Nunca le temí a la muerte. Ahora, cuando ya han pasado tantos años, no logro recordar la última vez que la imagen en sueños de una enfermedad mortal, de un suceso tácito me provocó genuino miedo. Y es que todo lo que puedo pensar es, en su lugar, todas las veces en que sí he deseado morir.
Cuando tenía 14 años, deseaba morir en circunstancias trágicas: De esa manera, las personas más cercanas a mí se quedarían con lo que podría haber sido en vez del fracaso de lo que realmente era; Y otros tal vez se arrepentirían (vaya idiotez) de haber sido crueles conmigo. Pero ya a los 16, en mis primeros años de universidad, me daba igual bajo qué circunstancias morir, y la única razón por la que no me colgué cuando tenía la soga lista y colgada fue porque siempre he sido demasiado, extremadamente obstinado como para darme por vencido, y porque mi fecha límite siempre fueron los 37 (edad a la que murió Vincent) y en el fondo no quería rendirme antes que él.
Cuando cumplí 37 años (aún cuando siempre tendré 17) y en realidad todo ese año, tuve una crisis tan grande que casi logró desarrollar por completo los brotes esquizofrénicos heredados de mi abuelo. Por ese tiempo, fue la única vez en que mi Sire me trató más suavemente, e incluso me dejó restaurar parte de una de sus obras de principio de siglo (mi favorita, la que me enamoró desde el momento en que la vi guardada en su casa). Pero yo quería morir, no aguantaba las ganas de suicidarme en las maneras más agresivas; Y el pensamiento me atormentaba tanto que oía cosas, habían voces que gritaban, me hablaban o incluso gemían en mi cabeza (y tenía que salir a mirar si algo de eso estaba ocurriendo realmente), muchas veces oí un grito tan ensordecedor que tuve que taparme los oídos en vano. Y recaí en esos asquerosos malos hábitos de cortarme, porque ahora muerto no podía vomitar para castigarme.
Sotomayor no decía nada. Sé que muchas veces vio sin querer cortes profundos, gruesos en mis brazos o en mis piernas, de esos que en mi vida mortal me dejaban cicatrices de varios centímetros de largo e incluso grosor. Pero me miraba con la serenidad de quien sabe que sanarán y esas rápidas miradas se transformaban en una orden para hacer algo, como si nunca hubiese visto nada.
Cuando me acerqué a los 38, mi pataleta fue dejándome de a poco y comprendí que no sacaba nada con desear tan intensamente la muerte, y me conformé con saber que moriría pronto, algún día, cuando el impulso fuese lo suficientemente fuerte como para tomar una pistola, sin pensarlo, sin premeditarlo, con pura impulsividad y me volara los sesos o el corazón.
Pero a pesar de esa frialdad y crudeza que siempre he tenido para escribir de mi muerte (cuántas veces lo escribí en diarios o en blogs antiguos y borrados), nadie nunca me creyó suicida a primera vista. Siempre he intentado sonreír de la manera más amplia y cálida posible, siempre era el que daba un grito de emoción, el que daba un salto del asiento cuando íbamos a algún lugar, el que se alegraba con un trozo de chocolate, el que hacía pucheros, el que lloraba con las películas de Disney, el que abrazaba a extraños en la calle. Una vez vi a un chico de unos años más que yo, borracho, llorando en la calle, a eso de las 11 de la noche en pleno invierno. A pesar de mi miedo a los alcohólicos (gracias, papá), me arrodillé frente a él y le ofrecí un pañuelo y le pregunté si podía abrazarlo. Me dijo que no, pero insistí de nuevo hasta que me dejó rodearlo en un abrazo. Lloró en mi hombro, y yo podía sentir ese fuerte olor a alcohol barato que ahora se pegaba a mi ropa. Hablamos por horas. Él se tropezaba con sus palabras, lloraba a la mitad de las frases y a veces alzaba demasiado la voz, pero lo miré con tranquilidad mientras lo escuchaba e intentaba reconfortarlo. Nunca le dije mi nombre y yo no recuerdo el suyo. Probablemente, al día siguiente su mente ya había borrado toda esa escena.
Ese día tampoco le temí a la muerte. Era sabido ya, en ese entonces, que muchas trampas para asaltar e incluso traficar órganos incluían engaños de ese estilo. Incluso debí temerles más, porque yo era apenas un chiquillo de 16 años que nunca conoció el mundo fuera de su casa o el internado. Pero no me importaba morir.
Él me dijo que yo era un ángel, que el mundo era una mierda y que deseaba que todos fueran como yo. Que si existieran más personas como yo, no habría mal en este mundo.
Pero como el resto, él tampoco pudo ver que yo llevaba dos días sin dormir, que cuando me acerqué venía mareado porque no me había permitido comer en dos días y que bajo ese grueso polerón y chaqueta, tenía varias heridas en mis brazos y en mis caderas a medio sanar y con puntos adhesivos. Y una vez que volví a la residencia, nadie nunca lo supo, tampoco.
A diferencia de Vincent, yo no tenía a quién escribirle. A esas alturas, Andreas ya tenía novia y estaba estudiando en alguna sede de la Universidad de Chile (ya no recuerdo si era La Serena o Antofagasta, en fin), yo ya había perdido contacto total con mi padre y toda mi familia en Valdivia y... Eso era todo. Perdí contacto con mis 'amigos' del colegio el mismo día en que me gradué y el resto es historia. Entonces no había nadie que cuidara de mí. A nadie le importaba si comía o no, y debo admitir ya a estas alturas, que alguna vez sí, dejé de comer para que alguien lo notara (aunque definitivamente no para que me obligaran, porque no hay cosa más desagradable que eso), y que busqué trabajo en una librería para poder observar a toda la gente a la que me gustaría haberme acercado, para tener una excusa para intercambiar un par de palabras con alguien que leyera lo mismo que yo e incluso para poder sonreírle a algún extraño que sufría de un mal día. Anhelaba contacto humano, aunque no quería aceptar la verdad, porque sabía que no lograría tenerlo con nadie.
Hoy simplemente... Soy una versión de mi yo de 16 años que aprendió a mantener más una careta. Y no quiero que nadie lo sepa, no quiero que nadie me vea, no quiero que nadie me toque. Y ese es mi mayor problema: Ansío contacto humano, a veces incluso me gustaría sentir unas manos grandes y expertas tocándome, corrompiéndome, pero al mismo tiempo no quiero que nadie me vea como realmente soy. No quiero que nadie sepa que en realidad no soy estúpidamente alegre e incluso tonto, es más, toda la vida me caractericé por tener un intelecto que superaba al promedio (sólo ahora puedo decirlo luego de varias idas a psicólogos y psiquiatras a lo largo de mi vida) y por ser extremadamente crítico, y nunca he sido estúpidamente alegre, sino estúpidamente suicida y débil, frágil. Basta con escuchar algo que no quiero oír para que mi ansiedad tome control de mí, para que tenga una crisis y que quiera salir corriendo y dispararme, colgarme, saltar de un puente. Es por eso que no me soporto. Y es por eso que quise llorar por días (y hasta hoy) cuando escuché al profesor que era mi role model en esa época, decir que Van Gogh debió haber sido insoportable. Porque significaba que nunca importará lo bien que pinte, mis ganas de ayudar a los demás ni mi agudeza intelectual, pues siempre seré lisa y llanamente insoportable.
¿Y la razón por la que he seguido pintando en vez de rendirme? Sigo siendo perramente testarudo...
Esa es la persona que realmente soy... Y no quiero que nadie nunca lo vea. No pude evitar ser quien soy ni nadie pudo verme por quien yo era, incluso en ese abismo.
Porque nunca tuve un Theo.