba a tener que quedarme ahí hasta que pasara para poder irme a casa. Pero en su lugar, me culpé por ser tan idiota y por siquiera creer que esto era posible, me culpé por no poder creerlo, porque quizás si me esforzara más y me gustara más mi cuerpo, si no fuera una persona desagradable, podría ser capaz de creer que alguien se interesara en mí y no tendría que correr de los demás. Y siendo el niño de diez años que siempre he sido, me cubrí la cara y lloré. ¿Por qué? Ni puta idea. Tal vez de vergüenza, de miedo, no sé. Nunca había querido gustar de alguien, menos aún enamorarme, y esto se sentía como estar enamorado hasta los pies de alguien, alguien que ni siquiera conocía, alguien de un mundo diferente al mío, alguien idealizado por mí, irreal. Sentía miedo genuino a toda la situación, un mareo y los ojos llenándose de lágrimas. Qué idiota, por Dios. 
Debo haber estado ahí al menos una hora. Me calmé lo suficiente y me lavé la cara, aunque mis ojos seguían rojos. Recé otra vez a los dioses para no encontrarme con nadie afuera, y así fue. Nadie. Boté al fin el aire de mis pulmones, tratando de irme a otro lado por los pasillos más solitarios del campus. Decidí que era mejor irme a mi casa... Sólo me detuve un momento a botar a la basura algo de comida que había comprado cuando estaba aún feliz por el encuentro con Max. Pensaba en que me sentía un poco culpable por botar comida cerrada a la basura, pero era la única manera de no comerla. Daba igual, de todas maneras, sólo quería volver a mi cama y quedarme ahí una semana, a la mierda taller. Y como si los dioses realmente me odiaran, escuché a alguien llamarme por mi espalda, aunque no lo suficientemente cerca como para reconocer la voz.


Mierda.