Estoy cansado. Nunca debería escribir cuando estoy cansado, nada bueno sale de ello.
Pero mientras leía cientos de páginas —a última hora, para corregir las pruebas de mis alumnos— con el estrés quemándome y pesándome en los músculos de los hombros, había un par de pensamientos que no dejaban de avasallarme.
Entre ellos, una última cavilación antes de dormir: si bien alguna vez, sin saber cómo acabaría todo, me prometiste que me amarías para siempre, una vez que dejaste de hacerlo nunca intentaste simular que me amabas, ni siquiera de una forma fraterna. Y en ese sentido, has sido muy consistente. Y supongo que debería agradecerlo. Gracias.
Por otro lado, yo he sido consistente en ser el mismo ser obsesivo que he sido siempre, que no puede aceptar que las cosas se acaban y cambian, florecen y se marchitan, te dan calidez o te matan de frío. Porque la vida es así, las relaciones son así.
Yup. El resto he sido yo, quien, de forma infantil, he seguido dándole a esto como bombo en fiesta y la curiosidad ocasionalmente te ha ganado lo suficiente como para verme la cara una o dos veces al año.
Lo que quiero decir es que no te culpo por nada y que no tienes obligación alguna de leerme, porque sospecho que a veces lo haces quizás de pura culpa. No una culpa real nacida de ti, sino nacida de mí y mis intentos desesperados por agarrar algo de ti cuando lo que queda es solamente aire.
Pero, querido. Eres libre. De mi amor, de mí. Solamente quiero que lo tengas claro. Si tengo que hundirme solo, con mis recuerdos y mi cariño y mis cartas sin leer, así será.
Ser libre de mí, me parece, es algo de los que todos deberían poder gozar. En realidad, uno debiera ser libre de todo lo que no te nace de las vísceras, de todo lo que no se siente tan natural como respirar.
[Y a propósito de libertades, N. no estará en una semana en casa a partir del lunes. No sé qué haré encerrado una semana conmigo mismo y estos sentimientos...]