La profesora S. no se da cuenta de cómo me hizo colapsar la investigación. Trabajé tantas horas seguidas, durante tantos días que, hasta donde sé, me descompensé.
A veces me pasa, no es secreto de Estado, algunos lo saben. Cuando estoy muy cansado de noche, oigo voces, antes de dormir. Extremadamente cansado, he escuchado voces de día. El punto es que nunca he sentido que son reales, ni mucho menos que me transmiten mensajes.
Distinto es cuando estoy en el borde de la alerta y el sueño, en la brecha de la realidad y la ficción, y comienzo a tener "fenómenos perceptivos", como los llamaba el Dr. L., forma mucho más amigable que la forma que tiene mi psicóloga nueva, B., de llamarlos: "fenómenos micropsicóticos".
Ayer, en el periodo de una hora, escuché que tocaban la puerta del departamento insistentemente. Que alguien se sentaba en mi cama, a los pies. También, que N. —que no está en Santiago— estaba de pie al lado de la cama, hablándome. Y no era capaz de despertar, por mucho que luchara, por mucho que estaba convencido de que me levantaba de la cama y me iba a la ducha.
Y esta mañana pensé, por un largo momento, que estabas recostado tras de mí, abrazándome, y que estirabas la mano para molestar al gato, que dormía junto a nosotros. Te decía que la dejaras tranquila, por favor. Y reconocía los lunares en tus brazos y sabía perfectamente que eras tú.
Hasta que me di cuenta de que no podía ser y volví a la realidad.
Ya pedí un sobrecupo para que la psiquiatra me atienda el lunes.