Me puse la chaqueta sintiendo como el polerón bajo ella me raspaba la piel. Chasqueé la lengua mientras buscaba mis mitones entre el desorden. Moví un vaso de agua junto a mi cama con el pie, desplacé un chaleco que escondía mis olvidados antidepresivos. Encontré los guantes junto a mi bufanda, orillados a los pies de mi cama. Me dolía la cabeza y los ojos me ardían. Me puse los guantes, me cubrí bien la cara y me dispuse a tomar la pintura para la entrega, cuidando de no pasar a llevar el óleo aún húmedo. Cerré la puerta de la habitación oscura con llave y salí.
Iba tarde, para variar, así que apuré mi paso. Para mi mala suerte, eso significó llegar a clases justo a la hora, acalorado por las varias capas de ropa, incluso con la humedad y frío del ambiente. Me resistí a sacarme la ropa, ya sentía el polerón pegándose a mis brazos.
Dejé mi cuadro al fondo de la sala, no miré a nadie -salvo por una mirada rápida que di a la mesa del profesor- y me senté en mi puesto de siempre, dejando mi mochila en el piso y echándome derrotado en la silla.
Las ojeras me pesaban en la cara. Tenía hambre, mucha hambre. Temblaba un poco, tenía escalofríos a pesar del sudor que sentía en la línea de mi cabello. Subí los pies a la silla intentando mantener mi temperatura, esperando que comenzara a la clase a la que, por amor a Dios, realmente no quería prestar atención. No hoy.
Uno pensaría que después de tantos años la costumbre haría que ya no me importara en absoluto el conjunto de sensaciones que esto me provocaba. Sin embargo, una vida entera no puede prepararte para el dolor perforante en el estómago, para las manos destrozadas y para la sorpresa de encontrar, oh, otra vez, algo que no habías comido en tu vómito: Sangre. No dejaba de ser chocante ni humillante, sobre todo cuando sólo quieres desmayarte junto a la taza del baño, cuando sientes que no te podrás levantar y el ácido clorhídrico te quema las heridas de la boca (y sobre todo, los dientes); No deja de ser molesto cuando sabes que, no conforme con esto, aún debes tirar la cadena, limpiar todo, lavarte los dientes, echarte gotas en los ojos, recomponer tu pelo, tu cara, tratar de volver a tu color luego de tener la terrible idea de comer algo para desayunar, arrepentirte a último minuto y vomitar ese poco de comida pensando en lo asqueroso que te verás, lo asqueroso que será para todos, para tus compañeros, que murmurarán sobre ti, para tus amigos, incluso para el profesor, para todos. No, uno nunca se acostumbra a eso.
Me miré los nudillos parchados con banditas para niños debido a habérmelos raspado con los dientes (ver los monitos encima y los colores alegres me hacía sentir mucho menos miserable, siempre); Moví un poco los brazos para prepararme psicológicamente si iba a tener que ir a cambiarme los vendajes en la hora de almuerzo, pensando en la mentira que tendría que decirle a Max sobre por qué demoré tanto en el baño, contándole alguna historia chistosa que me sucedió dentro (mentira) con la cara llena de risa (Entonces, cuando él preguntara con mis ojeras, solamente me reiría diciéndole que odio mi carrera y que llegaría a la residencia a comer chocolate. Mentira). Levanté la mirada para encontrar al profesor mirando en mi dirección, mi corazón dio un brinco, pero dado que su mirada no cambió en absoluto al encontrarse con la mía, asumí que miraba más atrás de mí o ligeramente en otra dirección, y que ni siquiera se había percatado de mí.
¿Quién se preocuparía por mí de todas maneras?
ESCENA 1.
[Interior. Día. Auditorio 1, Campus Oriente, Pontificia Universidad Católica de Chile.]
El profesor ordena papeles impresos sobre su escritorio, examina una libreta con presumibles apuntes, con el ceño fruncido. Siegfried se encuentra sentado en la segunda fila del auditorio.
Siegfried: (Pensando)
¿Quién se preocuparía por mí de todas maneras?
Siegfried se acomoda con ambos pies sobre la silla, apoyando su cabeza en su mano derecha. El profesor se levanta y comienza a explicar la clase mientras apunta a la pizarra. Siegfried parece distraído, mira sin mirar a la pizarra. Parece no escuchar nada de lo que ocurre.
Profesor: (Escribiendo un esquema en la pizarra)
El guión se estructura de la siguiente forma. Primero, el personaje. Las acotaciones van entre paréntesis, y directamente abajo, se anota el diálogo o el pensamiento. Si es un pensamiento, escríbanlo arriba entre paréntesis. Necesitarán esto para el próximo taller.
Siegfried se incorpora. Hace un gesto con la cabeza, aparentando estar mareado. Trata de sentarse derecho y volver a prestar atención en clases.
Oye, imbécil, vuelve a clases. Esto es importante.
Quería llorar. Otra vez, era de esos días en que estaba harto. Una vez más había dormido una hora, ocupando una hora antes de eso a llorar de culpa luego de haber recaído otra vez, una vez más planeaba y evaluaba las mejores maneras para suicidarme. Aprendí a hacer una ahorca hechiza y evalué el mejor lugar para colgarla, mientras dejaba mi cuadro (apenas terminado) lejos, con rabia. Otra vez. Una vez más. Me tapé los ojos con una mano mientras fruncía el ceño para no llorar. No podía con esto. No soy tan fuerte. Perdón profesor, pero hoy no puedo, no soy tan fuerte.
Soñé con muchas cosas durante la clase, entre ellas que el profesor me agarrara antes de salir, que se sentara a conversar conmigo, poder rajarme llorando apenas él me tomara de un hombro y me preguntara qué pasaba. Mis daddy issues son de proporciones abominables, maldita sea. Parece que todos los hombres en los que me fijo son la figura de protección que desearía haber tenido. Maldita sea. Y otra vez, aguantar las ganas de llorar. Otra vez.
Pero eso no ocurrió. En su lugar, pasé junto a él y a la alumna que se había levantado a preguntarle cosas sobre el taller, me despedí en voz alta mientras salía mirando el piso. Quería demorarme, mis pasos eran lentos y tiezos, contaba las baldosas bajo mis pies, me acomodaba la ropa mientras pensaba que por una vez, realmente esperaba que Max no hubiese ido a clases para no encontrármelo. Porque sentía que Max sabía muchas cosas de las que nunca hablaríamos; Y que intentaría hablarme, que intentaría entrar y yo no le abriría la puerta. Otra vez.
-¿Estás bien?- Me sacaría de mis pensamientos, ya sentado frente al violinista en el casino mientras él comía.
-Ah, sí,-Sonreiría yo, haciendo un gesto con las manos aludiendo a mi torpeza- Es sólo que pensaba en la pieza que tocabas cuando nos conocimos...
-Uhm, ¿Tocaba el Scherzo Tarantella de Wieniawski?
-Sí. Me gustaría escucharla de nuevo.
-Claro, si quieres. ¿Tienes tiempo antes de entrar a taller?
-Sí... Me haría muy feliz...
Y una nueva sonrisa, más triste, sería suficiente para sellar el trato de no hablar respecto al tema y simplemente, relajarnos con música echados bajo el sol en las canchas.
Max no preguntaba, tal vez porque sabía y prefería simplemente ocuparse de eso. Max trabajaba con los mecanismos, creaba piezas que pondría en marcha, estrategias usadas conmigo de las que yo me daría cuenta tiempo después. Su preocupación no quería ser intrusiva, nunca. Y aunque lo agradecía, a veces realmente quería confesarle a alguien mis planes para suicidarme. Y no podía, no era capaz.
Yo no quería mejorarme, es verdad. Pero quería desesperadamente que alguien sumara, que se diera cuenta de todos los detalles que conformaban al Siegfried real, al Siegfried destrozado, quebrado hasta la médula. Quería que alguien entrara sin tocar, que botara el pomo de mi puerta a martillazos y me sacara de ahí, de mi habitación desordenada, sucia, que fuera a buscarme y a envolverme en un abrazo hasta el rincón en el que yo lloraba y sangraba, el rincón en el que me rasgaba los brazos, las piernas, las caderas intentando sacar lo que estaba mal conmigo mismo.
Y miraba los ojos castaños, soñando otra vez. Le miraba hablar como si estuviera tan jodidamente seguro de sí mismo. Le miraba con su apariencia de ver tan, tan claro. Y sentía ganas de que nos hubiéramos pillado en otro contexto, en un café, en una librería, en la calle - Tener la oportunidad de acercarme a él, sentir tan sólo un poco de su calor, de su seguridad, tal como las polillas acercándose a la luz. Y otra vez, le dibujaba incansablemente. Y otra vez, huía de la sala y de esos pensamientos apenas terminaba la clase, esperando que no tuviera tiempo de ver mi cuerpo tan feo, fofo, tan herido y lleno de cicatrices y golpes.
Otra vez...
(Un poema de Bukowski descansa, otra vez, en la página junto a la que va el retrato de un hombre inglés.)
there's a bluebird in my heart that
wants to get out
but I'm too tough for him,
I say, stay in there, I'm not going
to let anybody see
you.
there's a bluebird in my heart that
wants to get out
but I pour whiskey on him and inhale
cigarette smoke
and the whores and the bartenders
and the grocery clerks
never know that
he's
in there.
there's a bluebird in my heart that
wants to get out
but I'm too tough for him,
I say,
stay down, do you want to mess
me up?
you want to screw up the
works?
you want to blow my book sales in
Europe?
there's a bluebird in my heart that
wants to get out
but I'm too clever, I only let him out
at night sometimes
when everybody's asleep.
I say, I know that you're there,
so don't be
sad.
then I put him back,
but he's singing a little
in there, I haven't quite let him
die
and we sleep together like
that
with our
secret pact
and it's nice enough to
make a man
weep, but I don't
weep, do
you?
(Un poema de Bukowski descansa, otra vez, en la página junto a la que va el retrato de un hombre inglés.)
(Fortsetzung folgt.)