Por alguna razón recordé la sensación extraña que me dio cuando vi una obra de teatro en el campus. Uno de los actores lloraba, y de repente me pregunté exactamente qué hacían para lograrlo. Gracias a mi déficit atencional, me imaginé cómo debió haber sido su clase de eso: ¿Los harían llorar de verdad? ¿Recordar algún evento propio y feo en sus vidas? ¿Y acaso ese actor, cada vez que lloraba, recordaba un recuerdo enraizado en sí mismo, se controlaba para no hipar al recitar las líneas?
Observaba mucho a la gente, sobre todo a mis compañeros del campus. Particularmente, porque los otros artistas -no visuales- me llamaban mucho la atención... Somos todos tan extremadamente distintos... Incluso nos cuesta entendernos. Pero hay un mundo tan extraño, un submundo dentro de cada artista que sólo puede ser visto por otro de ellos. Es como mirar de una ventana a otra.
A mis 16 años, me sentía muy solo en el campus. Generalmente, cuando las clases terminaban, aún quedaban alumnos de teatro o música ensayando en las salas. Los alumnos de teatro eran excesivamente ruidosos y eso me molestaba, porque no me dejaban leer. De todas maneras, rara vez podías verlos, ensayaban a puerta cerrada, así que no tuve nunca la oportunidad de dibujarlos mientras se movían (vaya espectáculo para un dibujante). Así que, en su lugar, en días fríos de otoño o invierno, me sentaba en el pasillo de las salas insonorizadas y veía a músicos tocar cada vez que abrían las ventanas.
El instrumento que más me ha gustado alguna vez es el violín. Me ha obsesionado desde que tengo memoria, su sonido en las orquestas hace que se me ericen los pelos de la nuca, que sienta unas ganas terribles de llorar. Era de esperarse, entonces, que al cruzar por los pasillos del instituto de música me quedara embelesado unos segundos (o minutos) escuchando lo muy poco que lograba traspasar las paredes.
Un día me sentía particularmente triste después de una clase de dibujo de retratos, y le pedí al profesor que me dejara irme temprano, alegando que me había bajado la presión (excusa bastante creíble en ese momento); Sin embargo, en lugar de irme, fui a las salas insonorizadas. Varios músicos pasaron por ahí en el transcurso de unas horas, todos violinistas -seguramente estaban tomando alguna prueba de la mención-, y me dediqué a dibujar a cada uno de ellos, ya que a ninguno se le ocurrió cerrar la ventana. A veces les pedían que comenzaran de nuevo, a veces eran dos en la sala. Algunos se ponían incómodos al verme (una de las cosas simpáticas de los músicos es que la mitad son extremadamente tímidos y eran como sombras en el campus, sólo aparecían cuando salían de debajo de las piedras... o iban a comer), pero yo les sonreía y seguía en lo mío. Fue la primera vez de muchas.
La música me pilló por sorpresa un día de lluvia, mientras me precipitaba fuera del campus. Sólo quería llegar a la residencia y descansar, no había dormido nada y no recordaba la última vez que había comido, sentía que me iba a desmayar; Estaba completamente inmerso en mis asuntos cuando escuché una pieza sonar a lo lejos y, antes de darme cuenta, estaba instalado en ángulo a la ventana escuchando el Scherzo Tarentella de Wieniawski. Sorprendido por lo bien que sonaba, no pude evitar moverme (aunque sin levantarme) para poder ver hacia adentro. Nunca vi a un violinista tocar así. Era violento, brusco, pero aún así parecía que sus dedos y arco apenas tocaban su instrumento. Se movía como llevado por algo externo a él, como si estuviera encantado o poseído por algo. No lo pude dibujar, no me pude despegar de la imagen. Tocaba a ojos cerrados y cuando terminó, no parecía satisfecho en absoluto. Debo haber tenido cara de tonto, lo sé, porque el chico había sonado magistral tocando una pieza que está sólo hecha para virtuosos; Y fue impresionante que al final de la pieza este hombre -que tocó como si estuviera ultra seguro de sí mismo- hiciera algo como un gruñido y murmurara un "mierda" entre los dientes. Yo, que me había convertido a esas alturas del partido en un voyerista, un adolescente pálido y con la nariz colorada por el frío, el pelo desordenado y húmedo, la cara media tapada por una bufanda gigante y cubierto por un abrigo y varias capas de ropa -todo esto cayendo en una imagen, a lo menos, extraña de ver-, me apresuré a sacarme los guantes y aplaudí desde mi lugar. No pasaron muchos segundos hasta que volteó a la ventana (ya se había puesto el violín en su lugar de nuevo), asomándose, y me arrepentí hasta el alma de haber aplaudido, temiendo que pudiera molestarse o cerrar la ventana de un golpe. Pero su mirada de severidad se ablandó en cosa de segundos. Sonrió, y algo dentro de mí tembló como si de repente la temperatura hubiese bajado diez grados. Se llevó la mano al torso y se inclinó, haciendo una reverencia (aunque más en broma que otra cosa).
"¿De qué carrera eres?"
Max había estado casi toda la vida en un internado, pero eso no me sorprendió más que el hecho de que su carrera durara ocho años -que él quería hacer con gusto-. Ocho putos años, pensé, y yo que me quejaba por salir de la universidad a los veinte. Él tenía el pelo rubio y los ojos celestes, era tan pálido... y todo en él me hacía sentir que miraba al sol. Sólo ahora puedo confesar cuánto me encantaba mirarlo, con su cuerpo largo (aunque no era tan alto) y un poco menos delgado que yo, con sus infinitos lunares, sus dedos extensos y cuadrados que tomaban su violín como si fuera su objeto más preciado -y creo que, efectivamente, lo era-, su nariz recta, su mandíbula ancha, baja y marcada en su perfil.
Fuimos compañeros casi inseparables durante un tiempo. Mi relación con él era extraña, porque a veces sentía que me miraba como un hermano menor, a veces como un amigo y otras como... (...) Muchas veces no supe descifrar su mirada. A veces me quedaba hasta las diez de la noche con él, escondidos en alguna sala conversando de nuestras vidas mientras él jugaba en un piano, y más de una vez me acompañó cuando pintaba para mis entregas de pintura (mientras él estudiaba para instrumentos de cuerdas IV. Sí, CINCO). Max tocaba tan maravillosamente y yo disfrutaba tanto pintar, que a veces sentía que me iba a desmayar del éxtasis. En medio de la noche, en nuestros break, tomábamos café y rediseñábamos el mundo entero, a veces nos acalorábamos discutiendo (él siempre pensando en ideales tan revolucionarios y etéreos mientras yo siempre buscaba el cable a tierra, lo lógico, lo paulatino) y en el fondo de mi mente, en la parte más escondida, algo me golpeaba el cráneo diciéndome que nos mirábamos como si nos fuéramos a besar hasta hacernos sangrar la boca.
Dudo que alguna vez le haya contado a alguien de su existencia después de mi abrazo. Y probablemente sea porque si algo me dolió, a pesar de que no lo pude aceptar hasta muchos años después, fue horrible no volver a verlo. Supongo que debió odiarme mucho tiempo por haber desaparecido de esa manera... Y todavía no soy capaz de soportar esa idea. Todavía me sorprendo a mí mismo murmurando su nombre mientras pinto o dibujo, mientras me distraigo; Lo llamo mientras recuerdo alguna conversación con él y repito en mi mente lo que me dijo. Entonces, ¿cómo explicarle a alguien que perdí eso que fue mi esperanza para seguir yendo a la universidad en algún momento? Incluso para vivir un día más...
Varias veces me contó entre risas que sus compañeros le habían preguntado si estaba pololeando conmigo, y yo, como era de esperar, me sonrojé hasta las orejas y me reí con él, diciéndole que era imposible que pensaran eso. Pero supongo que no era tan descabellado, aunque sí platónico, en cierto sentido. A veces Max me dejaba mensajes entre los cuadernos o notas en mi casillero (y no puedo mentir, se me aceleraba el corazón al verlas, incluso cuando siempre creí que era por el hecho de tener un mensaje de puño y letra de alguien, uno nunca sabía cuando podía ser algo malo), o buscaba las partituras para tocar las piezas que yo quería oír. Supongo que puedes llamarle intimidad a eso... Pero ellos nunca sospecharon de las cosas como realmente eran, tal vez Max tampoco.
Maximiliano Yrarrázaval, 21 años. Maximiliano, 21 años. Maximiliano, que tiene dos hermanos. Maximiliano, estudiante de consevatorio. Max, de licenciatura en música. Licenciatura en música, mención interpretación en cuerdas. Dieciséis semestres. Maximiliano. Max. 1969. Max. Max. Max.
Repetía en mi mente con nerviosismo las cosas que me había contado, cada vez que íbamos a encontrarnos en el campus. Y una vez, cuando me sentó a su lado en el piano y comenzó a enseñarme una pieza, se acercó a mí y sentí que el estómago se me cayó al piso, como si estuviera lleno de algo, lleno de repente de ramas, de flores, de hojas verdes o de peces. Tuve un pensamiento demasiado confuso y la mano me tembló (tal vez fue todo mi cuerpo, pero no pude concentrarme en eso). Miré a otro lado -tal vez en un movimiento obviamente brusco-, miré la hora en mi reloj y le recordé que debíamos irnos, con la sonrisa más natural que pude esbozar. Cuando llegué a mi cama me desplomé sobre ella, me pregunté qué mierda me había sucedido y de repente, me costaba mucho que la voz no me temblara al verlo.
A veces lo evitaba sin razón, era como que no me sentía capaz de verlo. Sentía como si se me calentara la sangre de los brazos, de las piernas, de los dedos de las manos; Cuando pensaba en verlo me sentía como cuando vas en un auto y frena en seco. Y fue en una de esas ocasiones cuando apareció en la sala de taller (ya no quería trabajar en las salas de pintura, por miedo a que me encontrara) cuando yo ya iba saliendo y ya tenía la mochila en la espalda. Max, con la excusa de una conversación muy casual, se acercó a mí y me besó. Fue una inyección de adrenalina tan terrible que me llegó hasta la médula. Y me miró con tanta seriedad y calma, con una mirada tan penetrante que no atiné a más que tomar mis cosas en un arranque de pánico y me fui corriendo (como siempre, tan Siegfried, tan retrasado para mis cosas).
Max me dejó ir, con su tranquilidad tan característica. Y no se preocupó en absoluto cuando yo me daba cuenta de su existencia (desde el otro lado de esos largos, larguísimos pasillos) y paraba en seco unas milésimas de segundo antes de hacerme el hueón y cambiar mi dirección como si siempre hubiera ido para allá y, más encima, como si estuviera apurado. No, su expresión de calma no cambiaba para nada. En cierto punto me tranquilizaba y en otro me confundía. Nos pillamos varias veces luego de eso; Más que nada, aquellas veces en que me sentía lo suficientemente seguro de mí mismo como para no vomitar estupideces frente a él o ponerme nervioso y correr de nuevo. No mencionábamos el tema y había una tensión terrible entre nosotros. Sé -o tal vez es mi imaginación- que me rozaba partes de piel expuesta intencionalmente para ponerme nervioso, o que cerraba distancia conmigo para ver si me sonrojaba (sí, lo hacía).
Y tal vez fui tonto. Tal vez nunca le admitiré a nadie que me enamoré de él, que estaba hasta el cuello. Pero es porque el amor real es mutuo, ¿No? No puede suceder si no pasa físicamente de la amistad ¿Verdad? Porque tiene que seguir, tiene que ser posible. Y no podía ser posible si en una de esas noches en que Max se fue temprano, en que estaba deprimido por no encontrármelo a lo lejos, en que pasé por el estacionamiento esperando encontrar su auto y decidí olvidarme e ir a la exposición, me encontré con mi verdugo. No era posible, porque en mi destino estaba ser abrazado, porque un futuro con Max no era posible si en mi cuerpo ya no había sangre.
Suspiro lentamente. Max. Max. Max. Que hoy debe tener 47 años. Max, que fui a ver a un concierto hace diez años mientras me corrían las lágrimas por la cara. Max, tan oculto, Max, tan enterrado dentro de mí que no le diré a nadie. Max, hoy que ya es tan tarde. Max, que echo tanto de menos, Max, que nunca fue para mí, que nunca fue un nosotros, Maximiliano Yrarrázaval, que debe haberse olvidado de mí ya. Max... Max.
Pero... Aún cuando todo esto me duele... Las cosas no habrían funcionado. Me duele en el alma, me sangra el orgullo al decirlo. Porque todo era demasiado pasional para ambos, porque ambos nos metíamos tanto en nuestro arte que no podríamos haber cuidado el uno del otro. Max no era el correcto para mí, tal vez... Y si bien lo atesoro, si bien aún me pregunto qué sucedió... Nadie leerá esto, supongo. Por eso es seguro. Por eso sé que no escribo esto para convencerme, lo escribo porque a pesar de que no iba a funcionar... El recuerdo está ahí, Max está ahí como alguien que fue mi luz en ese entonces.
Hoy... Hoy hay alguien sentado frente a mí, son las cinco de la mañana, y sé que esto tiene una estabilidad que no podría haber tenido antes. Hoy... Estoy bien. Mucho mejor que antes. Y eso es todo lo que importa...
Seguro te alegrarías mucho de eso.