Wer mit Ungeheuern kämpft, mag zusehn, dass er nicht dabei zum Ungeheuer wird. Und wenn du lange in einen Abgrund blickst, blickt der Abgrund auch in dich hinein.

Freitag, 29. April 2016

Zwangsvorstellung (N. 1)

Mirar. Observar. Lo visual se convierte en una obsesión desde que tomas conciencia, tus primeros recuerdos están impregnados de las formas y colores que te llamaron la atención de niño, o los que mezclabas al jugar con tempera. [Tempera, primero temple, pigmento, agua, yema de huevo como aglutinante, usados para pintar frescos en la Florencia del S. XV] De repente, observas los pómulos marcados, los dedos largos, la extensión de las pestañas o cómo el cabello cae tras el cuello; De repente la forma triangular de una espalda, la proporción de una cintura, curva y contracurva, las líneas que enmarcan unos labios o forman una arruga en el entrecejo. Observar es una obsesión, la obsesión es parte de tu obra, parte de ti mismo, parte de tu vida desde un principio. Y aquella inquietud por capturar lo que viste a través de tu propio ojo en lugar de una cámara, ese momento que tan sólo tú puedes ver de aquella manera, te lleva a encuadrarlo, guardarlo, atesorarlo, dibujarlo, pintarlo. Una y otra vez. Una y otra vez.


Dibujé, durante mi vida, infinitamente a personas de espaldas: Mis compañeros en el colegio y en la universidad. Nunca me interesé particularmente por otro tipo de modelo, aunque aquello fue cambiando conforme mi obra también lo hice. Dejé de dibujar y pintar mujeres definitivamente, para dedicarme a examinar las caras de mis compañeros hombres y alumnos, por qué no, de música y teatro.
Así que sacaba una libreta pequeña de mi mochila, la ponía sobre mis piernas cruzadas mientras escribía en un cuaderno con la mano derecha. Y observaba para memorizar cada pequeña facción, cada gesto, cada ángulo y distancia; Para ponerlo en papel intentando no perderme de mucho.


Me dijeron muchas veces que mi obsesión con Cortázar y Borges se notaba- particularmente cuando escribía. No hay un orden definido y causal necesario en lo que escribo, y generalmente se abstiene más al sentimiento y a los pequeños pensamientos que podrían hacer, en algún momento, que un lector fantasma, inexistente, pudiese comprender el flujo de las cosas que pienso y la emoción determinada que pongo en cada palabra. Es imposible no ir y volver para agregar cosas, y así fue imposible negarme a dibujar los pliegues en su camisa, la manera en que su chaqueta se ceñía a su cintura y hacía una línea recta hasta la sombra de lo que, asumía, eran músculos oblicuos, cadera bajo la tela; De repente la obsesión era capturar la expresión seria, sobria, incluso amarga a veces, las bolsas bajo los ojos, las líneas verticales entre las cejas, la curva ligeramente cóncava al final de sus labios; La forma de sus antebrazos, muñecas, sus manos y dedos, sus nudillos. Cuello, trapecio, clavícula, hombros. Otra vez, curva y contracurva. Exámenes de rayos X que delataban el tamaño de sus pulmones al observar su pecho y espalda. Músculos, costillas, todo revelado por las sutiles formas y sombras de su camisa. De repente, esconderse en el asiento, ladear la hoja para evitar que alguien note el pecado de no poner atención suficiente, de mirar con excesiva atención, mirar, con excesivo deseo de mirar.

Siegfried, trastorno ansioso, depresión grave, tendencias suicidas, anorexia purgativa, obsesivo compulsivo. Compulsivo, compulsivo, compulsivo. Capas y capas de ropa, mitones de colores, poleras con caricaturas, cabello desordenado, polerones bajo chalecos bajo parkas y bufandas de metro y medio. Extraño, awkward, irritante a veces (muchas veces). Yo, que me siento mal en las sillas de la universidad, que dejo de escuchar y de observar la pizarra para fijarme en el movimiento, los colores que se forman cuando la luz amarilla de la sala contrasta con la luz azul del día de invierno afuera [Teoría del color, Delacroix, la muerte de Sardanápalo, 1828]. Yo, mirando obsesivamente a un hombre que parece mucho mayor que yo, un hombre ácido, inteligente, sarcástico cuyos músculos de sus brazos forman ángulos que dejan pasmado a cualquier artista o al menos a mí. Yo, tan extraño, sin decidir una persona que narra, sin decidir un narrador, ¿qué tipo de narradores propone la diégesis?, los narradores de Eco, yo, sin decidir, Siegfried, que debe volver a clase, Siegfried, vuelve a clase.

[...]

Volví un momento a lo que debía estar haciendo. Una vez más, había dormido tan sólo una hora trabajando para una pintura de formato grande. Una vez más, no había comido y me había conformado con un café y agua antes de entrar a clase. Una vez más, desatendí la clase para poder dibujar a mi profesor en una pequeña libreta. 
Me lo encontré un montón de veces, es verdad. Lo veía pasar por los pasillos, lo veía fruncir el ceño al leer y al tomar té del kiosko -¿mencioné que era inglés y que probablemente odiaba el té que llegaba a este país?-, me escondía o rehuía de él cuando lo divisaba a lo lejos, pues me daba vergüenza topármelo. Lo miraba desde los balcones del segundo piso cuando salía de las salas de pintura con el overall aún puesto, me tapaba la boca para disimular la risa de ternura que se me escapaba cuando mezclaba las expresiones en inglés y español o cuando le costaba pronunciar una r (de vez en cuando incluso susurraba comentarios sobre lo tierno que me parecía), le reprochaba con la cara -aunque él no me viera- cuando hacía comentarios políticamente incorrectos y a veces... A veces sentía que le veía tan claro...
Pero si existe la definición de lejano es por la distancia abismal que siempre vi entre nosotros: Sentía, o especulaba, que éramos lo más opuesto (al menos) en esa sala. Alguna vez pensé en regalarle uno de mis dibujos, otras temí que se diera cuenta y me preguntara delante de todos qué estaba haciendo; temía, también, que me mirara extrañado cuando llegaba con la nariz y los ojos rojos y las ojeras marcadísimas en la cara (y alguna vez tal vez lo hizo) y tal vez lo que más temía era que supiera sobre todos mis trastornos, que viera los números en mis manos y pudiera entender (qué poco probable, von Gott), que viera mis dedos raspados en los nudillos por metérmelos en la boca y mis palmas descascaradas por lavarme tanto las manos, que me concibiera como alguien enfermo y extraño, que sintiera asco de mí...


Y ahora me lo encontraba ahí, cruzándonos por el pasillo aunque no lo suficientemente cerca para saludarnos, y de repente mi mirada se pegó varios segundos con la suya -the word's fixated-. De repente, el deseo de que me mirara, de sentir que eligió mirarme por unos segundos más, que había algo en mí digno de mirar, algo que él deseaba mirar. Y aún así, reaccioné apartando la mirada y agarrando mis cosas con fuerza en mis manos, sintiéndome torpe y débil para caminar, posiblemente preso por la vergüenza. Y esbocé una pequeña sonrisa (terriblemente lerda y tímida), diciendo casi en un hilo "Hola profe" mientras agitaba mi mano sin despegarla mucho de mi cuerpo, la cara ardiendo y roja de vergüenza, mierda, mierda, mierda, qué ridículo; A lo que él contestó con el mismo gesto y una pequeña sonrisa de medio lado que no supe interpretar como simpatía ni burla.
A veces deseé encontrármelo en un lugar recóndito o en una situación extraña, caer por azar (o quizás no tanto) en una conversación por algún motivo, poder entrar en esa aura tan hermética que sentía (casi de manera palpable) cuando me aproximaba a él. Quería estar cerca, no para ser especial o para ser considerado con él, sino para ser meramente un espectador, para volverme un dominó en la consecuencia de sus actos, para ver lo que nadie más veía y dejarme quebrar por él. Quebrar es una palabra fuerte, Siegfried. 
Y me encontré vagando (nunca aceptaría que era a propósito) vestido en mi -a estas alturas- colorido overol cerca del departamento de literatura, me sentaba con ambos pies sobre la silla en el kiosko y sin querer me avergonzaba tanto cuando él estaba cerca que me reía más, hablaba más rápido, me movía más cuando conversaba con mis amigos. Alguna vez tuve que evitar que se me cayeran las cosas de las manos al distraerme cuando noté su presencia. No me molestaba pasearme para todos lados con mis pinturas por el campus, pero sí me avergonzaba más mi inherente torpeza. Tal vez, porque muy en el fondo, deseaba algo tan simple como voltear y que él estuviera mirándome. Discutía conmigo mismo lo descabellado que parecía regalarle un dibujo, dejarlo por ahí o hacerlo aparecer en su casillero (no, idiota, esas cosas son descabelladas y tal vez podían parecer un acoso en vez de un gesto), a veces tenía unas ganas de terribles de pedirle recomendaciones de libros o su opinión sobre alguno de mis favoritos, a veces simplemente quería verle escribir en algún cuaderno o ver cuál era su marca páginas de su novela de turno. La obsesión con mirar, siempre. 

Un día mi libreta se quedó en la sala. Cuando me percaté, dos horas después, seguía ahí cuando volví. Y en el fondo, muy en el fondo, me habría gustado que hubiese desaparecido, que él hubiese visto esos dibujos y leído las cosas que escribía (como ésta, como mis divagaciones y sueños estúpidos) o los poemas de Bukowski que escribía en las orillas de sus retratos... Qué manera de sentirme un enfermo. Sacudí el pensamiento y fui a beber un té, me dije a mí mismo que tal vez no era un día para comer. 

En fin...


(Fortsetzung folgt.)